monaguillo
Poeta recién llegado
He aquí el hueso vuelto astilla,
la sangre que resbala quejumbrosas mis manos.
He aquí la manifestación última de arcanos dioses
que arden como oculto fuego en la noche más oscura.
El cuerpo amado, serenamente cincelado
en la expiación celeste y elevados arpegios.
De tanta luz, que duele hasta el aliento,
el sueño delirante con el inquieto filo,
nacido de entre contrarios rumbos
y del sórdido barro, sin nombre todavía,
que quiso alumbrar torres y el vientre de las ánforas.
De las indemnes sombras de la razón perdida,
te he visto emerger como lluvia primera,
como aire que a veces huele a tierra.
Más allá del amor y de algún naufragio, renaces
como un septiembre solo, remansado
en el dulzor melado de un mar entre los ojos
y de un alto cielo conmovido ante el temblor
del agua y de evanescentes prímulas.
la sangre que resbala quejumbrosas mis manos.
He aquí la manifestación última de arcanos dioses
que arden como oculto fuego en la noche más oscura.
El cuerpo amado, serenamente cincelado
en la expiación celeste y elevados arpegios.
De tanta luz, que duele hasta el aliento,
el sueño delirante con el inquieto filo,
nacido de entre contrarios rumbos
y del sórdido barro, sin nombre todavía,
que quiso alumbrar torres y el vientre de las ánforas.
De las indemnes sombras de la razón perdida,
te he visto emerger como lluvia primera,
como aire que a veces huele a tierra.
Más allá del amor y de algún naufragio, renaces
como un septiembre solo, remansado
en el dulzor melado de un mar entre los ojos
y de un alto cielo conmovido ante el temblor
del agua y de evanescentes prímulas.