Kein Williams
Poeta fiel al portal
Esta es la noche que gime con un grito glacial,
donde el viento susurra su siseo espectral,
sola la madre musita, con miedo mordaz,
junto al vano vidrioso, bajo un cielo falaz.
La luna, lívida y ciega, con su luz lacerada,
derrama sombras sinuosas, silentes, sesgadas,
que serpentean y saltan en la sala sombría,
mientras el reloj retumba con ruda agonía.
¡Oh, su hija, su niña, su suspiro perdido!
¿Dónde danza su risa, su latir, su sonido?
Cada crujido cruel de la casa maldita
corta su calma, con ecos de angustia infinita.
Sus manos, heladas, al cristal se aferran,
mientras sombras susurran y se burlan de ella,
siseando en la sombra: “No retorna, no llega,
su senda se pierde en la noche que ciega”.
Sus plegarias, partidas, perecen en la bruma,
su súplica se quiebra en la negra espuma.
En su seno se clava un puñal de pavura,
y la culpa, cual cuervo, carcome su cordura.
¿Fue su amor un delito, fue su celo un error?
¿O la noche la engulle en su negro terror?
La madre, preocupada, murmura su nombre en la sombra,
mientras el viento la mece con lúgubre alfombra.
Mas, ¡oh verdad tremenda, que en tinieblas se teje!
La hija yace yerta, donde el roble se mece,
bajo un suelo silente, en un campo olvidado,
con su cuerpo quebrado, por la muerte raptado.
El cuervo, cruel, croa su canto funesto,
y el viento, voraz, roba su risa y su gesto.
La madre, ignorante, aún suplica y espera,
en la sala que gime, donde el frío se aferra.
El espejo empañado, con su brillo maldito,
muestra un rostro que flota, sin vida, marchito.
¡Oh, horror hondo y atroz, oh, destino demencial!
La madre es un espectro, un lamento fantasmal,
muerta en el polvo de siglos, sin saber su partida,
su alma, atada al tormento, en vigilia perdida.
En su espera eterna, su dolor no se quita,
condenada a clamar en la noche infinita.
Y en la noche nefasta, donde el tiempo se tuerce,
madre e hija, fantasmas, en el vacío se ofrecen.
Mas no hay lazo que una, ni sosiego que abrace,
solo un grito que muere donde el cosmos se nace.
La madre, aferrada al abismo, ignora su muerte,
la hija, un eco evanescente, en la sombra inerte.
Y el cuervo, con su canto, cruel, claro, constante,
grita: “Nunca más se verán”, en la noche interminable.
donde el viento susurra su siseo espectral,
sola la madre musita, con miedo mordaz,
junto al vano vidrioso, bajo un cielo falaz.
La luna, lívida y ciega, con su luz lacerada,
derrama sombras sinuosas, silentes, sesgadas,
que serpentean y saltan en la sala sombría,
mientras el reloj retumba con ruda agonía.
¡Oh, su hija, su niña, su suspiro perdido!
¿Dónde danza su risa, su latir, su sonido?
Cada crujido cruel de la casa maldita
corta su calma, con ecos de angustia infinita.
Sus manos, heladas, al cristal se aferran,
mientras sombras susurran y se burlan de ella,
siseando en la sombra: “No retorna, no llega,
su senda se pierde en la noche que ciega”.
Sus plegarias, partidas, perecen en la bruma,
su súplica se quiebra en la negra espuma.
En su seno se clava un puñal de pavura,
y la culpa, cual cuervo, carcome su cordura.
¿Fue su amor un delito, fue su celo un error?
¿O la noche la engulle en su negro terror?
La madre, preocupada, murmura su nombre en la sombra,
mientras el viento la mece con lúgubre alfombra.
Mas, ¡oh verdad tremenda, que en tinieblas se teje!
La hija yace yerta, donde el roble se mece,
bajo un suelo silente, en un campo olvidado,
con su cuerpo quebrado, por la muerte raptado.
El cuervo, cruel, croa su canto funesto,
y el viento, voraz, roba su risa y su gesto.
La madre, ignorante, aún suplica y espera,
en la sala que gime, donde el frío se aferra.
El espejo empañado, con su brillo maldito,
muestra un rostro que flota, sin vida, marchito.
¡Oh, horror hondo y atroz, oh, destino demencial!
La madre es un espectro, un lamento fantasmal,
muerta en el polvo de siglos, sin saber su partida,
su alma, atada al tormento, en vigilia perdida.
En su espera eterna, su dolor no se quita,
condenada a clamar en la noche infinita.
Y en la noche nefasta, donde el tiempo se tuerce,
madre e hija, fantasmas, en el vacío se ofrecen.
Mas no hay lazo que una, ni sosiego que abrace,
solo un grito que muere donde el cosmos se nace.
La madre, aferrada al abismo, ignora su muerte,
la hija, un eco evanescente, en la sombra inerte.
Y el cuervo, con su canto, cruel, claro, constante,
grita: “Nunca más se verán”, en la noche interminable.