El poeta camina sin tinta en la pluma ni soltura en la mano. Intenta destrabar la gaveta dependiente en su frente y extraer los versos que están retorcidos, para cantarle al dolor, a la almendra con que éste le acriba.
Llora porque la tristeza le muerde las orejas y no le deja escuchar la calma que este mundo le tiene conferido.
Las lágrimas salen del pañuelo, como gaviotas arrepentidas, a socorrerle las mejillas hasta los ojos que alguna vez despacharon a su amada.
Ella se fue, se marchó para dejarlo con la soledad y le mostrara la residencia de su desierto.
El poeta sigue en su verano, padeciéndolo, aún más, sin ver la luz, porque sus versos devanean y no terminan de arrodillarse ante el dolor que se calma cuando se siente poseedor.
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