elbosco
Poeta fiel al portal
Cada perro debe tener su día.
Jonathan Swift
Hoy murió mi perro. Esperaba su muerte con ansias. Fueron ocho años de espera en los que me carcomí por dentro, debatiéndome entre darle muerte con mis propias o hacerle sentir mi profundo odio cada día.
Pero el odio inicial, traspasado por la cotidianidad, se torno acaso un sádico deporte...
Hoy, muerto el perro, antes que sentirme liberado, me domina un sentimiento de vacuidad y ya no se quién ha sido el más perjudicado durante estos ocho años, si el perro o yo mismo.
Nunca había querido tener mascotas. Desconfiaba de los animales. Si cedí a mi convencimiento fue a instancias de mi esposa, que aseguraba que un perro sería un fantástico compañero de juegos para nuestra pequeña hija.
Supe que las razas boxer y setter tenían fama de llevarse bien con los niños y me decidí por un setter por su aspecto más amigable.
Transcurrió un año en el que nuestra hija jugó con el cachorro cada día: lo cuidaba con entusiasmo, lo bañaba, lo cepillaba y lo alimentaba. Pensé entonces que, después de todo, tener un perro no había sido una mala decisión.
Pero un soleado domingo de otoño, charlaba de sobremesa con mi esposa y escuchamos gritar a nuestra hija.
Sobresaltados, salimos al jardín para encontrarnos con nuestra princesita con el rostro ensangrentado. Desesperado, corrí y la tomé en mis brazos. Limpié su cara con mi remera y me espanté al verla marcada por la dentadura del perro.
–¡Mico me mordió! –me dijo entre sollozos.
Sentí un leve mareo y una sensación de frío recorrió todo mi cuerpo, pero sentí también la adrenalina fluyendo en mis venas.
Mi mujer gritaba y balbuceaba incoherencias. La miré a los ojos y con vehemencia le pedí que se callara. Logró contenerse y sollozando comenzó a palpar todo el cuerpo de nuestra hija.
Yo examiné mejor su cara. Tenía un desgarro en el pómulo izquierdo, un corte en la nariz y otro desgarro en la comisura de la boca. Miré al perro, que a su vez me miraba expectante.
Abracé a mi hija con fuerza y cerré los ojos buscando respuestas…
Sabía lo que tenía que hacer: limpiar, desinfectar y llevarla al hospital.
Sin perder tiempo entramos a la casa y le pedí a mi esposa que me trajera el botiquín y que se preparara para salir al hospital.
En el baño, limpié su carita con agua y jabón mientras la consolaba con suaves palabras. La sangre no paraba de manar, ni ella de llorar. La herida del pómulo se veía muy mal.
Masticaba mi bronca y mi impotencia cuando llegó mi esposa con el botiquín.
Le apliqué peróxido con un algodón y utilicé gasas para mantener presión sobre las heridas y cortar la hemorragia. El perro estaba vacunado, pero me preocupaba que le quedaran cicatrices.
Salimos del baño y mi esposa ya estaba lista con las llaves del auto, documentos y abrigos.
Cuando llegamos a la guardia la hemorragia ya se había detenido. Una enfermera volvió a desinfectar con yodo mientras esperábamos al médico, que no tardó en llegar. Entró indiferente, parecía cansado y tenía ese aire sobrado tan común en los de su profesión.
Nos hizo algunas preguntas, la revisó, y terminó por suturarle el pómulo y el labio con un adhesivo especial. Nos preguntó si el perro estaba vacunado. Mi esposa le extendió los certificados de vacunación. No nos garantizó que no le fueran a quedar cicatrices. El resto fue un trámite.
Tres horas después ya estábamos en casa. Nuestra hija dormía y mi esposa y yo, sentados en el comedor, nos mirábamos en silencio.
–Perro de mierda... voy a matarlo –dije seriamente.
–¡Por favor, no!, ¡por favor! –se horrorizó mi esposa.
Nuevamente cedí a sus ruegos, pero impuse una condición.
Al día siguiente me desperté temprano y salí de compras. Regresé con una barra de hierro de dos metros de longitud perforada en un extremo, una cadena de cuatro metros, y dos candados de acero. A martillazos enterré la barra en el jardín hasta dejarla al ras del suelo. Con los candados uní los extremos de la cadena a la barra y al collar del perro.
El animal vivió encadenado el resto de sus días.
Lo enterré allí mismo, con cadena y todo.
