Orfelunio
Poeta veterano en el portal
Epigramas de sangre
Una flor que radiaba
en un jardín llamado amor,
tan virgen fue,
que su amado,
cansado de su estola,
a otras flores se marchó
para beber.
La distancia se sufre
cuando el amor está cerca
pero vive dormido;
cuando despierte,
el espacio remueve
al corazón que es vertido.
Es un decir goloso,
que un planeta es un camino
del que sabe de las betas,
que son de oro,
de diamante y de platino.
Si diamante fuera algún poeta,
sería un poema diamantino,
la joya del que busca
los tesoros del racimo,
en los mortales que ahora luchan
por el folio tan querido.
Sirenas, hijas de Terpsícore,
que fuisteis derrotadas por las musas,
vuestro canto mágico no basta
en el breve devenir de nuestra nota.
Ya viene el esplín,
ya llega la jandra,
que viene a por mí
de triste semblanza.
No vengas por mí
vestida de muerte,
que no tengo fin,
ni quiero tu suerte;
que vida hay en mí
y no quiero verte.
Inundada la calle
nado hacia el bulevar,
y al abrir la ventana del alma
donde siempre di un salto mortal,
esta vez tuve miedo al abismo
y bajé un escalón hacia atrás.
Al saltar al balcón del vecino
dando ejemplo de ágil volar,
quedé esperando el adiós
del amor que iba hacia otro lugar.
Unos perros me ladran su ingenio
escribiendo su aliento de sal:
socorred a ese mal del marino,
que hay un río que quiere matar.
Asesino del pez de dulzor
me llamaron los hombres del puerto,
sin saber que soy alta voz,
y sus mares de soles inciertos,
llevan aguas de sangre feroz
que circula en todos los muertos.
Vente al desierto,
al silencio de penas,
donde fría es la noche,
y el día derrite,
los pensamientos del tiempo
que no sabe de arenas.
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