Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la oscuridad de un cielo roto,
donde el tiempo no tiene rostro,
cae un relámpago que no ilumina,
sólo susurra secretos olvidados en el viento.
Las estrellas ya no brillan,
se han convertido en grietas de un sueño roto,
y las sombras, como serpientes de cristal,
se deslizan bajo la piel de la luna.
El suelo tiembla con pasos invisibles,
pero no son humanos; son ecos de antiguas huellas
que aún sangran en la tierra,
como si la muerte no pudiera olvidarlas.
En el horizonte, un tren sin rumbo
ruge hacia el abismo, pero no tiene vías,
y sus vagones son cuerpos de niebla,
murmurando nombres que nunca serán pronunciados.
Cada ventana de cada casa
es un ojo que te observa sin parpadear,
y las puertas, cerradas con cadenas de silencio,
ocultan pasillos que no llevan a ningún lado,
sólo al centro de tu propio miedo.
Algo se mueve en las sombras,
un rostro borroso se asoma en el espejo
y, por un segundo, todo se detiene,
como si el universo respirara en pausa,
esperando que tus pensamientos se rompan.
El relámpago cae de nuevo,
y todo se desvanece en un suspiro de oscuridad.
En el vacío de la noche eterna,
te das cuenta de que estás atrapado
en un lugar donde los olvidados nunca dejan de caminar,
y los relojes no marcan el tiempo,
porque el tiempo ya se ha ido.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
donde el tiempo no tiene rostro,
cae un relámpago que no ilumina,
sólo susurra secretos olvidados en el viento.
Las estrellas ya no brillan,
se han convertido en grietas de un sueño roto,
y las sombras, como serpientes de cristal,
se deslizan bajo la piel de la luna.
El suelo tiembla con pasos invisibles,
pero no son humanos; son ecos de antiguas huellas
que aún sangran en la tierra,
como si la muerte no pudiera olvidarlas.
En el horizonte, un tren sin rumbo
ruge hacia el abismo, pero no tiene vías,
y sus vagones son cuerpos de niebla,
murmurando nombres que nunca serán pronunciados.
Cada ventana de cada casa
es un ojo que te observa sin parpadear,
y las puertas, cerradas con cadenas de silencio,
ocultan pasillos que no llevan a ningún lado,
sólo al centro de tu propio miedo.
Algo se mueve en las sombras,
un rostro borroso se asoma en el espejo
y, por un segundo, todo se detiene,
como si el universo respirara en pausa,
esperando que tus pensamientos se rompan.
El relámpago cae de nuevo,
y todo se desvanece en un suspiro de oscuridad.
En el vacío de la noche eterna,
te das cuenta de que estás atrapado
en un lugar donde los olvidados nunca dejan de caminar,
y los relojes no marcan el tiempo,
porque el tiempo ya se ha ido.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados