En los mantos de una virgen rusa
hallé un viejo prado de azules gramas,
aquel que otrora brincaba, gracil,
como un ave desalada.
Alli,
en los ámbitos occipitales del beso,
nace un principe
rompiendo la cascara
del huevo de bronce.
Con él el vino joven,
las dociles leches,
su túnica de piedra.
Con rostro de ángel abyecto
desparrama, en las altas mareas del palacio,
los restos de su jueves fatídico
y del magnífico banquete.
¨!Doncellas!
-inquirió- recojan los restos
y embadurnen sus cuerpos con ellos,
viertan el caos en la blancura de sus pieles.
¡Las quiero salvajes, las quiero impuras!
Yo
observaré la metamorfosis de sus carnes
y el brote de las perlas en sus muslos furiosos.
Lameré, con lengua de fuego,
el grito contenido de sus labios.
Pondré lilas en sus entrepiernas
y cerezas en los pechos,
para exorcizarlas,
para perdonar sus excesos
y beber, embriagado,
el nectar de su cilicio.
!Oh mis pequeñas! abran sus piernas
al brío destellante de los búfalos,
y verán como el mundo será suyo...
Reiré, al fin, cuando la noche amanezca
en los ojos saciados de mis hembras.¨
Esas fueron sus postreras palabras.
Monté mi caballo de roble
y logré huir
entre un torbellino de pezuñas filosas,
bullente espuma
y ardor desquiciado.
hallé un viejo prado de azules gramas,
aquel que otrora brincaba, gracil,
como un ave desalada.
Alli,
en los ámbitos occipitales del beso,
nace un principe
rompiendo la cascara
del huevo de bronce.
Con él el vino joven,
las dociles leches,
su túnica de piedra.
Con rostro de ángel abyecto
desparrama, en las altas mareas del palacio,
los restos de su jueves fatídico
y del magnífico banquete.
¨!Doncellas!
-inquirió- recojan los restos
y embadurnen sus cuerpos con ellos,
viertan el caos en la blancura de sus pieles.
¡Las quiero salvajes, las quiero impuras!
Yo
observaré la metamorfosis de sus carnes
y el brote de las perlas en sus muslos furiosos.
Lameré, con lengua de fuego,
el grito contenido de sus labios.
Pondré lilas en sus entrepiernas
y cerezas en los pechos,
para exorcizarlas,
para perdonar sus excesos
y beber, embriagado,
el nectar de su cilicio.
!Oh mis pequeñas! abran sus piernas
al brío destellante de los búfalos,
y verán como el mundo será suyo...
Reiré, al fin, cuando la noche amanezca
en los ojos saciados de mis hembras.¨
Esas fueron sus postreras palabras.
Monté mi caballo de roble
y logré huir
entre un torbellino de pezuñas filosas,
bullente espuma
y ardor desquiciado.
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