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El silencio de los objetos olvidados

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
En la penumbra de una habitación cualquiera, los objetos olvidados ejercen un oficio secreto. El zapato huérfano en la esquina aprende a esperar, inclinado hacia un destino que nunca llegará, como si la otra mitad hubiese partido a un exilio definitivo. La cuchara, de tanto no rozar sopa alguna, ha comenzado a inventar mares espesos donde hundirse, océanos tibios en los que flotarían recuerdos nunca servidos.

Los objetos olvidados no reclaman, apenas respiran un silencio compacto que se adhiere a las paredes. Ese silencio no es mudo: es un idioma secreto, una gramática hecha de polvo y abandono. Alguien, alguna vez, los sostuvo con la misma naturalidad con la que se sostiene una certeza; ahora son restos que nos nombran a escondidas, que nos delatan cuando creemos habernos librado de todo.

Hay una fidelidad en lo olvidado que incomoda. Una mano que aún late en el bolsillo de un abrigo viejo, un rostro que persiste en la curvatura de un espejo, una palabra que nadie pronunció pero que duerme en el fondo de una libreta. El silencio de los objetos olvidados no es ausencia, sino permanencia al margen, resistencia en lo mínimo.

Quizá lo inquietante sea que, cada vez que los miramos, nos devuelven a nosotros mismos: somos lo que dejamos, lo que olvidamos, lo que callamos. Y entonces, sin remedio, nos damos cuenta de que también nosotros empezamos a ser objetos en la memoria de alguien más.
 
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