Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
La vida, un cántaro de luz y arcilla,
se inclina al borde de la sombra vasta.
Cada latido, una gota que destila
el tiempo, el grito, la caricia casta.
Somos naves de sal, con velas rotas,
navegando un mar de instantes fugitivos,
mientras el sol, reloj de arena, agota
los granos de los días sucesivos.
La muerte no es un muro, ni un abismo helado,
es el regreso al polvo sin memoria.
Es el despojo del traje prestado,
la llave que abre la secreta historia
de lo que fuimos antes del nombre,
del soplo que encendió la frágil llama.
Es el silencio que el eco no rompe,
la ausencia que el recuerdo no reclama.
Nuestros ojos, ventanas al asombro,
se cierran como párpados de noche.
Las manos, mapas de caricias y escombro,
se vuelven raíces sin derroche.
El alma, mariposa de cristal,
rompe el capullo de la carne inerte,
y danza en el aire primordial,
buscando el nido de su nueva suerte.
No hay trompetas de oro, ni juicios severos,
solo el murmullo del universo antiguo.
Somos la lluvia en los campos siderales,
el sueño eterno en el jardín ambiguo.
Las estrellas, faros de un puerto ignoto,
nos guían hacia la paz sin nombre,
donde el dolor es un susurro roto,
y el amor, la única ley que nos redime.
Así, descalzos de tiempo y de lamento,
cruzamos el umbral que nadie nombra.
Ya no somos el grito, ni el pensamiento,
somos la luz que se funde en la sombra.
Y en ese abrazo de tiniebla pura,
donde el principio y fin se desvanecen,
encontramos la paz que siempre dura,
el eco eterno que las almas tecen.
Ros Maria Reeder
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