Starsev Ionich
Poeta asiduo al portal
Entre las tres cuartas partes y el final
Quería tener las letras plasmadas a la cuadricula, o a las rayas, o a los carriles grisáceos, dependiendo de la genética de mi madre Norma; la misma que habrían de tener mis otras cien hermanas.
Algunas de ellas tenían futuros inciertos, especialmente las que nacían grapadas a la mitad. Estaban dotadas de una independencia de hogar, forzada por unas manos prácticas, y casi siempre, terminaban sentenciadas al ostracismo, plagadas de soluciones de cuestionario, respuestas incorrectas, e improvisaciones de algún ensayo sin una tesis fundamentada.
Las hermanas mayores, las más antiguas en el orden asignado por la caratula – que podía ser de mujeres despechugadas, cracks de futbol, o la humilde de un solo color y sin pasta dura -, eran las que más sufrían. Eran vapuleadas con versos ridículos, sumas y divisiones estúpidas sin quitar los ceros, números telefónicos y nombres al revés de niñas enamoradas, o una que otra dirección de internet con contenido obsceno. También podían ser cercenadas de sus puntas por algún estudiante práctico y poco psico – rígido; pero no podían llorar, pues todas las lagrimas las habían acabado los arboles que eran nuestra materia prima para existir.
Las hermanas menores tenían una vida digna, pero un tanto obligada y obsesiva, tanto que al final de año, eran las que primero deseaban ser quemadas. Eran decoradas con colores de escarcha, con stickers de carritos, o caritas felices, letras bonitas. Marcadas con amor e intriga. Muchas veces olían a esencias de fruta, efecto producido por otros stickers pegados a la caratula.
Muchas de mis hermanas alcanzaron una vida útil, y se consignó en ellas el conocimiento y la vida de los niños, con dos esferos: uno negro para el contenido y uno rojo para los títulos de las temáticas. También estaban mis hermanas más cercanas, las que rondaban entre el numero ochenta y pico a noventa y pico. Las que siguen aquí conmigo, con la ilusión de, al menos a ser tinturadas con un estero de esos, que escupen gargajos y untan las manos aprendices.
Estamos aquí aún, pasando la mitad del cuaderno, pero lejos del tortuoso y sucio final; congeladas nuestras emociones y nuestras ganas de ser útiles hace mucho tiempo, estancadas en un remoto diciembre de séptimo A que hace años perdió la inocencia. No paramos a la caneca, por cosas del destino, ni nos convertimos en un avioncito sin aerodinámica, ni en origami con ínfulas de superioridad. Solo deseamos que un niño que quiera aprender a escribir nos acaricie, primero con sus gruesas crayolas y luego con un Mirado…, número dos, con buena punta. Deseamos que nos regales, que nos saques de este ático de recuerdos de herrumbre, al menos para ponernos a limpiar…, lo que por descarte nos tocaba en los baños del colegio.
Quería tener las letras plasmadas a la cuadricula, o a las rayas, o a los carriles grisáceos, dependiendo de la genética de mi madre Norma; la misma que habrían de tener mis otras cien hermanas.
Algunas de ellas tenían futuros inciertos, especialmente las que nacían grapadas a la mitad. Estaban dotadas de una independencia de hogar, forzada por unas manos prácticas, y casi siempre, terminaban sentenciadas al ostracismo, plagadas de soluciones de cuestionario, respuestas incorrectas, e improvisaciones de algún ensayo sin una tesis fundamentada.
Las hermanas mayores, las más antiguas en el orden asignado por la caratula – que podía ser de mujeres despechugadas, cracks de futbol, o la humilde de un solo color y sin pasta dura -, eran las que más sufrían. Eran vapuleadas con versos ridículos, sumas y divisiones estúpidas sin quitar los ceros, números telefónicos y nombres al revés de niñas enamoradas, o una que otra dirección de internet con contenido obsceno. También podían ser cercenadas de sus puntas por algún estudiante práctico y poco psico – rígido; pero no podían llorar, pues todas las lagrimas las habían acabado los arboles que eran nuestra materia prima para existir.
Las hermanas menores tenían una vida digna, pero un tanto obligada y obsesiva, tanto que al final de año, eran las que primero deseaban ser quemadas. Eran decoradas con colores de escarcha, con stickers de carritos, o caritas felices, letras bonitas. Marcadas con amor e intriga. Muchas veces olían a esencias de fruta, efecto producido por otros stickers pegados a la caratula.
Muchas de mis hermanas alcanzaron una vida útil, y se consignó en ellas el conocimiento y la vida de los niños, con dos esferos: uno negro para el contenido y uno rojo para los títulos de las temáticas. También estaban mis hermanas más cercanas, las que rondaban entre el numero ochenta y pico a noventa y pico. Las que siguen aquí conmigo, con la ilusión de, al menos a ser tinturadas con un estero de esos, que escupen gargajos y untan las manos aprendices.
Estamos aquí aún, pasando la mitad del cuaderno, pero lejos del tortuoso y sucio final; congeladas nuestras emociones y nuestras ganas de ser útiles hace mucho tiempo, estancadas en un remoto diciembre de séptimo A que hace años perdió la inocencia. No paramos a la caneca, por cosas del destino, ni nos convertimos en un avioncito sin aerodinámica, ni en origami con ínfulas de superioridad. Solo deseamos que un niño que quiera aprender a escribir nos acaricie, primero con sus gruesas crayolas y luego con un Mirado…, número dos, con buena punta. Deseamos que nos regales, que nos saques de este ático de recuerdos de herrumbre, al menos para ponernos a limpiar…, lo que por descarte nos tocaba en los baños del colegio.