El alba me mostraba sin fruto su dulce aroma
pero mi entraña retorcida se arrancaba el alma
con cada soplo de pasado que no era olvido.
Con cada minuto de sol amanecido en ascuas
mi piel de pergamino se enciende en versos
armados de metralla antigua y resquemosa.
Si no fuera procesiones de roca mi memoria
teñido de sangre y mirra sería el campo
que agotado se muestra siervo de heridas y de miedo.
Qué fácil el trabajo del olvido,
con la obsesión erosiva de la huida.
El continuo movimiento me hace fuerte,
mi torbellino de moléculas, fecundas como sueños
hacen de mi herrumbrosa lumbre un sendero,
en el que habitan fantasmas que no veo,
tras el borrascoso horizonte que hondea
ante mis ojos pequeños y fugaces...
Enquilosado en el regazo
de una rabiosa ceguera que sueña,
no doy cabida ni abrigo a la voz que tras de mi acecha,
no la escucho ni añoro en mi carrera prendida de miedo,
la estatua de sal espera mis ojos
presos de una tumba de llaves perdidas.
Es el laberinto de mi cuerpo en llamas,
la lucha impúdica de mi piel en quiebra,
la tortura del viento del pasado,
el oscuro pesar que no es mi carne,
es lo que soy en mis palabras,
lo que soy en mis versos y en mi vuelo,
lo que soy cuando caigo y cuando corro
por las nubes de espuma y por el alba
de los sueños de nadie y de los míos,
es lo que soy ahora cuando lloran
mis dedos al tacto
de una verdad que esconde más que muestra...
pero mi entraña retorcida se arrancaba el alma
con cada soplo de pasado que no era olvido.
Con cada minuto de sol amanecido en ascuas
mi piel de pergamino se enciende en versos
armados de metralla antigua y resquemosa.
Si no fuera procesiones de roca mi memoria
teñido de sangre y mirra sería el campo
que agotado se muestra siervo de heridas y de miedo.
Qué fácil el trabajo del olvido,
con la obsesión erosiva de la huida.
El continuo movimiento me hace fuerte,
mi torbellino de moléculas, fecundas como sueños
hacen de mi herrumbrosa lumbre un sendero,
en el que habitan fantasmas que no veo,
tras el borrascoso horizonte que hondea
ante mis ojos pequeños y fugaces...
Enquilosado en el regazo
de una rabiosa ceguera que sueña,
no doy cabida ni abrigo a la voz que tras de mi acecha,
no la escucho ni añoro en mi carrera prendida de miedo,
la estatua de sal espera mis ojos
presos de una tumba de llaves perdidas.
Es el laberinto de mi cuerpo en llamas,
la lucha impúdica de mi piel en quiebra,
la tortura del viento del pasado,
el oscuro pesar que no es mi carne,
es lo que soy en mis palabras,
lo que soy en mis versos y en mi vuelo,
lo que soy cuando caigo y cuando corro
por las nubes de espuma y por el alba
de los sueños de nadie y de los míos,
es lo que soy ahora cuando lloran
mis dedos al tacto
de una verdad que esconde más que muestra...