Évano
Libre, sin dioses.
Acorralaban las nubes grises a un sol que brillaba como encerrado en nieblas blanquecinas. Las calles del pueblo recordaban el mortecino recuerdo de las pesadillas; eran grisáceas igualmente, sin ruido, con ese olor a ceniza donde los pasos se acompasaban con el respirar en ecos leves y sordos. ¡Nadie!; ¿dónde se había metido todo el mundo?
Echó la vista atrás, viendo sus diferentes siluetas estáticas, como si cada avanzar suyo quedara en una fotografía para siempre. Recordó la explicación que una vez oyó de la quinta dimensión: si alguien nos observara desde un lugar lejano, vería nuestros movimientos como una estela, siendo nuestra vida entera una secuencia de estatuas detenidas en cuadrimomentos de nosotros mismos. La cara de cada estatua reflejaba rostro de confusión.
No era un sueño, no recordaba el haber fallecido ni cómo había llegado a tal situación. Miraba hacia los balcones con la esperanza de hallar cualquier rasgo de vida, alguien detrás de alguna cortina, algo que no le hiciera sentir en una soledad absoluta. ¿Dónde estaba la gente? ¿Adónde habían ido todos? !Eh! ¿Hay alguien por ahí...?
Las palabras que surgían de su boca pesaban como piedras. Era difícil recuperar el aire exhalado y el que entraba lo hacía con un sabor a moho, denso y espeso, como si la niebla penetrara en sus pulmones y de aquí fuera rellenando el alma, dándole la sensación de que en cualquier momento no podría continuar avanzando por el peso de lo que penetraba en sus entrañas. Temía acabar en una última estatua de un cuadrimomento petrificado y definitivo.
Volvió a mirar atrás, a todos sus yos pasados. Las caras ahora eran de profunda preocupación, de pánico, de un terror como jamás había experimentado. ¡Por favor, contéstenme! ¡Tengo miedo...! Ninguna respuesta; un silencio tan absoluto que dañaba los tímpanos e inutilizaba a unas orejas que no lograban captar ni el más mínimo de ruido ajeno; tan sólo los ecos de sus pasos y una respiración cada vez más dificultosa.
Acrecentaba el dolor de su pecho, creyendo que su esqueleto reventaría en un millón de pedazos ante tanta presión y que sus huesos se partirían en miles de astillas que atravesarían cada músculo de su cuerpo.
Sus pies y sus piernas parecían querer echar raíces en cualquier parte de los suelos de tan extraño pueblo. Con inmenso esfuerzo lograba avanzar tan lentamente que su vista desfallecía de dolor ante este mundo grisáceo, pálido, de cenizas repugnantes que iban abarcándolo todo. ¡Socorro! ¡Por favor, ayuda...!, lograba decir entre medias de las costillas que se partían en los miles de pedazos temidos.
Con casi el último dolor de la muerte giró el cuello para dar otra mirada a la estela de sus movimientos: a lo lejos, tan lejos como la luz que divisan los moribundos, se adivinaba una luz tan diminuta que no podía ser ni tan siquiera la entrada o salida del túnel de la vida y la muerte que divisaban las personas que están a punto de fallecer.
Con lágrimas en los ojos comprendió que se cerraban todas las aperturas posibles del extraño mundo en el que había penetrado, sin saber cómo ni por qué. Quedaría encerrado para siempre en ese raro universo, en esa quinta dimensión que tanto estudió y tanta ilusión le hizo en su día. Como una rata en un laberinto, como una maldita rata que a cada paso quedaba petrificada, dejando una parte de él en cada movimiento de ese maldito y laberíntico pueblo. ¡Por favor, no querré saber nunca más! ¡Me arrepiento, me arrepiento! Son las casi postreras palabras que salieron de su boca exhausta, como si losas que sellaran un nicho fueran. Las dijo sin saber por qué, como último intento desesperado de salvarse. ¡Malditos seáis todos! ¡Ojalá os espere el infierno por toda la eternidad...!
