kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
EL VIAJE
Mi mamá…
Cuántas veces me contaste la historia
de aquella noche en la que esperabas,
en la casa de tus padres,
erguida frente al ventanal
con una copa de vino en la mano
y con el último grano de arena
depositado en la cuna del tiempo.
Adentro, el silencio sepulcral
de la orfandad; afuera,
la danza helicoidal de una nevada salvaje
fosilizada por el ámbar de las farolas.
Faros narcotizantes que acuñaban la calle hasta perderse
en un punto de fuga de luto blanco…
Adentro y afuera; todo dentro.
El luto del huérfano
es blanco y cegador. Ahora lo entiendo.
De pronto, de la punta del puñal nocturno
de aquella soledad
emergieron las luces vaporosas de un coche.
Y Raúl llegó como sacado de un cuadro de Turner.
Como un ángel llegó
para cuidar de su querida compañera
que flotaba en aquel espacio invernal
a contraluz del tiempo.
Porque el tiempo del huérfano ya no es de arena;
sencillamente deja de ser,
y se entrega a un espacio sideral que tiende al infinito
y que aguarda paciente la dispersión de los cuerpos.
Y mi madre abanicó sobre el vacío de aquella casa
el precioso mantel bordado de mi bisabuela,
y descorcharon las botellas de vino,
y cenaron las setas y la carne de corzo
que mi abuelo había preparado para navidad.
Y chocaron sus copas… ¡Skål! ¡Salud!
Me puedo imaginar las velas mudas
reverberando en los atolones polinésicos
de aquellos dos seres sublimes. En silencio…
Y es que frente a la muerte no hay palabras
por mucho que se empeñe este pretencioso poeta.
¡No hay palabras!, solo algo parecido a un rezo
que queda eternamente suspendido en el último ademán.
Y a la mañana siguiente emprendieron el viaje de vuelta.
Hablo de ese viaje definitivo y sin retorno.
De Västerås a San Sebastián.
La flecha del tiempo se detiene en San Sebastián.
De la tierra que vio crecer a mi madre
al lugar que la hizo tan feliz.
De la tierra granítica de mis abuelos
al lugar… en el que el tiempo ya no es de arena.
El coche cargado de cuadros, vajillas,
manteles, vestidos, jarrones, fotografías.
Objetos, objetos… La herencia dactilar de un olvido
que forma parte de la vida.
Y ahora aquí estoy yo,
conduciendo una enorme furgoneta
en esta heladora noche del 5 de enero de 2026,
víspera de Reyes.
Haciendo mi propio viaje sin retorno
de San Sebastián a Madrid.
La flecha del tiempo se detiene en Madrid.
De la tierra que me vio crecer
al lugar en el que habita mi felicidad.
De la tierra que vio brillar a mi madre
al lugar… en el que el tiempo ya no es de arena.
El coche cargado de cuadros, vajillas,
manteles, vestidos, jarrones, fotografías.
Y la cómoda roja de mi madre,
y el butacón azul de mi padre.
Nunca había conducido una furgoneta.
Ni siquiera sabía que las furgonetas tenían tan solo tres plazas.
Bea y mi hija Lena hacen su propio viaje en autobús.
Me siento protegido sentado en este trono
tan cerca del cielo.
Y me doy cuenta de que nunca comprendí
el viaje de mi madre
hasta este preciso momento.
Y dirijo mi mirada hacia la derecha
y contemplo el gesto serio de mi admirado Mateo,
con la mirada anclada en las bandas blancas y definidas
de su tiempo por estrenar.
Y miro hacia la izquierda
y me encuentro con una luna llena encostrada en mi cielo.
Somos todos esa luna.
Somos todos este viaje.
Adentro y afuera; todo dentro.
Escucho a mi padre rezongar en voz baja
desde su distinguido butacón
que a adónde cojones le llevan.
Y mi madre le contesta que deje de meterse
en asuntos terrenales, y que disfrute
de la felicidad triste de su hijo.
Y llegamos, por fin, a Madrid.
Aparco frente al portal.
El portal de Belén; es día 6
y hay que celebrar que ha (re)nacido un niño.
Vamos subiendo caja a caja
el testimonio dactilar de la vida de mis padres.
Con lo ligera que es la vida qué pesados son los recuerdos.
Y mi alma se estremece hecha un ovillo
abrazada al vértigo de mi voluntad
que es el único faro de Alejandría que me queda.
Me agacho lentamente a recoger la última caja
y de pronto asoma por el portal, ¡como una reina!,
mi deslumbrante Lena.
Y me salva con esa bandada de golondrinas veraniegas
que revolotea en su mirada feliz.
Ya en casa me dejo caer sobre el butacón azul.
Bea se apoya en la cómoda roja
y los niños se sientan sobre las cajas.
Los cuatro y la luna, juntos, en silencio.
No hace falta decir nada,
porque el mundo nos atraviesa
y habla por nosotros.
Y me prometo aprender a ser rebelde como mi padre
y revolucionaria como mi madre.
Me prometo aprender a desaparecer con la dignidad
de quien sabe vivir.
Aún estoy a tiempo de embellecer mi desenlace,
porque el tiempo ya no existe para mí.
