marquelo
Negrito villero
Poema implícito
Ser la mano que destapa el día para
sentir apetito.
He cruzado a la luz cuando se acercó a la inexorable franqueza de tus ojos.
Todos fueron ríos cuando abrieron las ventanas,
y la mano de alguien zigzagueó como entre dos abismos,
regando un naufragio
fue así como se abrió tu piel ante el inconmensurable viento
que arrasó con los árboles, de ahí tu desenfado con las formas más ondulantes de la hoja.
Ahora escribo desde el laberinto más estrecho de la arteria
¡Cuánta arena hay en este pan! Nada es igual cuando el tormento cae afilado sobre el último escarceo del día
Nada
y todo lo tomamos como un géiser que se dispara y no vuelve o se entretiene y teje el cielo
con todas esas palabras que luego caen en tu boca cuando tienes sed, y yo observo
todo alrededor de tus ojos y siento todo ese paralelismo natural de la vida cuando se viste de verde
por las noches negras sin ningín punto de dónde agarrarse sin ninguna necesidad de abrir la boca
como las braquias de los peces siempre hambriento de aire
ahora hay una lluvia sobre esta ciudad cerrada en vacío, una realidad que a veces se desvía hacia el amor
o hacia la alta dignidad de la muerte o al desfallecimiento más osado de la silla
todo es tormento, ráfagas insalubres, alumbrado público que miente con su luz, perros deshilachados
por el pensamiento más extremo del poder,
todo es parte de un paquete express de una carta garabateada cuando no salen los sueños
Qué decir...
cuando nuestro movimiento es de cristal, tan arruinado y pisoteado por el incontenible paso de nuestra voz/
hay montañas que no tienen eco, estériles, pero pastorean siempre al himno más elevado de los oídos
siempre detenidas, alertas, agazapadas bajo la barba circular del alpinista, colocador de ecos a la carta
oh delirio
quiero beber de esas alturas dibujadas que desaparecen antes de agarrarlas
heredar ese perfume de hierba con que se despiertan las mañanas
llegar a la carne más fresca de tu vestido
en fin...
Ser la mano que destapa el día para
sentir apetito.
He cruzado a la luz cuando se acercó a la inexorable franqueza de tus ojos.
Todos fueron ríos cuando abrieron las ventanas,
y la mano de alguien zigzagueó como entre dos abismos,
regando un naufragio
fue así como se abrió tu piel ante el inconmensurable viento
que arrasó con los árboles, de ahí tu desenfado con las formas más ondulantes de la hoja.
Ahora escribo desde el laberinto más estrecho de la arteria
¡Cuánta arena hay en este pan! Nada es igual cuando el tormento cae afilado sobre el último escarceo del día
Nada
y todo lo tomamos como un géiser que se dispara y no vuelve o se entretiene y teje el cielo
con todas esas palabras que luego caen en tu boca cuando tienes sed, y yo observo
todo alrededor de tus ojos y siento todo ese paralelismo natural de la vida cuando se viste de verde
por las noches negras sin ningín punto de dónde agarrarse sin ninguna necesidad de abrir la boca
como las braquias de los peces siempre hambriento de aire
ahora hay una lluvia sobre esta ciudad cerrada en vacío, una realidad que a veces se desvía hacia el amor
o hacia la alta dignidad de la muerte o al desfallecimiento más osado de la silla
todo es tormento, ráfagas insalubres, alumbrado público que miente con su luz, perros deshilachados
por el pensamiento más extremo del poder,
todo es parte de un paquete express de una carta garabateada cuando no salen los sueños
Qué decir...
cuando nuestro movimiento es de cristal, tan arruinado y pisoteado por el incontenible paso de nuestra voz/
hay montañas que no tienen eco, estériles, pero pastorean siempre al himno más elevado de los oídos
siempre detenidas, alertas, agazapadas bajo la barba circular del alpinista, colocador de ecos a la carta
oh delirio
quiero beber de esas alturas dibujadas que desaparecen antes de agarrarlas
heredar ese perfume de hierba con que se despiertan las mañanas
llegar a la carne más fresca de tu vestido
en fin...
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