Ferniel
Poeta recién llegado
Se aparece ante mí, como cada noche, con el corazón colgando en un puño, vacío sangrante en su pecho. Ella. No es un ángel. Es un cuervo.
Anuncian su llegada trompetas que no son sino lamentos. Su figura grotesca, de rasgos desdibujados y miembros consumidos se distingue por su palidez en la oscuridad de la habitación. Sus cabellos marchitos cubren una mirada de profunda tristeza, y sin embargo, sus ojos acusadores encierran aún una rabia, intensa llama, que le hace volver cada noche a mi recuerdo.
Ella.
Por siempre, mi musa y mi tormento.
Consumido, ennegrecido, colgando de su puño, mancha carmesí de lo que fueron sus labios jóvenes, su corazón salpica acusador en la oscuridad.
Y como cada noche, enmudezco. La contemplo, blancura mortuoria donde antaño resplandecieron las rosas de su pecho. Y ella me regala las lágrimas de cada luna, un vestigio de su recuerdo, jamás olvidado para su tormento.
Y como vino, como la brisa, su palidez se difumina en la oscuridad.
Pero la sombra carmesí permanece, recordándome que a la próxima noche, ella volverá a visitarme.
Anuncian su llegada trompetas que no son sino lamentos. Su figura grotesca, de rasgos desdibujados y miembros consumidos se distingue por su palidez en la oscuridad de la habitación. Sus cabellos marchitos cubren una mirada de profunda tristeza, y sin embargo, sus ojos acusadores encierran aún una rabia, intensa llama, que le hace volver cada noche a mi recuerdo.
Ella.
Por siempre, mi musa y mi tormento.
Consumido, ennegrecido, colgando de su puño, mancha carmesí de lo que fueron sus labios jóvenes, su corazón salpica acusador en la oscuridad.
Y como cada noche, enmudezco. La contemplo, blancura mortuoria donde antaño resplandecieron las rosas de su pecho. Y ella me regala las lágrimas de cada luna, un vestigio de su recuerdo, jamás olvidado para su tormento.
Y como vino, como la brisa, su palidez se difumina en la oscuridad.
Pero la sombra carmesí permanece, recordándome que a la próxima noche, ella volverá a visitarme.