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El pez que murió sin saber por qué

Kwisatz

Poeta asiduo al portal
EL PEZ QUE MURIÓ SIN SABER POR QUÉ

Hubo una vez un pez que vivió en una playa coralina. Era grande y lustroso, tanto que algunos dirían que parecía tiburón.

Nadaba en las aguas cristalinas y se alimentaba de todos aquellos seres marinos por debajo de él en la pirámide alimentaria. Llevaba una existencia sencilla, acorde a las leyes naturales que él mismo ignoraba.

Pero hete aquí que fuera del reino marino, allá donde acaba el agua salada, vivía en las dunas de arena un ser que aire respiraba y se denominaba a sí mismo humano.

Su mundo era muy distinto al del pez, pues vivía en sociedad con sus pares biológicos, regido por unas normas y usos sociales ajenos a la Naturaleza.

Y este hombre necesitaba una cosa llamada dinero para cubrir sus necesidades básicas, ya que era el comodín que empleaban los de su especie para intercambiar bienes y servicios. No cazaba animales para alimentarse de su carne y usar sus pieles como abrigo, ni tampoco recolectaba frutos. Este hombre cedía a otros como él un rincón en la arena en cómodos asientos a cambio de ese dinero.

Y sin saberlo, el pez de nuestra historia tan parecido al tiburón por su extraordinario tamaño, atemorizaba a los seres humanos que venían a esa playa a descansar.

Si no venían visitantes el hombre de esta historia no tenía el dinero que necesitaba para vivir, viendo amenazada su supervivencia.

Y fue así que un día se hizo a la mar y fue tras el pez, que como cualquier otro día surcaba las aguas en busca de alimento para subsistir un día más.

Nada sabía el pez del dinero, ni de ese ser llamado hombre, ni de los perjuicios que le estaba causando hasta el punto de amenazar su forma de vida. Él simplemente…existía.

Finalmente el hombre dio con el pez y puso fin a su existencia con uno de esos complicados utensilios que sólo los de su especie eran capaces de fabricar.

Mientras el oxígeno de sus branquias se agotaba y sus escamas se secaban contempló a su extraño captor en los estertores de su muerte sin comprender qué ocurría. Sólo sentía el dolor y la cercanía de la muerte.

Muerto el pez, el negocio del hombre volvió a recuperarse, y todo parecía volver al orden natural de las cosas. Así al menos lo pensaba el hombre. Pero lo que él ignoraba, es que quizás él era el pez de otra historia, y que la muerte le aguardaba.

Una para la cual no hallaría razones.
 
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EL PEZ QUE MURIÓ SIN SABER POR QUÉ

Hubo una vez un pez que vivió en una playa coralina. Era grande y lustroso, tanto que algunos dirían que parecía tiburón.

Nadaba en las aguas cristalinas y se alimentaba de todos aquellos seres marinos por debajo de él en la pirámide alimentaria. Llevaba una existencia sencilla, acorde a las leyes naturales que él mismo ignoraba.

Pero hete aquí que fuera del reino marino, allá donde acaba el agua salada, vivía en las dunas de arena un ser que aire respiraba y se denominaba a sí mismo humano.

Su mundo era muy distinto al del pez, pues vivía en sociedad con sus pares biológicos, regido por unas normas y usos sociales ajenos a la Naturaleza.

Y este hombre necesitaba una cosa llamada dinero para cubrir sus necesidades básicas, ya que era el comodín que empleaban los de su especie para intercambiar bienes y servicios. No cazaba animales para alimentarse de su carne y usar sus pieles como abrigo, ni tampoco recolectaba frutos. Este hombre cedía a otros como él un rincón en la arena en cómodos asientos a cambio de ese dinero.

Y sin saberlo, el pez de nuestra historia tan parecido al tiburón por su extraordinario tamaño, atemorizaba a los seres humanos que venían a esa playa a descansar.

Si no venían visitantes el hombre de esta historia no tenía el dinero que necesitaba para vivir, viendo amenazada su supervivencia.

Y fue así que un día se hizo a la mar y fue tras el pez, que como cualquier otro día surcaba las aguas en busca de alimento para subsistir un día más.

