EL TIO AGUSTIN.
El tío Agustín fue herrero. Pudo haber sido taxidermista, o perito agrícola. Pero fue herrero. Las pocas veces que lo ví yo era muy pequeño; por eso mi recuerdo es más bien imaginario. Ahora debería tener, de vivir, unos ciento cincuenta años. En aquella generación mi familia fue sumamente prolífica; el tío Agustín tuvo diez hermanos más, todos varones, excepto una hembra, que, naturalmente, quedó para atender a los hombres y a sus padres, y, naturalmente también, murió histérica y prematuramente.
Aquella amplia parentela estaba adscrita a la clase socioeconómica de lo que entonces se llamaban “artesanos”: había un sastre, un tendero de ultramarinos finos, otro hermano con el luminoso oficio de ebanista, algún representante de comercio y varios funcionarios. Todo un elenco. Y, claro, el tío Agustín, el herrero. Los herreros han sido, generalmente, personajes de una cierta sordidez y muchas veces marginados. Además, el tío Agustín le daba a la bebida y era, según se decía, un putañero.e decía,
De hecho, del tío Agustín apenas se hablaba en la familia y cuando se hacía era en voz baja, casi en bisbiseo y siempre se le añadía la coletilla “el pobre Agustín”. Yo lo recuerdo, o más bien lo imagino, en las apenas dos o tres veces que lo ví, como un hombre bajo y fornido, siempre con la mugrienta boina calada y una barba negra y cerrada como una noche de brujas. Llevaba un mandilón de cuero y debía de calzar alpargatas, como buen pobre que era. También lo recuerdo, eso sí, amable conmigo. Todos decían que era gruñón y malhumorado, pero conmigo siempre fue cariñoso. Aún guardo, y de ahí pueden nacer mis recuerdos, un martillo muy usado, de esos que llaman de bola y pena (como el que aparece en la fotografía inferior), con el mango roto y empalmado con un muy cuidado trabajo de cosido de alambre, que me regaló en alguna visita que hice a su herrería. Con él creo que golpeé algún hierro al rojo (me imagino con mis manecitas de crío de cuatro o cinco años y el tío Agustín agarrando con sus manazas peludas el mango para dirigir el golpe).
Recuerdo en cambio perfectamente la herrería; aquel cubículo astroso, construído con adobes y un techo de cañizo cubierto de tosca pizarra, situado en las afueras de la ciudad, junto a un enorme eucalipto que le daba sombra. Tenía, como único hueco para paso e iluminación, una puerta metálica. Al fondo estaba la fragua y el fuelle que animaba el carbón para que docilizase al hierro. Al lado el yunque, enorme en mi recuerdo, y el cubo de agua en el que el acero al rojo gemía, no sé si de dolor o de gozo, cuando lo refrescaba después de golpearlo. Por todos lados había un maremagnum de hierros, chapas, barras, cadenas...
Del tío Agustín se decía: “Qué buenas manos tiene; lástima que beba tanto”. Y es que, al parecer, era un excelente artesano. De mayor me han enseñado algunas cancelas, primorosamente trabajadas, algún antepecho de balcón, y me decían, admirativamente: “Mira, eso lo hizo tu tío Agustín”. Aunque su principal fuente de ingresos era la fabricación de herraduras “a medida”, el aguzar picos y escoplos, soldar rejas de arado, etc. Las “obras de arte” debieron ser encargos de ricos de la localidad, por recomendación de los demás hermanos.
¿Porqué se hizo herrero el tío Agustín? Ya he dicho que de él se hablaba poco y bajito entre la familia. Para mí que junto a su complexión física, tan diferente a la de sus hermanos, se unió un carácter huraño e introvertido, o de una cosa vendría la otra. Me lo imagino incapaz de aprender las cuatro reglas y de ahí su arrinconamiento social. Al fin y al cabo su madre fue maestra de escuela y eso, en la época, era todo un hito. Quizás, por eso, lo pusiesen de aprendiz en algún taller -los orígenes familiares eran agrícolas y es de suponer que tendrían trato con el gremio de la herrería en razón de los aperos y herramientas. En todo caso fue un personaje diferente y diferenciado, solitario y taciturno. Por eso, tal vez, lo admire en mi recuerdo. Hoy, para mí, tengo que era un nibelungo desclasado y de secano, el pobre Agustín.
