kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
EL PUENTE
Un paso, y otro más, y otro…
Cada paso es una venda, un suspiro,
un ojalá, una vuelta a empezar.
¿Recuerdas, madre, aquel verso que te dediqué?:
«De algún modo la vida siempre empieza».
Pues resultó ser cierto porque ahora, sin ti,
es absurdo que amanezca,
y, sin embargo, amanece.
Llevo kilómetros paseando por esta mínima senda
que acompaña al canal que da de mamar a los arrozales.
Me encanta cómo se relame en mi pecho el abrasador zumbido solar.
Debo ir por buen camino
porque me cruzo con un campesino vietnamita
que me mira con indolencia y niega con la cabeza
como viniendo a decir:
«cada vez llegan más lejos estos jodidos turistas».
Pero en su mirada alcanzo a percibir
una complicidad comprensiva y dura,
como la de mi padre.
Un paso, y otro más, y otro…
Y me encuentro con una laguna tupida
por millares de nenúfares,
con sus flores expansivas
apresadas por la furia del instante.
«La vida siempre empieza»,
recitan sus labios de fuego.
Enormes gotas se sostienen en un equilibrio imposible
sobre sus palmas verdes.
El viejo de Monet se hubiera jugado, sin duda,
el golpe de calor por plantar su caballete
frente a la delicia sagrada de estos lotos.
Encerrados en la tensión fractal de las gotas del pantano
se reflejan, en una réplica infinita,
los propios nenúfares, yo mismo, y diría
que el mundo entero también.
Pero faltas tú, y eso me parece imposible.
Un paso, y otro más, y otro…
Y llego hasta un río que lo cruza
un puente largo y estrecho.
Y me detengo en la ribera
protegido por bambúes y mimosas
que sisean su salmodia
haciéndome saber que en este santuario natural
el poema ya está escrito,
y es universal.
El puente es rectísimo
y se pierde al otro lado del río
en un afilado punto de fuga
que marea mi vértigo.
El vértigo de no tenerte, madre,
de sentirme en caída libre
desde que te fuiste a dormir para siempre.
«La recordarás con todo su esplendor», me dicen.
Pero el recuerdo es, precisamente,
como este punto de fuga que apuñala mi mirada,
o como el horizonte del río,
o como la gota del nenúfar.
Los «recuerdos» no son más que promesas incumplidas.
El recuerdo es la fractalidad del mundo de ayer.
Nunca nunca me conformaré con acariciar
el cadáver de mi vacío.
«La recordarás con todo su esplendor», me dicen.
Pero el esplendor era ella. Era ella
quien daba fe de su propia existencia,
y —de alguna manera— de la mía también.
Hay vacíos que el tiempo no llenará jamás,
ni debe hacerlo.
Un paso, y otro más, y otro…
Superados los bambúes de la ribera
descubro a mi derecha un hombre
sentado en la popa de su canoa,
con sus piernas batidas por el río.
Recoge unas redes, y lo hace lentamente,
como lentos son mis pasos;
y me detengo.
Siento tan familiares los delicados y precisos movimientos
con los que el pescador pliega y guarda
aquellas faldas de nailon
en el balde de su barca…
Lo saludo desde el puente, pero no me ve.
Aquel viejo podría ser mi abuelo,
cuando embarcábamos a por las redes
rayando el amanecer,
y éramos felices.
Y lo vuelvo a saludar.
Y detiene, por un instante, su baile ancestral,
y me devuelve el saludo
resplandeciendo en sus manos
aquella retícula de luz
que define la totalidad de su espacio
y de mi tiempo.
Y siento, al fin, las lágrimas rodar por mi rostro.
Y es que ya sabes, madre, que siempre siempre
tuve primero que quebrar mi roca
para después poder amar, y amarme,
con las lágrimas que manan de mis grietas.
Y me arrodillo. Y lloro.
Vuelvo las palmas de mis manos hacia mí,
como tratando de encontrarte en ellas.
Y mis lágrimas embarran el polvo
en que te has convertido.
Glorioso polvo de tierra,
glorioso polvo de estrellas.
Y purifico mi rostro y mis brazos con tu arcilla.
Y cierro mis puños y grito hacia afuera
toda la brutalidad que he gritado hacia adentro.
Y, de pronto, cinco mariposas,
cinco mariposas azules,
me abrazan con el parpadeo de su vuelo circular
y me levantan con sus hilos de madre.
Y me piden que avance, como avanza el mundo.
El pescador se retira
remando río abajo, y, a lo lejos,
se escuchan las risas de unos niños.
Todo está en orden; en el orden del amor.
Ese es tu legado, mi queridísima madre: el amor.
Nunca he conocido a nadie
que amase como tú.
El amor es comprender
que la distancia entre nuestras esferas
no forma parte del campo matemático.
El amor no tiene medida, sencillamente Es.
Está en ti, en mí, en nosotros.
Somos todos esferitas
con los mismos estambres que rozan el cielo,
con los mismos juncos que cimbrean ante la luz,
con los mismos pezones erizados por la brisa,
con las mismas cajitas de cedro
que custodian el eco
de nuestras caracolas.
Pero, sobre todo, compañeros, nos hermana
la animalidad de poder amar.
Y entonces ¿por qué nos aniquilamos?
¿Por qué tanto odio y destrucción?
¿Por qué tanto miedo?
El problema es el espacio que nos separa.
Un espacio de yugos sobre cuellos esclavos.
Un espacio de napalm, de aldeas violadas,
de 80 millones de bombas sin detonar…
Pero, sin embargo, ante el llanto de un solo hombre,
a veces, el mundo entero se detiene
y lo escucha.
Deberíamos aprender a llorar(nos)
como se llora la pérdida de una madre.
Deberíamos sentir la corriente que nos une, maldita sea,
y pasear los puentes que nos separan
hasta sanar las heridas del espacio.
Y deberíamos hacerlo
porque no somos más que orillas
de un mismo río.
Hagámoslo, querido humano,
hagámoslo,
aunque solo sea
por la gloria de la madre
que nos parió.
Kalkbadan, 26 de agosto de 2024
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