Solaribus
Poeta veterano en el portal
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Como una caricia que viaja
desde el pasado hacia mi rostro
tu luz resquebraja la trama sepia
que separa las risas antiguas de las nuevas
Una a una va tamizando
las diminutas notas musicales
de este tiempo en que he vivido
con la ternura pequeña de mis propias voces
Un coro de luciérnagas diurnas son tu regalo a la mañana
que estalla de gardenias su gris monocromía
La piel muta en mar y viento
y es una canción de tormenta y pertenencia,
un azul de intensidad y sincronía
Un desmán,
un temblor hacedor de montañas y gaviotas
La muchedumbre de mis sombras se empobrece
y en un haz se desprenden tu rumor de ángel
y tu aliento de hierba fresca
Entre sí se van tejiendo como una suma de perfumes
Un ejército de pretéritos instantes
en que me reconozco mío y tuyo
Nuestros
Todo el amor es un polvillo seco de miradas
que se humecta de beso y de constancia,
de contemplación y detenimiento
que se recompone a sí mismo,
que rehace las pupilas
y las dirige, nuevas, hacia la tarde
generosa de flores y de abejas
¡El viento apenas mueve las hojas
pero el espejo del asombro no alcanza
a reflejar las aves del alma!
Todo es una magia
que dura el momento de un gemido oculto entre esa brisa,
entre dos párpados cerrados al mundo
y abiertos al oasis de tu pecho
Entre mis dedos enamorados de tus estigmas
y el crepitar de la sangre que bulle en tus capilares más profundos
Todo te fecunda y te sabe,
te venera y te espera
como si todos los siglos transcurrieran
entre el beso inocente de dos gorriones desnudos de pasado
y la promesa de un regreso
El oxígeno poco difiere de tu voz
que clarea en mis pulmones
como un canto leve y cierto
de vida ulterior y bulliciosa
Desde todo tu ser
no eres sino un destello de pétalos a ras de mi espíritu,
una melodía de sauce sobre el agua
que destila del susurro que eriza los sentidos
y obliga a repetir tu nombre
una, mil, cien mil veces como un mantra,
una oración desde las venas hacia lo alto
Sin saberlo enraízas tu destino
a transformarte en aurora de todos los días
Una escencia que toma entre sus crestas a la muerte
y la desvanece en los colores de lo que existe para siempre
Luego sales de tí y de mí
y te pierdo hasta el próximo peldaño,
hasta el próximo infinito,
hasta ese preciso instante
en que el vago recuerdo de la luz es certeza de astros
y me haces sol y te haces luna,
y desintegras tu voluntad entre mis manos
¡Ese preciso instante en que Dios habla en el sudor
como si fuesen lágrimas del alma!
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