José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
EL TIEMPO ETERNO.
-Aión-.
Se sospecha de su perpetua existencia,
de su infinita paciencia, de su eterna espera.
Se sospecha, pero nadie lo asevera.
Se dice de él que siempre está al acecho,
vigilante, agazapado al paso de los incrédulos
que caminan desorientados, sin destino.
Oculto a los ojos de los tiempos caducos,
a su verdadero enemigo, el tiempo medido.
Está proscrito,
sin orígenes de creación,
abandonado en el seno yermo
donde se gestó su no génesis.
Es como un "diablodióslico".
Ser supremo del tiempo eterno,
que nunca perdona los ciclos de la vida
y se parapeta
en círculos de hierro y fuego,
de la constelación del Can
en su canícula traicionera y fría.
Cuentan historias de sus ancestros,
ancestros que nunca tuvo,
que erizan el bello a las bestias marinas
y la piel de los famélicos muertos.
Está ahí. Y no está.
No lo vemos. Pero él te observa.
Ya no se quiere esconder
ante los ojos de nadie,
solo teme
a la mirada oblicua del unicornio ciego,
pero no por cobardía o miedo,
la teme, por la falsedad del sueño.
No rehúye la lucha a vida o muerte,
ni la oscuridad eterna
de los muertos solitarios.
A veces se refugia bajo la falda de su virgen madre,
madre que nunca tuvo,
persiguiendo el anonimato casto y puro,
enemigo de los pecadores humanos
en sus noches largas y oscuras.
Le aterra la sangre roja de los vivos
en el útero materno
y los estrangula dentro de su mismo cuello.
No tolera la alegría de las comadres denudas
en su danzar ante la luna.
Se come los fetos abortados de las no madres
y se abriga del frío intenso y eterno
con las placentas robadas a esos errores maternos.
Cuando la tormenta es sorda y seca
desaparece cuan ánima atormentada,
se refugia en la negra luz que le ciega
y se ofrece al cirio prendido.
Blasfema e insulta al padre desconocido
que atemoriza al bebé nonato
que camina solo en el túnel del tiempo,
desabrigado, abandonado
hacia una muerte segura y eterna.
El tiempo perdido
se convierte en soga suicida
que desgrana las horas de arena
en un tiempo quebrado.
El tiempo es constante, es el sueño
de un segundero incansable y pendular
sin interrupciones ni pausas,
de monótonas secuencias
en el devenir de los ocasos alternos
del fluctuar de los cuerpos celestes,
en ciclos sin descanso y eternos.
Perdura el tintineo sin eco
de consciencia semoviente
de flechas férricas y puntiagudas,
de indiscreción acusadora
hacia el paso acompasado del dios Cronos,
divisor de los tiempos no eternos,
compartimentados en el ayer, hoy y mañana.
Enfrentado al dios Aión,
dios del tiempo eterno y consejero de lo próspero.
Enemigos en y por el tiempo.
Estamos atados a nuestra perpetua cadena
anclada en el tiempo de la esfera no finita,
queriendo escapar del peso de la edad
arrastrados por el carro de la diosa frigia,
Cibeles,
que solo fue madre y nunca hija,
que se enamoró del hijo de una virgen.
Estamos enterrados ya en la fosa del tiempo
y nos cubren con la arena
que pierden los relojes rotos
manantial continuo del caos y el orden,
del indestructible Aión.
Dios del tiempo eterno.