A veces
la amargura rodea mi corazón
como las nubes envuelven a la peña;
casi sin darse cuenta
se convierte en horizonte,
en niebla y cielo.
La batalla del sol se hace amarga
y sus espadas amarillas
no son tan duras
como los jirones de algodón
que ocultan la luz.
Sólo el incesante grito de los animales
que necesitan el sol para calentarse
hace que caiga la niebla
sobre los matorrales.
Su cara se oculta en las nubes
para que los niños
que a lo lejos lo miran
se alboroten chillándole
para que salga.
Pero cuando se instala
en la cúspide del cielo,
fuerte y caliente,
la luna sale
rondándole la tarde
blanca y transparente.
El se envanece
y le canta baladas,
quiere meterse
entre la túnica roja
del horizonte
mientras la luna sube sobre la noche
para cogerle.
Pero él se esconde para que ella
con sus ojos oscuros lo busque
y se hunda en la tierra
casi agarrándole.
la amargura rodea mi corazón
como las nubes envuelven a la peña;
casi sin darse cuenta
se convierte en horizonte,
en niebla y cielo.
La batalla del sol se hace amarga
y sus espadas amarillas
no son tan duras
como los jirones de algodón
que ocultan la luz.
Sólo el incesante grito de los animales
que necesitan el sol para calentarse
hace que caiga la niebla
sobre los matorrales.
Su cara se oculta en las nubes
para que los niños
que a lo lejos lo miran
se alboroten chillándole
para que salga.
Pero cuando se instala
en la cúspide del cielo,
fuerte y caliente,
la luna sale
rondándole la tarde
blanca y transparente.
El se envanece
y le canta baladas,
quiere meterse
entre la túnica roja
del horizonte
mientras la luna sube sobre la noche
para cogerle.
Pero él se esconde para que ella
con sus ojos oscuros lo busque
y se hunda en la tierra
casi agarrándole.