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Acaba de despertarse; son las seis de la mañana y se ha puesto a llorar, porque se acaba de dar cuenta que no subirá al tren; sabe que hoy nadie la hará reír como lo hace él. Ese que siempre ocupaba el mismo asiento, la plaza cuarenta ventanilla- del vagón número tres.
Regresó junto al guardián de sus sueños, conocedor de sus pasiones, su confesor de secretos inconfesables, su compañero de fatigas y correrías nocturnas desde hace tiempo, demasiado tiempo: su solitario sofá.
Se había cansado de estar al otro lado de la cama, se cansó de pedirle, de suplicarle, de gritarle y de llorarle: "¡joder, que yo solo quiero que me quieras! Pero hacía tiempo que dejó de escucharla, ahora ya era tarde. Ahora pensaba en él.
Tiempo atrás había desarrollado por necesidad, la capacidad de soñar, lo hacía cuando quería, sin tener que cerrar lo ojos, ni siquiera tenía que estar en un entorno agradable; es más, incluso rodeada de basura, bajo las órdenes de un hombre malvado que le tenía prohibido soñar.
Cuando era una niña, una linda muñequita de diecinueve años porque solo eso se puede ser con esa edad, ella no sabe como fue, ni siquiera se dio cuenta, le conoció, dio el "sí quiero", con su niño en el vientre. Casi desde ese mismo momento, todo se lo robó. El hombre malo le robó todas las cosas a su muñeca, porque para eso era suya. El monstruo con sus cosas y sus muñecos hacía lo que quería.
En su saco metió todas sus pertenencias, robó el alma de la niña, sus sueños, sus ilusiones, y mucho antes de cumplir los veinticinco, cuando todavía era una niña con un niño, se sintió vieja, sucia, vacía. Pensó durante mucho tiempo que no valía para nada. Incluso ahora, cumplidos los cuarenta lo piensa algunas veces.
Porque el hombre malo fue muy malo, ¡se lo dijo tantas veces!.
Muchas veces pensó que se moriría de pena, muchas otras pensó que él mismo la mataría, y alguna otra pensó... pero le faltó valentía para hacerlo, ¡menos mal!
Fueron demasiados años de condena, trece años y un día; son muchos días para estar en el infierno. Él quería jugar, pero a ella no le gustaba jugar con cuchillos, dardos voladores, palabras voladoras. Las palabras salidas de un monstruo hacen tanto daño y producen tanto miedo...
Incluso alguna vez, en los tiempos previos a la huida, hubo de poner las espadas y los cuchillos a buen recaudo; y alguna vez también en los felices almuerzos familiares de domingo, ella le ofrecía al monstruo su plato preferido, el monstruo le pedía el cuchillo para cortar, y ella fingiendo como hizo siempre, -la chica de la eterna sonrisa fuera de casa-, le decía: "no, querido monstruo, ya la he cortado yo para que no te hagas daño".
Pero un día, apoyada en la ventana, en una fría tarde de diciembre, esperando ver una estrella fugaz para pedirle que la apartara del dolor, vio una pequeña flor que asomaba en aquella planta situada en el alféizar, tal que florecía en primavera, en ese momento una mariposa de bellos y vivos colores se posó sobre sus manos vacías, temblorosas, la acercó a su mejilla, la acarició y se echó de nuevo a volar.
En ese momento desapareció el color negro tornándose verde, verde esperanza, y vio el azul y el amarillo y todos los demás colores del arcoiris. Se dio la vuelta, encontrándose con la cara de su hijo que estaba viendo una peli de dibujos animados, miró su carita y vio la misma tristeza que en la de ella; vio sus mismos ojos tristes,
Entonces, un día de tantos que no pudo más, marcó un número de teléfono... y todo empezó. Empezó su huida.
Fue un veintidós de diciembre; ese día le tocó un poco la lotería, años atrás le había tocado el gordo,
Esa mañana estuvo muy nerviosa, tenía miedo, estaba angustiada; temía que entrase por la puerta, que descubriese que había demasiadas maletas. Todos los años se iba a pasar las navidades a su tierra natal; dejaba Madrid unos días, pero esas navidades no las pasaría con su madre.
Por fin se acercaba la hora, se despidió de su vecina y amiga; la había ayudado mucho en los últimos tiempos; las dos tenían lágrimas en los ojos: Maribel, te echaré mucho de menos Bajó sus cosas, lo más importante, llamó un taxi; cerró esa maldita puerta, no la golpeó. Pero agarró ese pomo con tanta fuerza tirando hacia ella, que se amorataron sus manos. La cerró para siempre pero le quedaba un día, tenía que volver una vez más, meses después, pero ese día igual que otros muchos, necesita borrarlo.
No recuerda una noche como aquella; le gustó ver la expresión de su hijo en la cara, y la de ella misma ante el espejo. Hacía años que no dormía así, tranquila al fin. En aquella habitación de hotel -el nombre de ese hotel no se le olvidará en la vida-. Vivió allí durante casi tres meses. Fueron tres meses muy largos.
S volvió a abrir pero solo en sus sueños, demasiadas veces; todavía ahora se sigue abriendo alguna vez... Sueña a menudo que está allí, encerrada, que no puede salir. El alcaide custodia su cárcel, no deja de mirarla; ella hace que no le ve, no puede cruzarse con esa mirada, no quiere ver esos ojos: son los ojos del terror.
Desde entonces muchas cosas han cambiado, ha tenido una buena época, pero hay cosas de su pasado que vuelven para atormentar su presente, no le gusta lo que ve. Otra vez se encuentra con una mirada que ha dejado de gustarle,
Se conformaba con pocas cosas, que la quisiera y respetara, con todo eso que no compra el dinero, eso que todos saben, con el tiempo y no con el reloj de oro; con el calor de un abrazo no el un abrigo de piel, con el calor de un hogar no el de una jaula de oro. Ese hogar lo fue poco tiempo. Se desmoronaba, otra vez.
María, cierra la puerta, no la abras nunca más. Quiso beberse las calles, comérselas, caminarlas, vivirlas, pero...sigue intentándolo todos los días.
Ahora que estamos en temporada estival se fija en la muchedumbre que espera su destino en la estación. Está llena de grupos de jóvenes riendo, de familia felices con sus hijos felices, gente cargada de maletas y pelotas de playa, pero se fija en una mujer que está sola, sentada en un banco, con los ojos tristes y rojos, tiene a su niño en brazos, el niño también tiene los ojos tristes. Esas dos mujeres no se hablan, no se dicen absolutamente nada, solo se miran. Tiene poco equipaje, sabe perfectamente que no se va de vacaciones,
Para alguna mujer que acaba de cerrar la puerta y está sentada en un banco, en un andén de una estación cualquiera.
Antonia Mauro del Blanco