kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
ENERO EQUINOCCIAL
Amanezco en una campa que se extiende en el grafito de mis ojos,
tan profundamente opacos, tan rendidos, tan perplejos,
como el pez
que en la palma de mi mano se revira en su ansiedad
retratando unas celestes piruetas de cristal.
Es entonces que al girarme
reconozco sobre el barro
—entre el humo ennegrecido
de los plásticos
que se funden en los prismas de la aurora—
un reguero de muñecas y muñecos desmembrados
rodeados por montañas de chupitos de tequila
y, a lo lejos, unos niños que golpean con sus bates
una especie de piñata
con la forma de un rey mago.
Junto a mí,
un anciano desdentado con su sed de girasoles
gesticula a los chavales de los palos
mientras sorbe con estilo una ginebra con sus flores
y le cuenta zalamero a una Barbie
las quimeras de su vida
mientras ésta le regala su semblante fascinado
con el pozo enmudecido de su boca
y los astros desbordantes de sus ojos sin pestañas.
Su capricho de los reyes: una Barbie de cien euros
que por poco le revienta los pulmones
cuando infló la silicona de su cuerpo.
Frente al viejo,
ya curtido en lo implacable de los años
y que sabe la verdad
que se esconde en la mentira,
deambulan las parejas vomitando su resaca
de promesas de año nuevo,
y en el cielo cabecean posidonias de confeti,
y un osito de peluche serpentea por las algas
sujetado a los cabellos de un cometa enloquecido...,
y los buitres se emborrachan
con los restos putrefactos de la fiesta…,
¿de qué fiesta?
No se escucha un solo grito en el erial.
Ya no suenan las campanas,
se escaparon ya los niños
cabalgando a su futuro.
Solo queda
el abuelo
que abrazado a su muñeca
va aspirando las volutas de carbono de su hornillo
que le quema el irrisorio queroseno temporal
que le resta.
Y me giro haciendo entrega
al oriente
del grafito destensado de mis ojos
—más opacos, más rendidos, más perplejos—,
contemplando como asoma
en el diáfano horizonte del ayer
una espada, verde oscura,
casi negra,
que severa va partiendo en dos mitades
la granada de la aurora.
Y en la palma de mi mano
se endurecen las escamas de mi pez
mientras tiemblan sus rodajas de pomelo.
Y me siento tan extraño,
tan ajeno,
recordando lo que fueron estas fechas
en la fértil primavera de aquel nido de la infancia.
¡Ya despunta el mes de enero
que me supo tanto a vida!
...Tan intenso fue su verde
como negro siento ahora
esta especie de equinoccio
a la sombra del ciprés.
Palpitante dentellada que progresa,
insaciable, sin retorno,
recortando mi escarpado
Kalkbadan
En Madrid a 7 de diciembre de 2017
Amanezco en una campa que se extiende en el grafito de mis ojos,
tan profundamente opacos, tan rendidos, tan perplejos,
como el pez
que en la palma de mi mano se revira en su ansiedad
retratando unas celestes piruetas de cristal.
Es entonces que al girarme
reconozco sobre el barro
—entre el humo ennegrecido
de los plásticos
que se funden en los prismas de la aurora—
un reguero de muñecas y muñecos desmembrados
rodeados por montañas de chupitos de tequila
y, a lo lejos, unos niños que golpean con sus bates
una especie de piñata
con la forma de un rey mago.
Junto a mí,
un anciano desdentado con su sed de girasoles
gesticula a los chavales de los palos
mientras sorbe con estilo una ginebra con sus flores
y le cuenta zalamero a una Barbie
las quimeras de su vida
mientras ésta le regala su semblante fascinado
con el pozo enmudecido de su boca
y los astros desbordantes de sus ojos sin pestañas.
Su capricho de los reyes: una Barbie de cien euros
que por poco le revienta los pulmones
cuando infló la silicona de su cuerpo.
Frente al viejo,
ya curtido en lo implacable de los años
y que sabe la verdad
que se esconde en la mentira,
deambulan las parejas vomitando su resaca
de promesas de año nuevo,
y en el cielo cabecean posidonias de confeti,
y un osito de peluche serpentea por las algas
sujetado a los cabellos de un cometa enloquecido...,
y los buitres se emborrachan
con los restos putrefactos de la fiesta…,
¿de qué fiesta?
No se escucha un solo grito en el erial.
Ya no suenan las campanas,
se escaparon ya los niños
cabalgando a su futuro.
Solo queda
el abuelo
que abrazado a su muñeca
va aspirando las volutas de carbono de su hornillo
que le quema el irrisorio queroseno temporal
que le resta.
Y me giro haciendo entrega
al oriente
del grafito destensado de mis ojos
—más opacos, más rendidos, más perplejos—,
contemplando como asoma
en el diáfano horizonte del ayer
una espada, verde oscura,
casi negra,
que severa va partiendo en dos mitades
la granada de la aurora.
Y en la palma de mi mano
se endurecen las escamas de mi pez
mientras tiemblan sus rodajas de pomelo.
Y me siento tan extraño,
tan ajeno,
recordando lo que fueron estas fechas
en la fértil primavera de aquel nido de la infancia.
¡Ya despunta el mes de enero
que me supo tanto a vida!
...Tan intenso fue su verde
como negro siento ahora
esta especie de equinoccio
a la sombra del ciprés.
Palpitante dentellada que progresa,
insaciable, sin retorno,
recortando mi escarpado
horizonte ecuatorial.
Y en la palma de mi mano
no se mueve ya mi pez.
no se mueve ya mi pez.
Kalkbadan
En Madrid a 7 de diciembre de 2017
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