***QueeN Ginevra***
Poeta adicto al portal
Primera parte de la historia del alma perdida.
El reloj.
Doce campanadas en la oscura tempestad,
doce almas perdidas de infernal nombre;
temores que recorren el corazón de cada hombre
y de doce gritos en la impenetrable oscuridad.
Rosas secas en el florero del buró,
el tic y el tac no dejan de sonar
perturban tanto mi negro pensar
me obligan a no olvidar que ya llegó.
Jamás dormir jamás soñar, jamás.
Que si es luna o sol, no veré yo ya;
aquí todo es negro y nada brilla,
aquí los aromas sólo son rosas marchitas.
Pesar, pesar, cuánto tiempo va a pasar.
Divago en el círculo polar de la soledad
pero nada viene a acortar la inmensidad;
nada salvo en tic tac que me hace temblar.
-¿Quién es el que toca esas notas tristes,
el que menciona mi nombre entre los grises?
Nadie responde y lo escucho entonces
la campanada de la una, sólo una vez.
El frío del cuarto es mayor con el silencio,
enciendo la vela roja y la llama titila seria;
su haz ilumina en mi rostro la sencilla histeria
y de nuevo me amenaza ese decrescendo.
Ahora siento cuánto tiempo no he dejado
de ser lo que fui ni de amar lo que amé,
sólo me asusta el saber que sigue en pie
lo que mi alma atormentada ha recordado.
Su voz gutural y abismal se cuela en mi mente,
no entiendo por qué es de pronto tan estridente;
no pretendo escucharle pero es tan persistente
que no puedo más que seguirle como inerte.
-¿Quién eres tú que me llamas en la nocturna
hora del nocturno amanecer frío y vacío?
Nadie responde, entonces cruzo el espacio
que me lleva a la voz que me vuelve taciturna.
Caminante perdida, no sé por donde ando;
no reconozco nada más que la oscuridad,
oscuridad que termina siendo nada de verdad,
y mis pasos no producen el más mínimo sonido.
Entonces lo vuelvo a escuchar sonar,
es el reloj que las dos ha de marcar,
cada vez más lejano parece estar
y la voz que me canta vuelve a suspirar.
El suspiro de vuelve sólido como la oscuridad,
y mi llanto no lo noto pero sé que ahí está.
-¿Quién eres? vamos dímelo ya.
-Soy el paraíso oscuro de la humanidad.
El reloj.
Doce campanadas en la oscura tempestad,
doce almas perdidas de infernal nombre;
temores que recorren el corazón de cada hombre
y de doce gritos en la impenetrable oscuridad.
Rosas secas en el florero del buró,
el tic y el tac no dejan de sonar
perturban tanto mi negro pensar
me obligan a no olvidar que ya llegó.
Jamás dormir jamás soñar, jamás.
Que si es luna o sol, no veré yo ya;
aquí todo es negro y nada brilla,
aquí los aromas sólo son rosas marchitas.
Pesar, pesar, cuánto tiempo va a pasar.
Divago en el círculo polar de la soledad
pero nada viene a acortar la inmensidad;
nada salvo en tic tac que me hace temblar.
-¿Quién es el que toca esas notas tristes,
el que menciona mi nombre entre los grises?
Nadie responde y lo escucho entonces
la campanada de la una, sólo una vez.
El frío del cuarto es mayor con el silencio,
enciendo la vela roja y la llama titila seria;
su haz ilumina en mi rostro la sencilla histeria
y de nuevo me amenaza ese decrescendo.
Ahora siento cuánto tiempo no he dejado
de ser lo que fui ni de amar lo que amé,
sólo me asusta el saber que sigue en pie
lo que mi alma atormentada ha recordado.
Su voz gutural y abismal se cuela en mi mente,
no entiendo por qué es de pronto tan estridente;
no pretendo escucharle pero es tan persistente
que no puedo más que seguirle como inerte.
-¿Quién eres tú que me llamas en la nocturna
hora del nocturno amanecer frío y vacío?
Nadie responde, entonces cruzo el espacio
que me lleva a la voz que me vuelve taciturna.
Caminante perdida, no sé por donde ando;
no reconozco nada más que la oscuridad,
oscuridad que termina siendo nada de verdad,
y mis pasos no producen el más mínimo sonido.
Entonces lo vuelvo a escuchar sonar,
es el reloj que las dos ha de marcar,
cada vez más lejano parece estar
y la voz que me canta vuelve a suspirar.
El suspiro de vuelve sólido como la oscuridad,
y mi llanto no lo noto pero sé que ahí está.
-¿Quién eres? vamos dímelo ya.
-Soy el paraíso oscuro de la humanidad.
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