La única certeza que poseemos es este universo:
la materia que roza nuestros dedos,
la luz que baña el instante,
el pulso que sentimos en la carne del presente.
Sabemos que el pasado existe,
no como lugar,
sino como huella —como eco que persiste en nosotros
y nos compone.
Todo lo demás es ilusión o conjetura:
el futuro aún no es,
aunque intuimos su latido,
como si viniera caminando hacia nosotros
desde un horizonte que nadie ha visto,
pero todos presienten.
Y quizá, mientras este universo cambia,
nosotros mismos nos trasladamos con él,
a bordo de un río que nunca se detiene.
Cambiamos al andar,
y en ese cambio también cambia el mundo que miramos.
El futuro no es una meta lejana,
es un espejo en movimiento
que nos alcanza mientras lo buscamos.
la materia que roza nuestros dedos,
la luz que baña el instante,
el pulso que sentimos en la carne del presente.
Sabemos que el pasado existe,
no como lugar,
sino como huella —como eco que persiste en nosotros
y nos compone.
Todo lo demás es ilusión o conjetura:
el futuro aún no es,
aunque intuimos su latido,
como si viniera caminando hacia nosotros
desde un horizonte que nadie ha visto,
pero todos presienten.
Y quizá, mientras este universo cambia,
nosotros mismos nos trasladamos con él,
a bordo de un río que nunca se detiene.
Cambiamos al andar,
y en ese cambio también cambia el mundo que miramos.
El futuro no es una meta lejana,
es un espejo en movimiento
que nos alcanza mientras lo buscamos.