Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
Bajo el dosel incierto de la noche,
donde la niebla besa los umbrales del alma,
se forjan los sueños como espigas de luz
en el árido campo del cansancio.
Son pájaros de fuego en jaulas invisibles,
golpeando los barrotes de los miedos antiguos; ríos que no conocen cauce ni frontera, pero que al rozar la tierra, despiertan selvas.
Los sueños no mueren:
se disfrazan de heridas,
de ausencias,
de silencios rotos en la madrugada,
y aun así tercos como la savia en invierno—
suben por la médula del espíritu
buscando la luz primera.
Cada sueño es un puente lanzado al abismo,
una palabra salvada del naufragio,
un latido que se niega a ser ceniza.
En ellos habita la semilla de lo eterno:
un mundo que no se rinde,
un aliento que, aunque frágil,
lleva en su soplo la fuerza de las tempestades.
Y quien se atreve a soñarlos,
no camina vuela,
no habla crea,
no vive trasciende.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
donde la niebla besa los umbrales del alma,
se forjan los sueños como espigas de luz
en el árido campo del cansancio.
Son pájaros de fuego en jaulas invisibles,
golpeando los barrotes de los miedos antiguos; ríos que no conocen cauce ni frontera, pero que al rozar la tierra, despiertan selvas.
Los sueños no mueren:
se disfrazan de heridas,
de ausencias,
de silencios rotos en la madrugada,
y aun así tercos como la savia en invierno—
suben por la médula del espíritu
buscando la luz primera.
Cada sueño es un puente lanzado al abismo,
una palabra salvada del naufragio,
un latido que se niega a ser ceniza.
En ellos habita la semilla de lo eterno:
un mundo que no se rinde,
un aliento que, aunque frágil,
lleva en su soplo la fuerza de las tempestades.
Y quien se atreve a soñarlos,
no camina vuela,
no habla crea,
no vive trasciende.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados