Es el silencio

Pedro Olvera

#ElPincheLirismo
Afuera, el tren no puede detenerse.
Sin escuchar un ¡crash!,
la madrugada se destroza.
Girones de estrellas escurridas penden de las ramas
de un aire de ahorcados.

Los durmientes trepan al último vagón —no hay vuelta—
y el silbido se disuelve en la distancia.

Ahora la ausencia de grillos es multitudinaria,
el ladrido se tragó al perro
y el Tula se ahoga en su fondo de algas negras.
¿Qué ruido es ese, Agripina?, pregunta lo que recuerdo
mientras me asomo por la ventana.
Es el silencio de la avenida que ha curvado la noche
y se ha vertido en niebla
de donde saltan los sapos de alma evanescente.

Entre las polillas de la farola hay un tipo desnudo.
¿Quién es?, ¿de dónde ha caído?
Lo miro, puedo contar sus costillas como un cuento
o como un ábaco de cuentas perdidas.
Lo miro, pero él no me mira, no me puede ver,
no sabe que los ojos sirven para mirarme,
solo puede nadar en su mirada hasta la orilla
de una luz imposible, nada hacia la nada

inmóvil

como un monumento que no recuerda quién es.

Las líneas de su cuerpo se desprenden, se incendian,
pero su figura permanece intacta,
erguida en su hundimiento,
incapaz de evadirse de sí misma.
Lo conozco, lo conozco tanto como a estas paredes.

Trato de llamarlo, le grito en el intento fallido de gritarle:

¡Pedro, regresa al manicomio!


Pero no tengo voz, mi voz es de él, él la tiene,
pero no me habla, pero no responde.
No sabe que la voz sirve para nada.

24 de octubre de 2021
 
Última edición:
En la primera lectura me ha parecido un muy buen poema, pero tengo que leerlo más veces y más detenidamente (que aquí ya es un poco tarde ;)). Volveré a él, Pedro. Un abrazo grande, amigo.
 
Afuera, el tren no puede detenerse.
Sin escuchar un ¡crash!,
la madrugada se destroza.
Girones de estrellas escurridas penden de las ramas
de un aire de ahorcados.

Los durmientes trepan al último vagón —no hay vuelta—
y el silbido se disuelve en la distancia.

Ahora la ausencia de grillos es multitudinaria,
el ladrido se tragó al perro
y el Tula se ahoga en su fondo de algas negras.
¿Qué ruido es ese, Agripina?, pregunta lo que recuerdo
mientras me asomo por la ventana.
Es el silencio de la avenida que ha curvado la noche
y se ha vertido en niebla
de donde saltan los sapos de alma evanescente.

Entre de las polillas de la farola hay un tipo desnudo.
¿Quién es?, ¿de dónde ha caído?
Lo miro, puedo contar sus costillas como un cuento
o como un ábaco de cuentas perdidas.
Lo miro, pero él no me mira, no me puede ver,
no sabe que los ojos sirven para mirarme,
solo puede nadar en su mirada hasta la orilla
de una luz imposible, nada hacia la nada

inmóvil

como un monumento que no recuerda quién es.

Las líneas de su cuerpo se desprenden, se incendian,
pero su figura permanece intacta,
erguida en su hundimiento,
incapaz de evadirse de sí misma.
Lo conozco, lo conozco tanto como a estas paredes.

Trato de llamarlo, le grito en el intento fallido de gritarle:

¡Pedro, regresa al manicomio!


Pero no tengo voz, mi voz es de él, él la tiene,
pero no me habla, pero no responde.
No sabe que la voz no sirve para nada.

24 de octubre de 2021

como una vez escribió un peruano, todos ustedes están locos jodidos. menos yo.

otra obviedad con respecto a ésto es que el tula (del náhuatl tollan, la ciudad sagrada que todos buscamos) al parecer se ha echado a agripina, la madre de nerón. jalar con la mami del nerón, con todo lo morboso que pueda llegar a ser, es en sí mismo causa suficiente para que te receten sanatorio.

salud allí, bróder.
 
En la primera lectura me ha parecido un muy buen poema, pero tengo que leerlo más veces y más detenidamente (que aquí ya es un poco tarde ;)). Volveré a él, Pedro. Un abrazo grande, amigo.
Bienvenido, mi hermano. También tengo que volver a editarlo, pero me gustó cómo salió de fumado este texto.

Muchas gracias y descansa en los brazos de Morfeo, solo no le des las espalda. ;)

Abrazote hasta allá.
 
Última edición:
como una vez escribió un peruano, todos ustedes están locos jodidos. menos yo.

otra obviedad con respecto a ésto es que el tula (del náhuatl tollan, la ciudad sagrada que todos buscamos) al parecer se ha echado a agripina, la madre de nerón. jalar con la mami del nerón, con todo lo morboso que pueda llegar a ser, es en sí mismo causa suficiente para que te receten sanatorio.

salud allí, bróder.
Dicen que el loco no sabe que esta loco, y quien se sabe loco no es más que un pendejo. Dolorosamente, creo que caigo en la segunda categoría.

En efecto, Tula -Tollan- es la ciudad de los Toltecas, y la comprensión que tenían del conjunto de todas las cosas es el toltecayotl, una antiquísima aspiración de trascendencia, pero en este caso me refiero al río en cuyas orillas se fundó la ciudad homónima; dicho Tula pasa muy cerca de donde me vivo y recién se desbordó causando una tremenda calamidad, para luego volver a su silencioso cauce de alcantarilla. La conocida frase en cursivas donde mencionó a Agripina pertenece al cuento Luvina, de Juan Rulfo, que contiene una de las atmósferas más logradas y enigmáticas sobre la que se siguen vomitando tratados.

Sin embargo, lo que tú me cuentas es más mucho más chingón: yo no sé si me animaría a saltarle a la jefa del buenazo y medio calumniado Nerón, pero ciertamente da para más gozosas aventuras chaqueteras.

Cuídate carnal, y muchas gracias por venir.
 

Afuera, el tren no puede detenerse.

Sin escuchar un ¡crash!, la madrugada se destroza.

Girones de estrellas escurridas penden de las ramas
de un aire de ahorcados.

Los durmientes trepan al último vagón —no hay vuelta—
y el silbido se disuelve en la distancia.

Ahora la ausencia de grillos es multitudinaria,
el ladrido se tragó al perro
y el Tula se ahoga en su fondo de algas negras.

¿Qué ruido es ese, Agripina?, pregunta lo que recuerdo
mientras me asomo por la ventana.

Es el silencio de la avenida que ha curvado la noche
y se ha vertido en niebla
de donde saltan los sapos de alma evanescente.

Entre las polillas de la farola hay un tipo desnudo.
¿Quién es?, ¿de dónde ha caído?
Lo miro, puedo contar sus costillas como un cuento
o como un ábaco de cuentas perdidas.

Lo miro, pero él no me mira, no me puede ver,
no sabe que los ojos sirven para mirarme,
solo puede nadar en su mirada hasta la orilla
de una luz imposible, nada hacia la nada

inmóvil

como un monumento que no recuerda quién es.

Las líneas de su cuerpo se desprenden, se incendian,
pero su figura permanece intacta,
erguida en su hundimiento,
incapaz de evadirse de sí misma.
Lo conozco, lo conozco tanto como a estas paredes.

Trato de llamarlo, le grito en el intento fallido de gritarle:

¡Pedro, regresa al manicomio!


Pero no tengo voz, mi voz es de él, él la tiene,
pero no me habla, pero no responde.
No sabe que la voz sirve para nada.

24 de octubre de 2021

Nada más surreal mi Sangre (fantasía, sueño, irracionalidad) que algunos eventos reales o casi... al menos en la forma en que se describen... los durmientes despiertos trepándose al último vagón (el de la muerte/o sin retorno). Una cinemática bien lograda es todo el escrito... y si, re "extraña", con el Tula desbordado, y esa Agripina (pensé en la mami de Nerón y en tu imprudencia de querer que te maten) pero luego también pensé en la de Luvina de Juan Rulfo, ella si hacía silencio -solo levantaba los hombros-

“-¿Qué es? -me dijo.

“-¿Qué es qué? -le pregunté.

“-Eso, el ruido ese.

“-Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.