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Fernando M. Sassone
Jonathan Swift
Hoy murió mi perro. Esperaba su muerte con ansias. Fueron ocho años de espera en los que me carcomí por dentro, debatiéndome entre darle muerte con mis propias o hacerle sentir mi profundo odio cada día.
Pero el odio inicial, traspasado por la cotidianidad, se torno acaso un sádico deporte...
Hoy, muerto el perro, antes que sentirme liberado, me domina un sentimiento de vacuidad y ya no se quién ha sido el más perjudicado durante estos ocho años, si el perro o yo mismo.
Nunca había querido tener mascotas. Desconfiaba de los animales. Si cedí a mi convencimiento fue a instancias de mi esposa, que aseguraba que un perro sería un fantástico compañero de juegos para nuestra pequeña hija.
Supe que las razas boxer y setter tenían fama de llevarse bien con los niños y me decidí por un setter por su aspecto más amigable.
Transcurrió un año en el que nuestra hija jugó con el cachorro cada día: lo cuidaba con entusiasmo, lo bañaba, lo cepillaba y lo alimentaba. Pensé entonces que, después de todo, tener un perro no había sido una mala decisión.
Pero un soleado domingo de otoño, charlaba de sobremesa con mi esposa y escuchamos gritar a nuestra hija.
Sobresaltados, salimos al jardín para encontrarnos con nuestra princesita con el rostro ensangrentado. Desesperado, corrí y la tomé en mis brazos. Limpié su cara con mi remera y me espanté al verla marcada por la dentadura del perro.
–¡Mico me mordió! –me dijo entre sollozos.
Sentí un leve mareo y una sensación de frío recorrió todo mi cuerpo, pero sentí también la adrenalina fluyendo en mis venas.
Mi mujer gritaba y balbuceaba incoherencias. La miré a los ojos y con vehemencia le pedí que se callara. Logró contenerse y sollozando comenzó a palpar todo el cuerpo de nuestra hija.
Yo examiné mejor su cara. Tenía un desgarro en el pómulo izquierdo, un corte en la nariz y otro desgarro en la comisura de la boca. Miré al perro, que a su vez me miraba expectante.
Abracé a mi hija con fuerza y cerré los ojos buscando respuestas…
Sabía lo que tenía que hacer: limpiar, desinfectar y llevarla al hospital.
Sin perder tiempo entramos a la casa y le pedí a mi esposa que me trajera el botiquín y que se preparara para salir al hospital.
En el baño, limpié su carita con agua y jabón mientras la consolaba con suaves palabras. La sangre no paraba de manar, ni ella de llorar. La herida del pómulo se veía muy mal.
Masticaba mi bronca y mi impotencia cuando llegó mi esposa con el botiquín.
Le apliqué peróxido con un algodón y utilicé gasas para mantener presión sobre las heridas y cortar la hemorragia. El perro estaba vacunado, pero me preocupaba que le quedaran cicatrices.
Salimos del baño y mi esposa ya estaba lista con las llaves del auto, documentos y abrigos.
Cuando llegamos a la guardia la hemorragia ya se había detenido. Una enfermera volvió a desinfectar con yodo mientras esperábamos al médico, que no tardó en llegar. Entró indiferente, parecía cansado y tenía ese aire sobrado tan común en los de su profesión.
Nos hizo algunas preguntas, la revisó, y terminó por suturarle el pómulo y el labio con un adhesivo especial. Nos preguntó si el perro estaba vacunado. Mi esposa le extendió los certificados de vacunación. No nos garantizó que no le fueran a quedar cicatrices. El resto fue un trámite.
Tres horas después ya estábamos en casa. Nuestra hija dormía y mi esposa y yo, sentados en el comedor, nos mirábamos en silencio.
–Perro de mierda... voy a matarlo –dije seriamente.
–¡Por favor, no!, ¡por favor! –se horrorizó mi esposa.
Nuevamente cedí a sus ruegos, pero impuse una condición.
Al día siguiente me desperté temprano y salí de compras. Regresé con una barra de hierro de dos metros de longitud perforada en un extremo, una cadena de cuatro metros, y dos candados de acero. A martillazos enterré la barra en el jardín hasta dejarla al ras del suelo. Con los candados uní los extremos de la cadena a la barra y al collar del perro.
El animal vivió encadenado el resto de sus días.
Lo enterré allí mismo, con cadena y todo.
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Fernando M. Sassone
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