ricardo felipe
Poeta recién llegado
Pues bien, aquí me la pasaré buscándole, escarbando entre sus versos de seda, entre rimas y nostalgias, entre montañas de fe, cada vez más grandes, que le nacen en el alma.
Ando cincelando su cuerpo, que no conozco, pero imagino, cuando la corriente que bordea mi mente, me empuja a decir su nombre en cabalgata. No sé dónde estará, por dónde pasará, si ríe, si llora, si se han curado sus heridas, mordidas en algún momento, cuando las cosas no salieron como merecía, pero que me convencía en que la vienen abrigando los nuevos momentos.
Dejadme decirle, que aquí me encuentro con mi pluma entusiasmada, quien me ha pedido asentar en las páginas del tiempo, que a vos le acoge la bruma de mi fuente de los deseos y que la ha visto envuelta en un manto lleno de besos, con su cabellera mojada, que se parece a la ruta del viento.
Pues, así me quedaré Seilam, buscándole pergaminos a donde pueda relatar sus historias, ofreciéndole una luna llena, para que ilumine algún espacio oscuro y silente, pidiéndole a una gaviota que le enseñe el camino de su cielo, para que lo toque con sus manos, confundiendo a un lucero con su rostro hermoso, que éste escribiente conoce en sueños frondosos.
©ricardo_felipe
Ando cincelando su cuerpo, que no conozco, pero imagino, cuando la corriente que bordea mi mente, me empuja a decir su nombre en cabalgata. No sé dónde estará, por dónde pasará, si ríe, si llora, si se han curado sus heridas, mordidas en algún momento, cuando las cosas no salieron como merecía, pero que me convencía en que la vienen abrigando los nuevos momentos.
Dejadme decirle, que aquí me encuentro con mi pluma entusiasmada, quien me ha pedido asentar en las páginas del tiempo, que a vos le acoge la bruma de mi fuente de los deseos y que la ha visto envuelta en un manto lleno de besos, con su cabellera mojada, que se parece a la ruta del viento.
Pues, así me quedaré Seilam, buscándole pergaminos a donde pueda relatar sus historias, ofreciéndole una luna llena, para que ilumine algún espacio oscuro y silente, pidiéndole a una gaviota que le enseñe el camino de su cielo, para que lo toque con sus manos, confundiendo a un lucero con su rostro hermoso, que éste escribiente conoce en sueños frondosos.
©ricardo_felipe