ESPINETE
Poeta fiel al portal
Un día,
un amigo de la infancia,
me invitó a tomar café
y de paso ver su casa.
A toda costa quería,
que yo viera su salón,
decorado por él mismo,
con esfuerzo y con amor.
Cuando entré,
¡me quedé petrificada!
pues me sentí transportada
al "Castillo del Terror".
¿Qué demonios pintará
un reloj que no funciona
y que jamás dá la horas,
presidiendo un gran salón?
Eso me pone atacada.
No lo puedo remediar.
¡Con lo facilito que es
llevar el trasto a arreglar!.
Pues no señor, ¡ahí está!
Así nunca sabrás,
si acabas de entrar en casa,
o te tienes que marchar.
Y además...
¡El pobre era horroroso!
Todo lleno de doraos,
con florecitas y un oso.
Junto al horrible reloj,
se incluía en el atrezo,
un buhito disecao
y una cabeza de ciervo.
Cuatro o cinco candelabros
por ahí "desperdigaos"
y tres fotos del abuelo,
vestidito de soldao.
Dos sofás "desvencijaos",
según él Isabelinos,
con trapitos de ganchillo,
finamente colocaos.
Unas inmensas cortinas
todas llenas de pompones,
que a su vez hacían juego,
con ciento un almohadones.
A esas horas del café,
el buho me controlaba
y el ciervo, que era un cachondo,
de reojo me miraba.
Me daba a mí la impresión,
de que tras esas cortinas,
iba a salir una bruja,
para darme una poción.
Como ya estaba impaciente,
le dije a m buen amigo:
-¡Hala!¡Pues me tengo que ir!
¡Ha sido un placer el verte!-
-Ya sabes. Aquí me tienes.
Como ya estoy jubilado,
cuando quieras decorar,
puedo estar siempre a tu lado.
Nos dimos un fuerte abrazo
y salí a "toda pastilla",
loca por abandonar,
aquél "Salón Pesadilla"
un amigo de la infancia,
me invitó a tomar café
y de paso ver su casa.
A toda costa quería,
que yo viera su salón,
decorado por él mismo,
con esfuerzo y con amor.
Cuando entré,
¡me quedé petrificada!
pues me sentí transportada
al "Castillo del Terror".
¿Qué demonios pintará
un reloj que no funciona
y que jamás dá la horas,
presidiendo un gran salón?
Eso me pone atacada.
No lo puedo remediar.
¡Con lo facilito que es
llevar el trasto a arreglar!.
Pues no señor, ¡ahí está!
Así nunca sabrás,
si acabas de entrar en casa,
o te tienes que marchar.
Y además...
¡El pobre era horroroso!
Todo lleno de doraos,
con florecitas y un oso.
Junto al horrible reloj,
se incluía en el atrezo,
un buhito disecao
y una cabeza de ciervo.
Cuatro o cinco candelabros
por ahí "desperdigaos"
y tres fotos del abuelo,
vestidito de soldao.
Dos sofás "desvencijaos",
según él Isabelinos,
con trapitos de ganchillo,
finamente colocaos.
Unas inmensas cortinas
todas llenas de pompones,
que a su vez hacían juego,
con ciento un almohadones.
A esas horas del café,
el buho me controlaba
y el ciervo, que era un cachondo,
de reojo me miraba.
Me daba a mí la impresión,
de que tras esas cortinas,
iba a salir una bruja,
para darme una poción.
Como ya estaba impaciente,
le dije a m buen amigo:
-¡Hala!¡Pues me tengo que ir!
¡Ha sido un placer el verte!-
-Ya sabes. Aquí me tienes.
Como ya estoy jubilado,
cuando quieras decorar,
puedo estar siempre a tu lado.
Nos dimos un fuerte abrazo
y salí a "toda pastilla",
loca por abandonar,
aquél "Salón Pesadilla"