Khande Canes
Poeta recién llegado
Oí molinos ahí a lo lejos
susurrando mi nombre
como una vieja amante
persistente en la mente del pasado.
Rechazando la herencia de la sangre
Y rompiendo las esculturas
de un pueblo antiguo
partí en busca del Gran Espíritu
a lomos de la amarga sensación
del olvido alucinógeno.
Apuñalé con los dedos a quien quiso mi salvación
besando sus labios vestidos de ternura
cuando aparecieron los romanos
en la noche de Getsemaní.
Ya hemos desaparecido en el desencanto del todo
no nos engañemos con las ilusiones del teatro:
Somos muertos que caminan
recordando tenuemente
un pasado que nos engrandece.
Las hojas crujiendo los huesos
de mis pies sangrantes.
Diminutos dedos fríos
muy fríos
picoteando mi cabeza con rabia.
Grandes jefes indios
recorriendo veloces
con sus caballos y las plumas al viento
las enormes llanuras vírgenes de América.
-¡Jau! ¡Jau! ¡Jau!-
El feroz león y sus enigmas
encerrados en la cueva oscura
de una inmensa montaña.
Olí la putrefacta visión
de mil zanjas en mi rostro
y de trincheras en mi cuerpo
de una cruda batalla que nadie ganó.
Olvidando los relatos de mi génesis
huí
allá donde los árboles son sabios ancestros
y los ríos cristalinos
son el orgasmo de la diosa que ruge.
Grandes vagabundos desérticos
cruzando las arenas del fuego por enésima vez
llevando a hombros
las profecías de la comprensión
la finitud del más espléndido imperio
la venganza de los Héroes
que antaño nos salvaron.
Vi, horrorizado
un cuerpo sin corazón
yaciendo en el asfalto
siendo asaltado por los cuervos
ladrones del óbolo ofrecido
por un viejo y cansado titán.
Descansando en el puente colgante
de una bulliciosa Ciudad
jamás salté el temido charco
jamás andé hasta la Osa Mayor
jamás bebí de los vinos de Sirio
jamás amé un hermoso amanecer
jamás atrapé las esencias del Viajero Solitario.
susurrando mi nombre
como una vieja amante
persistente en la mente del pasado.
Rechazando la herencia de la sangre
Y rompiendo las esculturas
de un pueblo antiguo
partí en busca del Gran Espíritu
a lomos de la amarga sensación
del olvido alucinógeno.
Apuñalé con los dedos a quien quiso mi salvación
besando sus labios vestidos de ternura
cuando aparecieron los romanos
en la noche de Getsemaní.
Ya hemos desaparecido en el desencanto del todo
no nos engañemos con las ilusiones del teatro:
Somos muertos que caminan
recordando tenuemente
un pasado que nos engrandece.
Las hojas crujiendo los huesos
de mis pies sangrantes.
Diminutos dedos fríos
muy fríos
picoteando mi cabeza con rabia.
Grandes jefes indios
recorriendo veloces
con sus caballos y las plumas al viento
las enormes llanuras vírgenes de América.
-¡Jau! ¡Jau! ¡Jau!-
El feroz león y sus enigmas
encerrados en la cueva oscura
de una inmensa montaña.
Olí la putrefacta visión
de mil zanjas en mi rostro
y de trincheras en mi cuerpo
de una cruda batalla que nadie ganó.
Olvidando los relatos de mi génesis
huí
allá donde los árboles son sabios ancestros
y los ríos cristalinos
son el orgasmo de la diosa que ruge.
Grandes vagabundos desérticos
cruzando las arenas del fuego por enésima vez
llevando a hombros
las profecías de la comprensión
la finitud del más espléndido imperio
la venganza de los Héroes
que antaño nos salvaron.
Vi, horrorizado
un cuerpo sin corazón
yaciendo en el asfalto
siendo asaltado por los cuervos
ladrones del óbolo ofrecido
por un viejo y cansado titán.
Descansando en el puente colgante
de una bulliciosa Ciudad
jamás salté el temido charco
jamás andé hasta la Osa Mayor
jamás bebí de los vinos de Sirio
jamás amé un hermoso amanecer
jamás atrapé las esencias del Viajero Solitario.
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