Era, ante todo, un olor a pista de circo, a sudor de ijares. El martilleo anunciaba la proximidad del herrero, atareado sobre sus yunques y fuelles, con su mandil de cuero, ante las llamas de la fragua. Era el bullir de la herradura al rojo apagada en el agua fría, una especie de canción que rimaba la hincada de los clavos en el casco. Y era luego el gualtrapear nervioso del caballo con zapatos nuevos, aun temeroso de resbalar con las piedras, y los encabritamientos y resabios, logrados a brida, ante la joven asomada a su ventana, luciendo una cinta en el pelo.
Juan de Tabasco era el talabartero, amaba el perfume de los cueros y a la muchacha de la ventana. Desde muy joven aprendió las artes de la doma y de la monta, desarrollando destrezas físicas de que alardear en días de fiesta. Participaba en los juegos machos de amansar el garañón relinchante y colear y derribar al toro, haciendo rodar su arrogancia en el polvo. Sabía que existía una misteriosa solidaridad entre el hombre y el animal de testículos bien colgados, que penetraba sus hembras más hondamente que ningún otro.
En estas tierras parecía que el hombre era mas hombre y la conquista de la mujer tenia que ser a fuerza de coraje, por tanto, nuestro Juan no perdía ni una oportunidad de lucirse con su bestia ante la ventana de su amada y se aseguraba de que ella lo escuchara hablar con cierta rudeza irónica y desenfadada que tanto le gustaba a las mujeres. En las Tierras del Corcel, la gente tenía reglas, santos y señas, y maneras de ser que, de no cumplirse, nunca se llegaba a una cita.
Juan de Tabasco cumplió su parte y resultó que, cierta noche, mientras en otras casas había muchos caballos cabeceando en los portales, bajo la ventana de la calle empedrada apareció la sombra de un hombre a pie, con una camisa de alta factura, que había comprado en una de las tiendas más famosas del mundo. La joven lo vio a la luz de las bombillas y se echó a reír, pues tales prendas eran mas propias de las hembras. El hombre se detuvo, miró a lo alto e hizo una reverencia hasta el suelo que consiguió la carcajada mas estruendosa de la muchacha...
-- Tiene usted una risa de diosa, señorita -- dijo él
-- Sin duda, usted no es de por aquí -- respondió ella.
-- No lo soy. Acabo de llegar en barco desde Europa y busco alimento...
Pero justo en ese instante, se acercó el galope de un caballo.
-- Por este lado no va a encontrar lo que busca, señorito! -- Afirmó Juan de Tabasco con su fusta en alto...
-- ¡Justo he llegado al lugar que necesito! -- Le respondió el extranjero, enseñando por primera vez sus colmillos. Y de un solo salto, cual muelle, fue directamente a su cuello. El caballo dió un respingo y cayó de costado como tocado por un rayo.
La joven del balcón tampoco escapó de la embestida brutal.
Juan de Tabasco era el talabartero, amaba el perfume de los cueros y a la muchacha de la ventana. Desde muy joven aprendió las artes de la doma y de la monta, desarrollando destrezas físicas de que alardear en días de fiesta. Participaba en los juegos machos de amansar el garañón relinchante y colear y derribar al toro, haciendo rodar su arrogancia en el polvo. Sabía que existía una misteriosa solidaridad entre el hombre y el animal de testículos bien colgados, que penetraba sus hembras más hondamente que ningún otro.
En estas tierras parecía que el hombre era mas hombre y la conquista de la mujer tenia que ser a fuerza de coraje, por tanto, nuestro Juan no perdía ni una oportunidad de lucirse con su bestia ante la ventana de su amada y se aseguraba de que ella lo escuchara hablar con cierta rudeza irónica y desenfadada que tanto le gustaba a las mujeres. En las Tierras del Corcel, la gente tenía reglas, santos y señas, y maneras de ser que, de no cumplirse, nunca se llegaba a una cita.
Juan de Tabasco cumplió su parte y resultó que, cierta noche, mientras en otras casas había muchos caballos cabeceando en los portales, bajo la ventana de la calle empedrada apareció la sombra de un hombre a pie, con una camisa de alta factura, que había comprado en una de las tiendas más famosas del mundo. La joven lo vio a la luz de las bombillas y se echó a reír, pues tales prendas eran mas propias de las hembras. El hombre se detuvo, miró a lo alto e hizo una reverencia hasta el suelo que consiguió la carcajada mas estruendosa de la muchacha...
-- Tiene usted una risa de diosa, señorita -- dijo él
-- Sin duda, usted no es de por aquí -- respondió ella.
-- No lo soy. Acabo de llegar en barco desde Europa y busco alimento...
Pero justo en ese instante, se acercó el galope de un caballo.
-- Por este lado no va a encontrar lo que busca, señorito! -- Afirmó Juan de Tabasco con su fusta en alto...
-- ¡Justo he llegado al lugar que necesito! -- Le respondió el extranjero, enseñando por primera vez sus colmillos. Y de un solo salto, cual muelle, fue directamente a su cuello. El caballo dió un respingo y cayó de costado como tocado por un rayo.
La joven del balcón tampoco escapó de la embestida brutal.
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