Y siento cómo el universo entero
se arremolina en el nudo de mi ombligo
y me susurra
con voz de madre:
Kalkbadan
Madrid, 6 de enero de 2026
Mi mamá…
Cuántas veces me contaste la historia
de aquella noche en la que esperabas,
en la casa de tus padres,
erguida frente al ventanal
con una copa de vino en la mano
y con el último grano de arena
depositado en la cuna del tiempo.
Adentro, el silencio sepulcral
de la orfandad; afuera,
la danza helicoidal de una nevada salvaje
fosilizada por el ámbar de las farolas.
Faros narcotizantes que acuñaban la calle hasta perderse
en un punto de fuga de luto blanco…
Adentro y afuera; todo dentro.
El luto del huérfano
es blanco y cegador. Ahora lo entiendo.
De pronto, de la punta del puñal nocturno
de aquella soledad
emergieron las luces vaporosas de un coche.
Y Raúl llegó como sacado de un cuadro de Turner.
Como un ángel llegó
para cuidar de su querida compañera
que flotaba en aquel espacio invernal
a contraluz del tiempo.
Porque el tiempo del huérfano ya no es de arena;
sencillamente deja de ser,
y se entrega a un espacio sideral que tiende al infinito
y que aguarda paciente la dispersión de los cuerpos.
Y mi madre abanicó sobre el vacío de aquella casa
el precioso mantel bordado de mi bisabuela,
y descorcharon las botellas de vino,
y cenaron las setas y la carne de corzo
que mi abuelo había preparado para navidad.
Y chocaron sus copas… ¡Skål! ¡Salud!
Me puedo imaginar las velas mudas
reverberando en los atolones polinésicos
de aquellos dos seres sublimes. En silencio…
Y es que frente a la muerte no hay palabras
por mucho que se empeñe este pretencioso poeta.
¡No hay palabras!, solo algo parecido a un rezo
que queda eternamente suspendido en el último ademán.
Y a la mañana siguiente emprendieron el viaje de vuelta.
Hablo de ese viaje definitivo y sin retorno.
De Västerås a San Sebastián.
La flecha del tiempo se detiene en San Sebastián.
De la tierra que vio crecer a mi madre
al lugar que la hizo tan feliz.
De la tierra granítica de mis abuelos
al lugar… en el que el tiempo ya no es de arena.
El coche cargado de cuadros, vajillas,
manteles, vestidos, jarrones, fotografías.
Objetos, objetos… La herencia dactilar de un olvido
que forma parte de la vida.
Y ahora aquí estoy yo,
conduciendo una enorme furgoneta
en esta heladora noche del 5 de enero de 2026,
víspera de Reyes.
Haciendo mi propio viaje sin retorno
de San Sebastián a Madrid.
La flecha del tiempo se detiene en Madrid.
De la tierra que me vio crecer
al lugar en el que habita mi felicidad.
De la tierra que vio brillar a mi madre
al lugar… en el que el tiempo ya no es de arena.
El coche cargado de cuadros, vajillas,
manteles, vestidos, jarrones, fotografías.
Y la cómoda roja de mi madre,
y el butacón azul de mi padre.
Nunca había conducido una furgoneta.
Ni siquiera sabía que las furgonetas tenían tan solo tres plazas.
Bea y mi hija Lena hacen su propio viaje en autobús.
Me siento protegido sentado en este trono
tan cerca del cielo.
Y me doy cuenta de que nunca comprendí
el viaje de mi madre
hasta este preciso momento.
Y dirijo mi mirada hacia la derecha
y contemplo el gesto serio de mi admirado Mateo,
con la mirada anclada en las bandas blancas y definidas
de su tiempo por estrenar.
Y miro hacia la izquierda
y me encuentro con una luna llena encostrada en mi cielo.
Somos todos esa luna.
Somos todos este viaje.
Adentro y afuera; todo dentro.
Escucho a mi padre rezongar en voz baja
desde su distinguido butacón
que a adónde cojones le llevan.
Y mi madre le contesta que deje de meterse
en asuntos terrenales, y que disfrute
de la felicidad triste de su hijo.
Y llegamos, por fin, a Madrid.
Aparco frente al portal.
El portal de Belén; es día 6
y hay que celebrar que ha (re)nacido un niño.
Vamos subiendo caja a caja
el testimonio dactilar de la vida de mis padres.
Con lo ligera que es la vida qué pesados son los recuerdos.
Y mi alma se estremece hecha un ovillo
abrazada al vértigo de mi voluntad
que es el único faro de Alejandría que me queda.
Me agacho lentamente a recoger la última caja
y de pronto asoma por el portal, ¡como una reina!,
mi deslumbrante Lena.
Y me salva con esa bandada de golondrinas veraniegas
que revolotea en su mirada feliz.
Ya en casa me dejo caer sobre el butacón azul.
Bea se apoya en la cómoda roja
y los niños se sientan sobre las cajas.
Los cuatro y la luna, juntos, en silencio.
No hace falta decir nada,
porque el mundo nos atraviesa
y habla por nosotros.
Y me prometo aprender a ser rebelde como mi padre
y revolucionaria como mi madre.
Me prometo aprender a desaparecer con la dignidad
de quien sabe vivir.
Aún estoy a tiempo de embellecer mi desenlace,
porque el tiempo ya no existe para mí.
Y siento cómo el universo entero
se arremolina en el nudo de mi ombligo
y me susurra
con voz de madre:
«Hijo mío… adelante».
Kalkbadan
Madrid, 6 de enero de 2026
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