Luciana Rubio
Poeta veterano en el portal
En tardes dulcemente serenas,
cuando parecía haber un equilibrio de paz,
y el tiempo era mío y podía disfrutarlo
solo con escuchar esa música que me arroba,
piezas de piano por Jósef Olechovki,
entonces venía hacia mí,
cálido, cariñoso,
tanteando,
mirándome a los ojos
para ver que aprobara sus movimientos.
Medio adormilada,
hacía que no me percataba,
hasta que estaba encima.
Me acariciaba,
lo acariciaba,
subían de tono las caricias
y todo iba aumentando de intensidad
hasta que…
¡Me mordía!
-¡No!, ¡Ya te dije que no!-
Suspendía,
y su mirada mostraba cierto placer culpable.
Como si hubiera logrado arrebatarme algo
a sabiendas que no debía.
Una mirada perversa,
maligna, de satisfacción.
Se retiraba sigilosamente.
No volvía a intentarlo hasta varios días después,
cuando se repetía esa adorable situación
en que estaba vulnerable.
Repetía la misma estrategia y yo caía de nuevo
en el fardo de las caricias y otra vez
la mordida, pero la última vez logró hacerme sangrar.
¡Maldito!, ¡desgraciado!
y otra vez esa mirada perversa.
Yo corrí a curarme, ponerme una curita,
mientras le gritaba maldiciones.
Esta tarde, en que escucho la misma pieza,
recuerdo al hermoso gato Qualia,
cuando me sacaba de mis casillas
e interrumpía violentamente el éxtasis.
cuando parecía haber un equilibrio de paz,
y el tiempo era mío y podía disfrutarlo
solo con escuchar esa música que me arroba,
piezas de piano por Jósef Olechovki,
entonces venía hacia mí,
cálido, cariñoso,
tanteando,
mirándome a los ojos
para ver que aprobara sus movimientos.
Medio adormilada,
hacía que no me percataba,
hasta que estaba encima.
Me acariciaba,
lo acariciaba,
subían de tono las caricias
y todo iba aumentando de intensidad
hasta que…
¡Me mordía!
-¡No!, ¡Ya te dije que no!-
Suspendía,
y su mirada mostraba cierto placer culpable.
Como si hubiera logrado arrebatarme algo
a sabiendas que no debía.
Una mirada perversa,
maligna, de satisfacción.
Se retiraba sigilosamente.
No volvía a intentarlo hasta varios días después,
cuando se repetía esa adorable situación
en que estaba vulnerable.
Repetía la misma estrategia y yo caía de nuevo
en el fardo de las caricias y otra vez
la mordida, pero la última vez logró hacerme sangrar.
¡Maldito!, ¡desgraciado!
y otra vez esa mirada perversa.
Yo corrí a curarme, ponerme una curita,
mientras le gritaba maldiciones.
Esta tarde, en que escucho la misma pieza,
recuerdo al hermoso gato Qualia,
cuando me sacaba de mis casillas
e interrumpía violentamente el éxtasis.