Rubén Valenciano Ortega
Poeta recién llegado
Dejémonos de excusas,
de ponerle nombre al culpable;
dejemos de buscar una razón
para salvar algo insalvable.
Quizá solo fuimos incapaces
de mirarnos como el amor se merece,
con esa calidez y sinceridad,
con esa pasión capaz de estremecerte.
No vimos las piedras del camino
ni hicimos el intento de saltarlas;
no supimos firmar aquellas promesas
que nos dijimos, que se nos han olvidado.
Cada uno fue su propio espejo equivocado,
escardado por la falta de emoción;
salpicados por un mar de agua dulce,
que nos hundió, que no mantuvimos a flote.
Y ahora estamos sin dirección ni palabras,
esperando que uno dé el paso y cierre la puerta,
que dé por cerrada esta historia acabada,
que sople las cenizas y nos demos la espalda.
No vimos las piedras del camino
ni hicimos el intento de saltarlas;
no supimos firmar aquellas promesas
que nos dijimos, que se nos han olvidado.
de ponerle nombre al culpable;
dejemos de buscar una razón
para salvar algo insalvable.
Quizá solo fuimos incapaces
de mirarnos como el amor se merece,
con esa calidez y sinceridad,
con esa pasión capaz de estremecerte.
No vimos las piedras del camino
ni hicimos el intento de saltarlas;
no supimos firmar aquellas promesas
que nos dijimos, que se nos han olvidado.
Cada uno fue su propio espejo equivocado,
escardado por la falta de emoción;
salpicados por un mar de agua dulce,
que nos hundió, que no mantuvimos a flote.
Y ahora estamos sin dirección ni palabras,
esperando que uno dé el paso y cierre la puerta,
que dé por cerrada esta historia acabada,
que sople las cenizas y nos demos la espalda.
No vimos las piedras del camino
ni hicimos el intento de saltarlas;
no supimos firmar aquellas promesas
que nos dijimos, que se nos han olvidado.