Chrix
Poeta que considera el portal su segunda casa
Sostengo la pared del pecho,
arcilla socarrada hasta la dureza.
Un muro ciego sin horadar,
donde poner la cuerda que despeñe
la voz temprana del lamento,
la grieta faltante para filtrar
el llanto.
He mellado las espadas del silencio,
y aún así el metal no se ha hecho cartílago
en la crisálida de tiempo.
Cuanto hambre necesita la sombra,
para comer las cadenas esclavas de la carne,
arrastrar sin peso el hado que no converge
en el tacto,
ni rostro, ni nervios expuestos.
He de encontrarme aunque me pierda,
en exilio feroz lejos de las hordas disparando
ojos filosos y lenguas de fuego.
He de estar preso,
abarrotado, inerte dentro de las rocas,
con las alas vencidas, olor a pájaro muerto.
Nadie lloró mi caída, solo afilaron
el precipicio e incineraron el témpano
donde sembraba rezos, que se convirtieron
en plegarias para desenterrar mi templo.
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