guillermo rasta
Poeta fiel al portal
Me enviaron a muchas misiones,
con tal propósito de que nunca regrese,
pero siempre regresé,
presto a seguir muriendo,
por todo lo que no quería,
y por lo que jamás adoraría.
Hasta que por muchas muertes,
mi cuerpo de pronto, desaparecería,
entonces aparecí,
en un jardín,
todo en blanco y negro,
el cielo gris, para poder distinguir,
la noche del día,
y poder así concluir cuando cambiarían los días.
De pronto apreció esa señora,
de cabellos rojos, muy hermosa ella,
pero aunque cien años mayor que yo,
ella parecía una chiquilla;
para ese entonces ya sólo obedecía,
del dolor y sufrimiento, mi piel no lo sentía,
y me dijo que por un tiempo,
jardinero yo sería,
y que no perdiera el color,
este jardín, pues ya no reviviría.
Pasaron los años,
y yo ya no los contaba,
pues mis ojos a los colores no distinguían,
pasó el tiempo de mi familia,
esa que quedó en el recuerdo,
esa que nunca mire fallecer,
pues hubo muchas almas con las que me distraje,
pues los que no alabaron bien a Dios,
se quedaban olvidadas,
quien sabe si era el limbo,
yo sólo cuidaba ese jardín,
hasta que un día todo cambió,
todo comenzó a resonar,
se produjo un temblor, se abrió el cielo,
hasta que un señor de sombrero en punta bajo,
en una carroza,
muy ganador él,
y todas las almas se le acercaban,
y asi mismo se arrepentían,
pero yo no podía,
ya que en mi llanto me desvanecía.
Solo recuerdo de ese día,
que muchos subieron al cielo,
que muchos se arrepintieron,
pues ahora estoy de nuevo en la tierra,
con la vida que la muerte que me había quitado,
quien sabe para no ser sólo un recuerdo más,
quien sabe si para seguir muriendo por alguien más...
con tal propósito de que nunca regrese,
pero siempre regresé,
presto a seguir muriendo,
por todo lo que no quería,
y por lo que jamás adoraría.
Hasta que por muchas muertes,
mi cuerpo de pronto, desaparecería,
entonces aparecí,
en un jardín,
todo en blanco y negro,
el cielo gris, para poder distinguir,
la noche del día,
y poder así concluir cuando cambiarían los días.
De pronto apreció esa señora,
de cabellos rojos, muy hermosa ella,
pero aunque cien años mayor que yo,
ella parecía una chiquilla;
para ese entonces ya sólo obedecía,
del dolor y sufrimiento, mi piel no lo sentía,
y me dijo que por un tiempo,
jardinero yo sería,
y que no perdiera el color,
este jardín, pues ya no reviviría.
Pasaron los años,
y yo ya no los contaba,
pues mis ojos a los colores no distinguían,
pasó el tiempo de mi familia,
esa que quedó en el recuerdo,
esa que nunca mire fallecer,
pues hubo muchas almas con las que me distraje,
pues los que no alabaron bien a Dios,
se quedaban olvidadas,
quien sabe si era el limbo,
yo sólo cuidaba ese jardín,
hasta que un día todo cambió,
todo comenzó a resonar,
se produjo un temblor, se abrió el cielo,
hasta que un señor de sombrero en punta bajo,
en una carroza,
muy ganador él,
y todas las almas se le acercaban,
y asi mismo se arrepentían,
pero yo no podía,
ya que en mi llanto me desvanecía.
Solo recuerdo de ese día,
que muchos subieron al cielo,
que muchos se arrepintieron,
pues ahora estoy de nuevo en la tierra,
con la vida que la muerte que me había quitado,
quien sabe para no ser sólo un recuerdo más,
quien sabe si para seguir muriendo por alguien más...