El tío Agustín fue herrero. Pudo haber sido taxidermista, o perito agrícola. Pero fue herrero. Las pocas veces que lo ví yo era muy pequeño; por eso mi recuerdo es más bien imaginario. Ahora debería tener, de vivir, unos ciento cincuenta años. En aquella generación mi familia fue sumamente prolífica; el tío Agustín tuvo diez hermanos más, todos varones, excepto una hembra, que, naturalmente, quedó para atender a los hombres y a sus padres, y, naturalmente también, murió histérica y prematuramente.
Aquella amplia parentela estaba adscrita a la clase socioeconómica de lo que entonces se llamaban “artesanos”: había un sastre, un tendero de ultramarinos finos, otro hermano con el luminoso oficio de ebanista, algún representante de comercio y varios funcionarios. Todo un elenco. Y, claro, el tío Agustín, el herrero. Los herreros han sido, generalmente, personajes de una cierta sordidez y muchas veces marginados. Además, el tío Agustín le daba a la bebida y era, según se decía, un putañero.e decía,
De hecho, del tío Agustín apenas se hablaba en la familia y cuando se hacía era en voz baja, casi en bisbiseo y siempre se le añadía la coletilla “el pobre Agustín”. Yo lo recuerdo, o más bien lo imagino, en las apenas dos o tres veces que lo ví, como un hombre bajo y fornido, siempre con la mugrienta boina calada y una barba negra y cerrada como una noche de brujas. Llevaba un mandilón de cuero y debía de calzar alpargatas, como buen pobre que era. También lo recuerdo, eso sí, amable conmigo. Todos decían que era gruñón y malhumorado, pero conmigo siempre fue cariñoso. Aún guardo, y de ahí pueden nacer mis recuerdos, un martillo muy usado, de esos que llaman de bola y pena (como el que aparece en la fotografía inferior), con el mango roto y empalmado con un muy cuidado trabajo de cosido de alambre, que me regaló en alguna visita que hice a su herrería. Con él creo que golpeé algún hierro al rojo (me imagino con mis manecitas de crío de cuatro o cinco años y el tío Agustín agarrando con sus manazas peludas el mango para dirigir el golpe).
Recuerdo en cambio perfectamente la herrería; aquel cubículo astroso, construído con adobes y un techo de cañizo cubierto de tosca pizarra, situado en las afueras de la ciudad, junto a un enorme eucalipto que le daba sombra. Tenía, como único hueco para paso e iluminación, una puerta metálica. Al fondo estaba la fragua y el fuelle que animaba el carbón para que docilizase al hierro. Al lado el yunque, enorme en mi recuerdo, y el cubo de agua en el que el acero al rojo gemía, no sé si de dolor o de gozo, cuando lo refrescaba después de golpearlo. Por todos lados había un maremagnum de hierros, chapas, barras, cadenas...
Del tío Agustín se decía: “Qué buenas manos tiene; lástima que beba tanto”. Y es que, al parecer, era un excelente artesano. De mayor me han enseñado algunas cancelas, primorosamente trabajadas, algún antepecho de balcón, y me decían, admirativamente: “Mira, eso lo hizo tu tío Agustín”. Aunque su principal fuente de ingresos era la fabricación de herraduras “a medida”, el aguzar picos y escoplos, soldar rejas de arado, etc. Las “obras de arte” debieron ser encargos de ricos de la localidad, por recomendación de los demás hermanos.
¿Porqué se hizo herrero el tío Agustín? Ya he dicho que de él se hablaba poco y bajito entre la familia. Para mí que junto a su complexión física, tan diferente a la de sus hermanos, se unió un carácter huraño e introvertido, o de una cosa vendría la otra. Me lo imagino incapaz de aprender las cuatro reglas y de ahí su arrinconamiento social. Al fin y al cabo su madre fue maestra de escuela y eso, en la época, era todo un hito. Quizás, por eso, lo pusiesen de aprendiz en algún taller -los orígenes familiares eran agrícolas y es de suponer que tendrían trato con el gremio de la herrería en razón de los aperos y herramientas. En todo caso fue un personaje diferente y diferenciado, solitario y taciturno. Por eso, tal vez, lo admire en mi recuerdo. Hoy, para mí, tengo que era un nibelungo desclasado y de secano, el pobre Agustín.
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