Arre-ola
Poeta recién llegado
El vestido
Se sienta frente al ventanal con una taza humeante de café y un humeante puro. Acerca la mesilla en donde encima reposan un ciento de hojas blancas. Con decisión desenvaina una pluma fuente y comienza con una dedicatoria amorosa, que reflexiona profundamente, y trata de no ser repetitivo. Después, procede a narrar los pormenores del día y piensa que cada día se ha ido repitiendo en lo esencial. Termina la carta con un No puedo dejar de extrañarte y el nombre de su amada. En la posdata escribe que cada vez falta menos para que se vuelvan a encontrar y estampa su rúbrica. Dobla la hoja y suspira profundamente, cuidando que los bordes coincidan. Se percata de que los temblores le dificultan cada vez más tan sencilla operación. La mete en un sobre que previamente ha perfumado con la esencia que más le gustaba a ella, y que hasta el día de hoy, él sigue usando. Se levanta con dificultad del sillón, se da cuenta que los años campean por sus rodillas. Abre con lentitud el viejo baúl de cedro que amenaza con desbordarse, a fuerza de ir acumulando en cinco décadas, seis meses, tres días y algunas horas, las misivas.
Espera ansioso que el día de mañana sea el último en que toca el vestido y reseña lo cotidiano. Siente que ha sido demasiado larga la espera, demasiado larga y suspira levemente. Regresa al sillón y se cubre las piernas con una manta de lana gruesa. Observa la fotografía que cuelga del muro y se pregunta: cómo hubiera sido envejecer juntos. Voltea la mirada hacia el amplio ventanal y le complace ver como las nubes pasan haciéndole guiños, mientras despliegan un sinnúmero de formas. Cree reconocer en alguna de ellas, el rostro que lleva grabado en la mente. Observa el viento esconder las ramas de los árboles unas contra otras y los últimos rayos del sol, perezosos, se inclinan delicadamente para anunciar la semipenumbra del ocaso.
Hasta su lugar le llegan olores de maderas y flores que le duelen por no poder compartirlos. Algunos insectos se estrellan contra el vidrio de la ventana, encandilados por la luz de la lámpara y siente compasión y un poco de envidia por no tener alas. Apaga el puro a la mitad y bebe el residuo de café que ya se ha enfriado. Justo en ese momento, una leve llovizna desciende presurosa a levantar aromas de humedad y frescura. Se talla los ojos cansados y recarga la cabeza en el respaldo, mientras con el recuerdo fijo en su mente y una sonrisa, poco a poco, se va quedando sin saberlo, dormido para siempre.