dulcinista
Poeta veterano en el Portal
Como todas las primaveras, la feria había llegado al pueblo. El domingo, al igual que todos los años, el señor Horst Moench acompañó a su hija Ilse para que disfrutara de las atracciones.
Ilse era una niña extraña. Siempre parecía estar fuera de la realidad, imaginando cosas, aunque ella jurase que no eran imaginaciones , sino vivencias reales. El señor Horst Moench se sentía preocupado por su hija. Al ser viudo, temía que la falta de una madre, marcase negativamente la personalidad de la niña. Ilse, sin mucha alegría, se montó en la mayoría de las atracciones. Ya bien entrada la noche, llegaron hasta el tiovivo. Ya estaba apagado. Una sucia y polvorienta lona amarilla de plástico lo tapaba impidiendo el paso. Ilse echó a correr y levantando la lona se metió dentro. El señor Horst Moench la llamó, pero al no obtener respuesta, hizo lo mismo. Todo estaba oscuro y en silencio. Vio a su hija montada en un caballito verde de alas doradas. El tiovivo empezó a dar vueltas. La niña reía. Su risa era como un grito. Cada vez cogían más velocidad. Reían. Gritaban. De pronto, se vieron en una casa. Mujeres vestidas de negro andaban de un lugar para otro llorando. En una de las habitaciones, vieron dos ataúdes. Un hombre y una niña yacían en ellos. Una mujer de mediana edad lloraba desconsolada abrazada a la niña. Ilse se acercó y acarició suavemente la mejilla de la mujer.
Volvieron al tiovivo que fue perdiendo poco a poco velocidad. Ilse se bajó del caballito. Salieron a la calle. Un gato atigrado se atravesó delante de ellos. El cielo estaba claro. Había luna nueva. Las estrellas resplandecían. La noche era la dueña de todo.
- Hasta el año que viene, cariño - se despidió el señor Horst Moench.
- Hasta el año que viene, papá - contestó Ilse.
Y desaparecieron. Quedó en el aire como un silencio de tumba.
Eladio Parreño Elías
31-Julio-2011
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