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Estaba allí sentada. La laxitud le asomaba por el horizonte de sus ojos ensombreciendo la habitación por completo.
Lo recuerdo con una claridad nítida, transparente. No fui capaz de decirle nada. Las palabras hicieron huelga entorno a mi boca y ni un lúcido atisvo de imaginación cruzó por mi cabeza. Estaba aterido de miedo, de impotencia por no saber reaccionar ante aquella situación, de decir algototalmente inapropiado.
Pero aquel silencio frío y distante resultó ser más ofensivo que y doloroso que el mayor de los equívocos que pudiera haber cometido.
Respondió a mi cobardía con un desdén manchado de indiferencia, bruñido en simples disculpas.
Estaba claro que mi presencia resultaba insustancial para ella. Tanto como pudiera resultar insustancial y superflua cualquier otra visita.
Vi el esqueleto de su espíritu doblarse como una vieja bisagra, dando la por muerta mucho antes de estarlo .
Aún corría la sangre por sus venas pero se resisitía a percatarse de ello. Se había rendido antes de presentar la última batalla. Quería seguir los cauces comunes por donde discurrenn las vidas del resto de la gente, algo que le estaba negado a ella. Sin ser capaz de dislumbrar nuevos caminos por los que avanzar y seguir completando se como persona, llevando una vida plena a unque fuese a otro nivel.
Se refugiaba sin consuelo entre la penumbra de la soledad y el abandono más desesperado del olvido. Más de una vez intenté hacer la entrar en razón pero se cerraba en banda, poniendo su lastimosa situación como escusa irreprochable.
Salí de la habitación con una sensación que iba del acongojo al desprecio más profundo. Me daba lástima no tanto su situación como su tocudez por afrontar todo aquello de la manera tan cobarde como lo estaba haciendo. Me juré no seguir más sus pasos. Nadie tiene porque morir en la orilla de la pena ajena.
Estaba allí sentada. La laxitud le asomaba por el horizonte de sus ojos ensombreciendo la habitación por completo.
Lo recuerdo con una claridad nítida, transparente. No fui capaz de decirle nada. Las palabras hicieron huelga entorno a mi boca y ni un lúcido atisvo de imaginación cruzó por mi cabeza. Estaba aterido de miedo, de impotencia por no saber reaccionar ante aquella situación, de decir algototalmente inapropiado.
Pero aquel silencio frío y distante resultó ser más ofensivo que y doloroso que el mayor de los equívocos que pudiera haber cometido.
Respondió a mi cobardía con un desdén manchado de indiferencia, bruñido en simples disculpas.
Estaba claro que mi presencia resultaba insustancial para ella. Tanto como pudiera resultar insustancial y superflua cualquier otra visita.
Vi el esqueleto de su espíritu doblarse como una vieja bisagra, dando la por muerta mucho antes de estarlo .
Aún corría la sangre por sus venas pero se resisitía a percatarse de ello. Se había rendido antes de presentar la última batalla. Quería seguir los cauces comunes por donde discurrenn las vidas del resto de la gente, algo que le estaba negado a ella. Sin ser capaz de dislumbrar nuevos caminos por los que avanzar y seguir completando se como persona, llevando una vida plena a unque fuese a otro nivel.
Se refugiaba sin consuelo entre la penumbra de la soledad y el abandono más desesperado del olvido. Más de una vez intenté hacer la entrar en razón pero se cerraba en banda, poniendo su lastimosa situación como escusa irreprochable.
Salí de la habitación con una sensación que iba del acongojo al desprecio más profundo. Me daba lástima no tanto su situación como su tocudez por afrontar todo aquello de la manera tan cobarde como lo estaba haciendo. Me juré no seguir más sus pasos. Nadie tiene porque morir en la orilla de la pena ajena.
Muchas gracias Marián...tú siempre tan generosa con tus apreciaciones. Un beso.sin palabras poeta, saludos
Una buena inspiración nos dejas en estas letras Francisco, dondeEstaba allí sentada. La laxitud le asomaba por el horizonte de sus ojos ensombreciendo la habitación por completo.
Lo recuerdo con una claridad nítida, transparente. No fui capaz de decirle nada. Las palabras hicieron huelga entorno a mi boca y ni un lúcido atisbo de imaginación cruzó por mi cabeza. Estaba aterido de miedo, de impotencia por no saber reaccionar ante aquella situación, de decir algo totalmente inapropiado.
Pero aquel silencio frío y distante resultó ser más ofensivo y doloroso que el mayor de los equívocos que pudiera haber cometido.
Respondió a mi cobardía con un desdén manchado de indiferencia, bruñido en simples disculpas.
Estaba claro que mi presencia resultaba insustancial para ella. Tanto como pudiera resultar insustancial y superflua cualquier otra visita.
Vi el esqueleto de su espíritu doblarse como una vieja bisagra, dando la por muerta mucho antes de estarlo .
Aún corría la sangre por sus venas pero se resistía a percatarse de ello. Se había rendido antes de presentar la última batalla. Quería seguir los cauces comunes por donde discurren las vidas del resto de la gente, algo que le estaba negado a ella. Sin ser capaz de vislumbrar nuevos caminos por los que avanzar y seguir completando se como persona, llevando una vida plena aun que fuese a otro nivel.
Se refugiaba sin consuelo entre la penumbra de la soledad y el abandono más desesperado del olvido. Más de una vez intenté hacer la entrar en razón pero se cerraba en banda, poniendo su lastimosa situación como escusa irreprochable.
Salí de la habitación con una sensación que iba del acongojo al desprecio más profundo. Me daba lástima no tanto su situación como su tozudez por afrontar todo aquello de la manera tan cobarde como lo estaba haciendo. Me juré no seguir más sus pasos. Nadie tiene porque morir en la orilla de la pena ajena.
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