Évano
Libre, sin dioses.
El superidiota, un superhéroe diferente
Francisco se levantó un día con súper poderes, así, de golpe, sin explicación ninguna y sin preguntarse de dónde le surgió tal confianza, tal soberbia. Frente al espejo se miró a sí mismo por encima del hombro. De ahora en adelante esta sería una característica adherida al centro de su fuerza.
Ágil bajó las escaleras, trajeado y con el maletín de trabajo. En el portal del edificio, hinchado el pecho, paseó mariconamente el dedo al cielo para avisar al taxi que se detuviera ipso facto ante semejante ser iluminado.
—Tú, lleva a su alteza a las oficinas centrales del banco Todomío.
—¿Esperamos entonces a alguien importante? —preguntó el barbudo y despeinado taxista.
—Su alteza soy yo, mequetrefe. ¿Acaso lo duda?
—Era una broma. Usted perdone, alteza. El cliente manda.
Las calles pasaban ante el hombro empinado y el rostro torcido al cielo de un Francisco de ojos esquinados y comisuras de la boca hacia abajo. Veíalo por el retrovisor interior un somnoliento taxista que se decía que ya podía creérselo, pues en verdad los banqueros eran los amos del puto mundo. Paró en el semáforo en rojo que daba entrada a la plaza central de la ciudad.
—Sáltate el semáforo, plebeyo.
—¿Qué es lo que me ha llamado? —contestó malhumorado el conductor—. No se me ponga gilipollas que no está el horno para bollos. ¿Hasta ahí podríamos llegar, no te fastidia, el subnormal este!
Francisco, viéndose muy superior a semejante individuo, miró el número de licencia y lo apuntó en su libreta.
—Como tenga problemas con mi jefe por culpa suya, le aseguro que le hago una visita particular y le vuelo la tapa de los sesos, so mamón de mierda. ¡Y bájese ya porque no respondo de mí!
Así actuó Francisco, no sin antes arrojarle a la cara unos billetes, más de lo que valía la carrera.
El vehículo amarillo con cuadraditos negros marchó echando más humo de lo normal.
Entró a las oficinas del banco andando de puntillas y estirando tanto el esqueleto del cuerpo que era diez centímetros más alto que de costumbre. Las caderas bamboleaban al compás del maletín, a un paso ligero y decidido. Las secretarias se miraron unas a otras, cuchicheando al instante.
—Quizás por fin haya echado un polvo —comentaba una entre sonrisas tapadas por la mano.
—Yo creo que siempre ha sido así de tonto. Sólo era cuestión de tiempo —replicaba la de al lado.
Penetró en su despacho, de a penas cuatro metros cuadrados, como aquel que entra en el mayor de los palacios. Se sentó erguido, sobresaliendo el cuerpo de la mesa, postura que dificultaba el trabajar a gusto y relajado.
No se había acomodado del todo cuando su superior, abriendo la puerta de par en par y sin mirarlo, le dijo que subiera rápidamente al despacho del ático, que el jefazo le había invitado a la reunión del día, y que no preguntara nada más pues nada más sabía él. El superior se marchó rumoreándose para sí que a ver si hoy era un gran día y echaban de una puta vez a semejante subnormal.
Francisco no cabía por las puertas del ascensor, y casi por las escaleras, de tan henchido que se encontraba; si lo llamaban los jefazos es por el tan merecido ascenso, no cabía ninguna duda.
Sabiendo los dueños del banco Todomío que Francisco era simplemente superidiota, le dieron la misión de engañar a los millones de sus clientes, que los convenciera para que invirtieran y colocaran sus ahorros en fondos de inversión de rentabilidad escalofriante. El truco estaba en la letra pequeña de los contratos; y esa era la misión de nuestro superimbécil Francisco: que firmaran sin leer un contrato, no de por vida, sino por la eternidad entera, ya que los obligaba hasta el año nueve mil novecientos noventa y nueve, y con una rentabilidad que se dejaba de dar cuando al banco le diera la gana.
Pasaron tan solo un par de años cuando los millones de clientes engañados se vieron atrapados en un corralito unos, perdido el dinero otros y los demás, arruinados.
Satisfecho Don Francisco, pues ese fue el premio que logró, el Don, no cayó en la cuenta que también sus familiares y amigos viéronse despojados de sus ahorros y en la puta miseria, incluidos sus hijos y nietos y biznietos y tataranietos y retataranietos, cuando los tuviera.
Muriose tonto y convencido de que fue un súper héroe en vida. Y yo no diré que no, pues el que nace tonto muere tonto y sigue siempre a una zanahoria que nunca alcanza, pisando a todo y a todos en su avaricia ciega y, lo peor, creyéndose un... (Tras los puntos suspensivos pongan ustedes el adjetivo o sinónimo que quieran).
