El taxista

El hombre del porsaco

Poeta recién llegado
Aureliano lleva un taxi pero siempre anda canino,
no le pagan las carreras pues nadie llega a destino.

El intenta contenerse, pero los ve allí detrás
tan solitos e indefensos y no se puede aguantar.

Les bloquea los pestillos y también las ventanillas,
los gasea tras la mampara y empieza la pesadilla.


Siempre adoró los muñecos y en una vieja caseta
los que eran pasajeros pasan a ser marionetas.

Luego los lleva a su casa con las cuerdas ya cosidas,
los mira por el espejo y parecen tener vida.

Las paredes de su cuarto son dobles y en ese hueco
él guarda, ordena y mima su colección de muñecos.

Los viste de colegiales y les cuelga una cartera,
les dice que han sido malos y para la madriguera.
Así llama a ese pasillo donde castiga a sus niños,
en el fondo siente náuseas pero les tiene cariño.

Por la noche les da clase, las cuerdas mueven sus brazos,
él sólo quiere que estudien pero se caen a pedazos.

Anoche tuvo un mal sueño, los muñecos se escapaban,
reclamaban su venganza mientras los despedazaban.

Por la mañana al entrar se cierra solo el candado,
no puede pedir ayuda, sabe que todo ha acabado.
No importa cuanto lo intente, hoy su destino es morir,
como en su sueño los niños nunca lo dejarán ir.
 

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