-Muy bien señores. ¡A ver que tal han quedado las diferentes láminas de este cerebro...! ¡Perfecto, buena disección, buen troceado! ¡No está mal para ser la primera vez! Ahora estudiaremos cada corte del cerebro con atención, y pongan mucho interés, pues el examen de este trimestre es vital para aprobar la asignatura...
Echó la vista atrás, viendo sus diferentes siluetas estáticas, como si cada avanzar suyo quedara en una fotografía para siempre. Recordó la explicación que una vez oyó de la quinta dimensión: si alguien nos observara desde un lugar lejano, vería nuestros movimientos como una estela, siendo nuestra vida entera una secuencia de estatuas detenidas en cuadrimomentos de nosotros mismos. La cara de cada estatua reflejaba rostro de confusión.
No era un sueño, no recordaba el haber fallecido ni cómo había llegado a tal situación. Miraba hacia los balcones con la esperanza de hallar cualquier rasgo de vida, alguien detrás de alguna cortina, algo que no le hiciera sentir en una soledad absoluta. ¿Dónde estaba la gente? ¿Adónde habían ido todos? !Eh! ¿Hay alguien por ahí...?
Las palabras que surgían de su boca pesaban como piedras. Era difícil recuperar el aire exhalado y el que entraba lo hacía con un sabor a moho, denso y espeso, como si la niebla penetrara en sus pulmones y de aquí fuera rellenando el alma, dándole la sensación de que en cualquier momento no podría continuar avanzando por el peso de lo que penetraba en sus entrañas. Temía acabar en una última estatua de un cuadrimomento petrificado y definitivo.
Volvió a mirar atrás, a todos sus yos pasados. Las caras ahora eran de profunda preocupación, de pánico, de un terror como jamás había experimentado. ¡Por favor, contéstenme! ¡Tengo miedo...! Ninguna respuesta; un silencio tan absoluto que dañaba los tímpanos e inutilizaba a unas orejas que no lograban captar ni el más mínimo de ruido ajeno; tan sólo los ecos de sus pasos y una respiración cada vez más dificultosa.
Acrecentaba el dolor de su pecho, creyendo que su esqueleto reventaría en un millón de pedazos ante tanta presión y que sus huesos se partirían en miles de astillas que atravesarían cada músculo de su cuerpo.
Sus pies y sus piernas parecían querer echar raíces en cualquier parte de los suelos de tan extraño pueblo. Con inmenso esfuerzo lograba avanzar tan lentamente que su vista desfallecía de dolor ante este mundo grisáceo, pálido, de cenizas repugnantes que iban abarcándolo todo. ¡Socorro! ¡Por favor, ayuda...!, lograba decir entre medias de las costillas que se partían en los miles de pedazos temidos.
Con casi el último dolor de la muerte giró el cuello para dar otra mirada a la estela de sus movimientos: a lo lejos, tan lejos como la luz que divisan los moribundos, se adivinaba una luz tan diminuta que no podía ser ni tan siquiera la entrada o salida del túnel de la vida y la muerte que divisaban las personas que están a punto de fallecer.
Con lágrimas en los ojos comprendió que se cerraban todas las aperturas posibles del extraño mundo en el que había penetrado, sin saber cómo ni por qué. Quedaría encerrado para siempre en ese raro universo, en esa quinta dimensión que tanto estudió y tanta ilusión le hizo en su día. Como una rata en un laberinto, como una maldita rata que a cada paso quedaba petrificada, dejando una parte de él en cada movimiento de ese maldito y laberíntico pueblo. ¡Por favor, no querré saber nunca más! ¡Me arrepiento, me arrepiento! Son las casi postreras palabras que salieron de su boca exhausta, como si losas que sellaran un nicho fueran. Las dijo sin saber por qué, como último intento desesperado de salvarse. ¡Malditos seáis todos! ¡Ojalá os espere el infierno por toda la eternidad...!
-Muy bien señores. ¡A ver que tal han quedado las diferentes láminas de este cerebro...! ¡Perfecto, buena disección, buen troceado! ¡No está mal para ser la primera vez! Ahora estudiaremos cada corte del cerebro con atención, y pongan mucho interés, pues el examen de este trimestre es vital para aprobar la asignatura...
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