Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Te grito en silencio,
con la boca sellada,
con los labios que tiemblan
y la garganta rota de tanto callar.
Te grito sin voz,
porque no hay eco que me devuelva lo que ya no soy.
Las palabras me huyen,
se esconden en los rincones oscuros
de este amor que se desangra lento,
tan lento que el dolor se vuelve costumbre.
Te grito desde las entrañas,
desde el abismo que abriste al irte,
ese hueco que sigue tragando
los pedazos que dejaste en mí.
Me arrastro entre los recuerdos,
buscando el porqué, el cómo, el cuándo,
pero sólo encuentro las sombras
de lo que nunca fuimos.
El silencio pesa,
se convierte en la cárcel
de este grito que nunca llega.
Y tú, tan lejos,
tan ajeno al naufragio,
tan frío que ni el sol logra tocarte.
Me grito a mí mismo,
me ahogo en lo que callé
cuando debía haberte gritado
con la furia de quien sabe
que el amor no basta.
Te grito en silencio,
pero mi voz se pierde
en el laberinto
de un corazón que no encuentra salida,
porque en cada esquina te encuentro,
aunque no estés,
aunque ya nunca vuelvas.
Me grito,
y al final, sólo queda el eco
de un adiós que nunca supe pronunciar.
con la boca sellada,
con los labios que tiemblan
y la garganta rota de tanto callar.
Te grito sin voz,
porque no hay eco que me devuelva lo que ya no soy.
Las palabras me huyen,
se esconden en los rincones oscuros
de este amor que se desangra lento,
tan lento que el dolor se vuelve costumbre.
Te grito desde las entrañas,
desde el abismo que abriste al irte,
ese hueco que sigue tragando
los pedazos que dejaste en mí.
Me arrastro entre los recuerdos,
buscando el porqué, el cómo, el cuándo,
pero sólo encuentro las sombras
de lo que nunca fuimos.
El silencio pesa,
se convierte en la cárcel
de este grito que nunca llega.
Y tú, tan lejos,
tan ajeno al naufragio,
tan frío que ni el sol logra tocarte.
Me grito a mí mismo,
me ahogo en lo que callé
cuando debía haberte gritado
con la furia de quien sabe
que el amor no basta.
Te grito en silencio,
pero mi voz se pierde
en el laberinto
de un corazón que no encuentra salida,
porque en cada esquina te encuentro,
aunque no estés,
aunque ya nunca vuelvas.
Me grito,
y al final, sólo queda el eco
de un adiós que nunca supe pronunciar.