Princesa ciega
Respicere
Era una vagabunda en las noches veraniegas de luna llena,
alma desventurada, sin rumbo, sin camino, siempre andante
hija de nadie, dueña de nada, de voz muda, de todo distante
sin hogar, sin motivos, un incomprendido ser errante,
así fue una vez la joven mendiga de la blanca cabellera
Andrajosa, blanquecina, su piel reseca, casi transparente
hacía contraste con sus curtidos, rotos y viejos vestidos,
debajo de cortinas plateadas de pelo escondía decaído
su rostro taciturno, pálido, tan solo teñido en sus ojos idos,
de un rojo hechizante, que tenían tan sólo soledad presente
-Oh ser pobre y aislado ¿que secretos esconderá tu pasado?
se preguntaba en las noches, atraído y perturbado, un pintor
que buscó una vez a la luna llena, provisto con oleos de color
y se topo con aquella quien desde ese día retrataba con fervor.
noche tras noche, la esperaba oculto, por su enigma cautivado.
En penumbras avanzaba el retrato, quería conocer ese misterio
que sabía escondía aquella a quien dicen la blanca peregrina
y por eso desde lejos miraba, cuando ella detrás de una esquina
surgía con pasos silenciosos, siempre lánguidos, cuando camina
y bajo un sauce se postraba para ver la noche y su encanto etéreo
El pintaba su silueta hermosa recostada sobre la corteza,
mientras la luna la empapaba y su cabello volvía brillante
su semblante con los ojos perdidos en el astro gigante,
blanca, casi sin color, solo sombras y luz vestía, joven intrigante
bajo el viejo sauce, cerca de un lago de oscura belleza
Los días pasaron y el pintor el retrato de su musa terminaba
Solo algo faltaba, ese rostro fascinante, de muerte, de vida,
de decadencia, y más que nada de ausencia, y su mirada esquiva
del color de la sangre que jamás al destino clemencia pedía
por su condición vagante, fúnebre, del que nunca se quejaba.
Entonces el artista descendió de su escondite, silencioso, clandestino
para a su musa evitar atemorizar y así poderla pintar, se escondió
cerca de ella y con dedicado cuidado su perfil pálido él retrató.
-Oh, sublimes ojos - dijo cuando la última pincelada a su mirada dio
y ella lo escuchó y lo observó aterrada, viendo acabado su destino.
Se puso de pie, cual felino, y corrió hacia el con angustioso semblante,
le arrebató el retratocon sus manos desesperantes y lo vio.
Abrió los labios para proferir un grito mudo, que al pintor azotó
con la fuerza del silencio inquietante, mientras viéndose pintada, cayó
horrorizada al piso y el color se volvió intenso en sus ojos hechizantes
Al pánico sucumbía, y sus entrañas destruían el recordar que en su pasado
por un artista maléfico fueron tomados de la misma manera egoístamente
sus matices, dejándole solo a sus ojos el color carmín simplemente
y aunque ese era el único vestigio presente en su vida de sus colores ausentes
con él vivir lograría, pero si los perdía podría ser su alma atrapada en un cuadro.
Se encontraba ella en un llanto mudo que el artista no podía entender,
hasta que, apenado por él, levanto su rostro pálido y mojado
y fue entonces que comprendió al ver que el color había tomado
de sus iris y en el lienzo los hacía permanecerse, tal cual desmanchados
con alcohol, como se despinta el óleo, era ahora los ojos de la joven mujer.
Poco a poco se tornó totalmente blanca, lo que de su color quedó
robado estaba por ese pintor, su cuerpo se difuminaba como borrado
por manos invisibles, y su piel se volvía arena que un viento encantado
y congelado se llevaba, mientras el pintor en un intento fallido, asustado
para salvarle trato de sujetarle pero se deshizo y en su retrato se fundió.
alma desventurada, sin rumbo, sin camino, siempre andante
hija de nadie, dueña de nada, de voz muda, de todo distante
sin hogar, sin motivos, un incomprendido ser errante,
así fue una vez la joven mendiga de la blanca cabellera
Andrajosa, blanquecina, su piel reseca, casi transparente
hacía contraste con sus curtidos, rotos y viejos vestidos,
debajo de cortinas plateadas de pelo escondía decaído
su rostro taciturno, pálido, tan solo teñido en sus ojos idos,
de un rojo hechizante, que tenían tan sólo soledad presente
-Oh ser pobre y aislado ¿que secretos esconderá tu pasado?
se preguntaba en las noches, atraído y perturbado, un pintor
que buscó una vez a la luna llena, provisto con oleos de color
y se topo con aquella quien desde ese día retrataba con fervor.
noche tras noche, la esperaba oculto, por su enigma cautivado.
En penumbras avanzaba el retrato, quería conocer ese misterio
que sabía escondía aquella a quien dicen la blanca peregrina
y por eso desde lejos miraba, cuando ella detrás de una esquina
surgía con pasos silenciosos, siempre lánguidos, cuando camina
y bajo un sauce se postraba para ver la noche y su encanto etéreo
El pintaba su silueta hermosa recostada sobre la corteza,
mientras la luna la empapaba y su cabello volvía brillante
su semblante con los ojos perdidos en el astro gigante,
blanca, casi sin color, solo sombras y luz vestía, joven intrigante
bajo el viejo sauce, cerca de un lago de oscura belleza
Los días pasaron y el pintor el retrato de su musa terminaba
Solo algo faltaba, ese rostro fascinante, de muerte, de vida,
de decadencia, y más que nada de ausencia, y su mirada esquiva
del color de la sangre que jamás al destino clemencia pedía
por su condición vagante, fúnebre, del que nunca se quejaba.
Entonces el artista descendió de su escondite, silencioso, clandestino
para a su musa evitar atemorizar y así poderla pintar, se escondió
cerca de ella y con dedicado cuidado su perfil pálido él retrató.
-Oh, sublimes ojos - dijo cuando la última pincelada a su mirada dio
y ella lo escuchó y lo observó aterrada, viendo acabado su destino.
Se puso de pie, cual felino, y corrió hacia el con angustioso semblante,
le arrebató el retratocon sus manos desesperantes y lo vio.
Abrió los labios para proferir un grito mudo, que al pintor azotó
con la fuerza del silencio inquietante, mientras viéndose pintada, cayó
horrorizada al piso y el color se volvió intenso en sus ojos hechizantes
Al pánico sucumbía, y sus entrañas destruían el recordar que en su pasado
por un artista maléfico fueron tomados de la misma manera egoístamente
sus matices, dejándole solo a sus ojos el color carmín simplemente
y aunque ese era el único vestigio presente en su vida de sus colores ausentes
con él vivir lograría, pero si los perdía podría ser su alma atrapada en un cuadro.
Se encontraba ella en un llanto mudo que el artista no podía entender,
hasta que, apenado por él, levanto su rostro pálido y mojado
y fue entonces que comprendió al ver que el color había tomado
de sus iris y en el lienzo los hacía permanecerse, tal cual desmanchados
con alcohol, como se despinta el óleo, era ahora los ojos de la joven mujer.
Poco a poco se tornó totalmente blanca, lo que de su color quedó
robado estaba por ese pintor, su cuerpo se difuminaba como borrado
por manos invisibles, y su piel se volvía arena que un viento encantado
y congelado se llevaba, mientras el pintor en un intento fallido, asustado
para salvarle trato de sujetarle pero se deshizo y en su retrato se fundió.
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CORAZON DE LOBA
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