Alberto Alcoventosa
Poeta adicto al portal
Bajo la marquesina de un hotel en París,
un viejo violinista, de taciturno aspecto,
sentado descifraba las notas de un atril
que en un triste violín plasmaba con sus dedos.
Desprendía su música arte y melancolía,
reflejo de un romance perdido en el pasado
que ahora convertía con grácil maestría
en un adagio lánguido, fugaz suspiro ahogado.
Y así su fiel rapsodia sonaba cada día
en el mismo lugar siguiendo su rutina,
interpretando siempre la misma melodía.
Con alma sumergida en infinita pena,
preso y encadenado a su desdicha eterna,
cumpliendo su destino, su vida dio por buena.
un viejo violinista, de taciturno aspecto,
sentado descifraba las notas de un atril
que en un triste violín plasmaba con sus dedos.
Desprendía su música arte y melancolía,
reflejo de un romance perdido en el pasado
que ahora convertía con grácil maestría
en un adagio lánguido, fugaz suspiro ahogado.
Y así su fiel rapsodia sonaba cada día
en el mismo lugar siguiendo su rutina,
interpretando siempre la misma melodía.
Con alma sumergida en infinita pena,
preso y encadenado a su desdicha eterna,
cumpliendo su destino, su vida dio por buena.
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