Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Ella, tan breve, tan sin ojos
—clorofila de un pez nadando en agua oxigenada—
me está mirando o intenta mirarme;
le he dicho que soy el árbol y que soy el bosque,
le he narrado la historia del fuego
antes de que descubra en sus manos el encendedor.
Como Sherezada, el único verbo,
le hablo despacio, pongo magnolias
en su oído de infinitas puertas, de entrada única,
de jamás salida.
Ella ama el relato de la estatua que fue devorada
por sus márgenes carcelarios
y se hizo estrella. Le cuento las estrellas como si fueran reales,
pero Ella nunca duerme. No ha visto llorar a la luna.
Tampoco yo, pero le invento que sí.
La luna llora grillos de guitarra
sobre los rascacielos hasta que se hace pequeña,
y se esconde de los ojos ciegos que siempre la miran.
Pero Ella no conoce la luna ni una de todas las canciones
que la nombran, que intentan sobornarla.
Acecha mi despertar, mi cansancio de espejos al amanecer.
Y se me están acabando las líneas, las mentiras.
La justificación de mi boca se vuelve arena.
Y Ella, a la que engaño con cualquiera y lo sabe, lo sabe.
El punto final siempre es el silencio.
Ese es su cuento más largo; me invita a ser parte de la trama.
Le digo que no puedo escucharla porque soy un árbol,
pero Ella no cree en estaturas ni raíces.
Hasta parece linda de tanto que no me cree.
Tan linda, tan sin voz, tan sin silencio.
Yo, descreído de tantas verdades, tampoco me creo,
pero me afirmo y me confirmo bosque.
Si escuchas que algo cae, no llames a la policía.
¡Llama a la luna! Llama no de llamar, sino de arder.
Y mañana apareceré sonriendo.
—clorofila de un pez nadando en agua oxigenada—
me está mirando o intenta mirarme;
le he dicho que soy el árbol y que soy el bosque,
le he narrado la historia del fuego
antes de que descubra en sus manos el encendedor.
Como Sherezada, el único verbo,
le hablo despacio, pongo magnolias
en su oído de infinitas puertas, de entrada única,
de jamás salida.
Ella ama el relato de la estatua que fue devorada
por sus márgenes carcelarios
y se hizo estrella. Le cuento las estrellas como si fueran reales,
pero Ella nunca duerme. No ha visto llorar a la luna.
Tampoco yo, pero le invento que sí.
La luna llora grillos de guitarra
sobre los rascacielos hasta que se hace pequeña,
y se esconde de los ojos ciegos que siempre la miran.
Pero Ella no conoce la luna ni una de todas las canciones
que la nombran, que intentan sobornarla.
Acecha mi despertar, mi cansancio de espejos al amanecer.
Y se me están acabando las líneas, las mentiras.
La justificación de mi boca se vuelve arena.
Y Ella, a la que engaño con cualquiera y lo sabe, lo sabe.
El punto final siempre es el silencio.
Ese es su cuento más largo; me invita a ser parte de la trama.
Le digo que no puedo escucharla porque soy un árbol,
pero Ella no cree en estaturas ni raíces.
Hasta parece linda de tanto que no me cree.
Tan linda, tan sin voz, tan sin silencio.
Yo, descreído de tantas verdades, tampoco me creo,
pero me afirmo y me confirmo bosque.
Si escuchas que algo cae, no llames a la policía.
¡Llama a la luna! Llama no de llamar, sino de arder.
Y mañana apareceré sonriendo.
24 de junio de 2024
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