El arpa áurea de la bella Mnemosine es acariciada mansa y dulce por la soberbia Venus,cantando a capela una sonata que somete,hipnótica,a los benignos hijos de la prodigiosa noche.Estos,soñando despiertos,visionan paisajes de un cariz bucólico que les extasía el espíritu de fragante vino báquico.Y a la espera están de que la eternal diosa termine su infinita canción para besarla en sus pálidas mejillas de albor matutino.Ésta acaba y un aluvión de aplausos la hacen llorar de conmoción sagrada.Se retira entre la bruma que señala una nueva mañana de reluciente sol estival,y los espectadores nocturnos se disipan entre tinieblas que se diluyen en un marco inconmensurable de gracia profusa y remanente de divinidad,en ciernes de hacerse carne como verbo poético;cuya musicalidad y ritmo contrasta con el mudo silencio que lo gobierna todo.Entonces,crece la aurora hasta transfigurarse en un espléndido mediodía en cuyo cenit el joven Júpiter clama a los mortales por un poco de santa paciencia.Pues éstos saben que un redentor ha de llegar para exacerbar sus almas de eternal mausoleo.
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