Ibrahim Sadhid
Poeta recién nacido
Frente a la luz, una estela,
un joven flaco se desvela,
sombras que pasan, alzan, vuelan,
tinieblas que dejan huellas.
Como un acordeón doblado,
el joven encantado,
en la asana de la vela,
olvida su pasado.
Inhala lentamente el hálito de vida,
mientras la sangre deprimida,
cual cascada en caída,
le anima, le inspira, le fustiga.
Se desploma como un bloque,
lanzado desde arriba,
y en la tranquila noche,
se desdobla, se estira,
se desprende por un hilo,
se aleja, se aproxima.
El cuerpo conquistado,
transparente, alucinado,
no es sumiso a su deseo,
es esquivo y obstinado.
El yogui caraqueño,
el borracho, el del sueño,
que soñaba ir al cielo,
terminó en el infierno.
Frente a la luz de una vela,
en la postura de loto,
después de tanto alboroto,
el misterio se revela,
Una voz se escucha en el cuarto,
del inconciente se refleja:
seas hombre o mujer,
siempre serás una estrella,
tú eliges tu destino,
eres libre, eres él, eres ella,
por tu voluntad,
¡haz lo que quieras!
un joven flaco se desvela,
sombras que pasan, alzan, vuelan,
tinieblas que dejan huellas.
Como un acordeón doblado,
el joven encantado,
en la asana de la vela,
olvida su pasado.
Inhala lentamente el hálito de vida,
mientras la sangre deprimida,
cual cascada en caída,
le anima, le inspira, le fustiga.
Se desploma como un bloque,
lanzado desde arriba,
y en la tranquila noche,
se desdobla, se estira,
se desprende por un hilo,
se aleja, se aproxima.
El cuerpo conquistado,
transparente, alucinado,
no es sumiso a su deseo,
es esquivo y obstinado.
El yogui caraqueño,
el borracho, el del sueño,
que soñaba ir al cielo,
terminó en el infierno.
Frente a la luz de una vela,
en la postura de loto,
después de tanto alboroto,
el misterio se revela,
Una voz se escucha en el cuarto,
del inconciente se refleja:
seas hombre o mujer,
siempre serás una estrella,
tú eliges tu destino,
eres libre, eres él, eres ella,
por tu voluntad,
¡haz lo que quieras!