Francisco se levantó un día con súper poderes, así, de golpe, sin explicación ninguna y sin preguntarse de dónde le surgió tal confianza, tal soberbia. Frente al espejo se miró a sí mismo por encima del hombro. De ahora en adelante esta sería una característica adherida al centro de su fuerza.
Ágil bajó las escaleras, trajeado y con el maletín de trabajo. En el portal del edificio, hinchado el pecho, paseó mariconamente el dedo al cielo para avisar al taxi que se detuviera ipso facto ante semejante ser iluminado.
—Tú, lleva a su alteza a las oficinas centrales del banco Todomío.
—¿Esperamos entonces a alguien importante? —preguntó el barbudo y despeinado taxista.
—Su alteza soy yo, mequetrefe. ¿Acaso lo duda?
—Era una broma. Usted perdone, alteza. El cliente manda.
Las calles pasaban ante el hombro empinado y el rostro torcido al cielo de un Francisco de ojos esquinados y comisuras de la boca hacia abajo. Veíalo por el retrovisor interior un somnoliento taxista que se decía que ya podía creérselo, pues en verdad los banqueros eran los amos del puto mundo. Paró en el semáforo en rojo que daba entrada a la plaza central de la ciudad.
—Sáltate el semáforo, plebeyo.
—¿Qué es lo que me ha llamado? —contestó malhumorado el conductor—. No se me ponga gilipollas que no está el horno para bollos. ¿Hasta ahí podríamos llegar, no te fastidia, el subnormal este!
Francisco, viéndose muy superior a semejante individuo, miró el número de licencia y lo apuntó en su libreta.
—Como tenga problemas con mi jefe por culpa suya, le aseguro que le hago una visita particular y le vuelo la tapa de los sesos, so mamón de mierda. ¡Y bájese ya porque no respondo de mí!
Así actuó Francisco, no sin antes arrojarle a la cara unos billetes, más de lo que valía la carrera.
El vehículo amarillo con cuadraditos negros marchó echando más humo de lo normal.
Entró a las oficinas del banco andando de puntillas y estirando tanto el esqueleto del cuerpo que era diez centímetros más alto que de costumbre. Las caderas bamboleaban al compás del maletín, a un paso ligero y decidido. Las secretarias se miraron unas a otras, cuchicheando al instante.
—Quizás por fin haya echado un polvo —comentaba una entre sonrisas tapadas por la mano.
—Yo creo que siempre ha sido así de tonto. Sólo era cuestión de tiempo —replicaba la de al lado.
Penetró en su despacho, de a penas cuatro metros cuadrados, como aquel que entra en el mayor de los palacios. Se sentó erguido, sobresaliendo el cuerpo de la mesa, postura que dificultaba el trabajar a gusto y relajado.
No se había acomodado del todo cuando su superior, abriendo la puerta de par en par y sin mirarlo, le dijo que subiera rápidamente al despacho del ático, que el jefazo le había invitado a la reunión del día, y que no preguntara nada más pues nada más sabía él. El superior se marchó rumoreándose para sí que a ver si hoy era un gran día y echaban de una puta vez a semejante subnormal.
Francisco no cabía por las puertas del ascensor, y casi por las escaleras, de tan henchido que se encontraba; si lo llamaban los jefazos es por el tan merecido ascenso, no cabía ninguna duda.
Sabiendo los dueños del banco Todomío que Francisco era simplemente superidiota, le dieron la misión de engañar a los millones de sus clientes, que los convenciera para que invirtieran y colocaran sus ahorros en fondos de inversión de rentabilidad escalofriante. El truco estaba en la letra pequeña de los contratos; y esa era la misión de nuestro superimbécil Francisco: que firmaran sin leer un contrato, no de por vida, sino por la eternidad entera, ya que los obligaba hasta el año nueve mil novecientos noventa y nueve, y con una rentabilidad que se dejaba de dar cuando al banco le diera la gana.
Pasaron tan solo un par de años cuando los millones de clientes engañados se vieron atrapados en un corralito unos, perdido el dinero otros y los demás, arruinados.
Satisfecho Don Francisco, pues ese fue el premio que logró, el Don, no cayó en la cuenta que también sus familiares y amigos viéronse despojados de sus ahorros y en la puta miseria, incluidos sus hijos y nietos y biznietos y tataranietos y retataranietos, cuando los tuviera.
Muriose tonto y convencido de que fue un súper héroe en vida. Y yo no diré que no, pues el que nace tonto muere tonto y sigue siempre a una zanahoria que nunca alcanza, pisando a todo y a todos en su avaricia ciega y, lo peor, creyéndose un... (Tras los puntos suspensivos pongan ustedes el adjetivo o sinónimo que quieran).
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