Nada sabía el pez del dinero, ni de ese ser llamado hombre, ni de los perjuicios que le estaba causando hasta el punto de amenazar su forma de vida. Él simplemente…existía.

Finalmente el hombre dio con el pez y puso fin a su existencia con uno de esos complicados utensilios que sólo los de su especie eran capaces de fabricar.

Mientras el oxígeno de sus branquias se agotaba y sus escamas se secaban contempló a su extraño captor en los estertores de su muerte sin comprender qué ocurría. Sólo sentía el dolor y la cercanía de la muerte.

Muerto el pez, el negocio del hombre volvió a recuperarse, y todo parecía volver al orden natural de las cosas. Así al menos lo pensaba el hombre. Pero lo que él ignoraba, es que quizás él era el pez de otra historia, y que la muerte le aguardaba.

Una para la cual no hallaría razones.


Una hermosa metáfora de la vida. Un placer la lectura.

Saludos,

Palmira
 
Gracias Palmira por leerla y por el comentario. Es una pequeña fábula con diversas intenciones y lecturas. Pero antes de aventurarme a exponerlas, prefiero dejarla abierta para que cada cual extraiga sus conclusiones.
 
EL PEZ QUE MURIÓ SIN SABER POR QUÉ

Hubo una vez un pez que vivió en una playa coralina. Era grande y lustroso, tanto que algunos dirían que parecía tiburón.

Nadaba en las aguas cristalinas y se alimentaba de todos aquellos seres marinos por debajo de él en la pirámide alimentaria. Llevaba una existencia sencilla, acorde a las leyes naturales que él mismo ignoraba.

Pero hete aquí que fuera del reino marino, allá donde acaba el agua salada, vivía en las dunas de arena un ser que aire respiraba y se denominaba a sí mismo humano.

Su mundo era muy distinto al del pez, pues vivía en sociedad con sus pares biológicos, regido por unas normas y usos sociales ajenos a la Naturaleza.

Y este hombre necesitaba una cosa llamada dinero para cubrir sus necesidades básicas, ya que era el comodín que empleaban los de su especie para intercambiar bienes y servicios. No cazaba animales para alimentarse de su carne y usar sus pieles como abrigo, ni tampoco recolectaba frutos. Este hombre cedía a otros como él un rincón en la arena en cómodos asientos a cambio de ese dinero.

Y sin saberlo, el pez de nuestra historia tan parecido al tiburón por su extraordinario tamaño, atemorizaba a los seres humanos que venían a esa playa a descansar.

Si no venían visitantes el hombre de esta historia no tenía el dinero que necesitaba para vivir, viendo amenazada su supervivencia.

Y fue así que un día se hizo a la mar y fue tras el pez, que como cualquier otro día surcaba las aguas en busca de alimento para subsistir un día más.

Nada sabía el pez del dinero, ni de ese ser llamado hombre, ni de los perjuicios que le estaba causando hasta el punto de amenazar su forma de vida. Él simplemente…existía.

Finalmente el hombre dio con el pez y puso fin a su existencia con uno de esos complicados utensilios que sólo los de su especie eran capaces de fabricar.

Mientras el oxígeno de sus branquias se agotaba y sus escamas se secaban contempló a su extraño captor en los estertores de su muerte sin comprender qué ocurría. Sólo sentía el dolor y la cercanía de la muerte.

Muerto el pez, el negocio del hombre volvió a recuperarse, y todo parecía volver al orden natural de las cosas. Así al menos lo pensaba el hombre. Pero lo que él ignoraba, es que quizás él era el pez de otra historia, y que la muerte le aguardaba.

Una para la cual no hallaría razones.
Y ahí anda la muerte esperando a todos, sin prisas.
Me encantó la fábula. No tanto los humanos y sus negocios; y menos cuando ponen a la naturaleza en el último escalón de sus prioridades.
Un saludo.
 
Gracias Alonso por tu comentario y tu lectura, me siento honrado. Si los seres humanos forman parte del orden natural, sus razones también. O no...
 
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