Tribu, me ha gustado tu "fumado" Arte del Alma mi Querido Amigo y Admirado Poeta @Pedro Olvera , siempre con esos vertiginosos matices y trazos auténticos, acertados, creativos y "avant-garde". Gracias por compartir. Ya sabes que tu enana te saluda con EnOrMe afecto y deseando incansablemente lo mejor de lo mejor, en todo, para ti




TRENES
Juan Manuel Roca

Atentos
a señales luminosas
los trenes
los furgones del correo

(látigos negros que parten la noche
en dos tajos de silencio)

dibujan oscuros trazos
secretas escrituras.

Alguien
hace el cambio de agujas en el muelle:
entonces entran
al túnel de mis sueños
.
.
.
El ÚLTIMO TREN SE HA PARADO
Mahmud Darwich

El último tren se ha parado en el último andén,
y nadie salva a las rosas.
Ninguna paloma se posa en una mujer de palabras.
El tiempo se ha acabado. El poema no puede más que la espuma.
No creas a nuestros trenes, amor, no esperes a nadie en la muchedumbre.

El último tren se ha parado en el último andén, y nadie
puede retornar a los narcisos rezagados en los espejos de la penumbra.
¿Dónde dejaré mi última descripción del cuerpo que en mí habita?
Todo ha terminado. ¿Dónde está lo que ha terminado? ¿Dónde vaciaré el país que en mí habita?
No creas a nuestros trenes, amor, las últimas palomas han volado, han volado,
y el último tren se ha parado en el último andén... y no hay nadie.
 
Última edición:
Nada más surreal mi Sangre (fantasía, sueño, irracionalidad) que algunos eventos reales o casi... al menos en la forma en que se describen... los durmientes despiertos trepándose al último vagón (el de la muerte/o sin retorno). Una cinemática bien lograda es todo el escrito... y si, re "extraña", con el Tula desbordado, y esa Agripina (pensé en la mami de Nerón y en tu imprudencia de querer que te maten) pero luego también pensé en la de Luvina de Juan Rulfo, ella si hacía silencio -solo levantaba los hombros-

“-¿Qué es? -me dijo.

“-¿Qué es qué? -le pregunté.

“-Eso, el ruido ese.

“-Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.

Tribu, me ha gustado tu "fumado" Arte del Alma mi Querido Amigo y Admirado Poeta @Pedro Olvera , siempre con esos vertiginosos matices y trazos auténticos, acertados, creativos y "avant-garde". Gracias por compartir. Ya sabes que tu enana te saluda con EnOrMe afecto y deseando incansablemente lo mejor de lo mejor, en todo, para ti




TRENES
Juan Manuel Roca

Atentos
a señales luminosas
los trenes
los furgones del correo

(látigos negros que parten la noche
en dos tajos de silencio)

dibujan oscuros trazos
secretas escrituras.

Alguien
hace el cambio de agujas en el muelle:
entonces entran
al túnel de mis sueños
.
.
.
El ÚLTIMO TREN SE HA PARADO
Mahmud Darwich

El último tren se ha parado en el último andén,
y nadie salva a las rosas.
Ninguna paloma se posa en una mujer de palabras.
El tiempo se ha acabado. El poema no puede más que la espuma.
No creas a nuestros trenes, amor, no esperes a nadie en la muchedumbre.

El último tren se ha parado en el último andén, y nadie
puede retornar a los narcisos rezagados en los espejos de la penumbra.
¿Dónde dejaré mi última descripción del cuerpo que en mí habita?
Todo ha terminado. ¿Dónde está lo que ha terminado? ¿Dónde vaciaré el país que en mí habita?
No creas a nuestros trenes, amor, las últimas palomas han volado, han volado,
y el último tren se ha parado en el último andén... y no hay nadie.

Cuán generosa eres con tu mirada que se detiene en cada ápice de estas divagaciones trasnochadas, querida Grace, amiga y sis radiante. Una de esas madrugadas posteriores al desastre que ocasionó el desbordamiento del Tula, lo estuve escuchando atentamente: de ese bramido sucio de furia apenas quedaba un suspiro, un rumor de lomos de piedra con el caballo del agua encima, a trote lento. Hacia mucho que no lo escuchaba, que no le prestaba más atención, y de tanto escucharlo entonces terminé escuchándome a mí mismo; de buena gana me hubiera gritado ¡Ya cállate!, pero igual me hubiera respondido Cállate tú, perro. El silencio es una tregua incómoda.

En esa línea donde parafraseo a nuestro Rulfo aludo lo poco confiables que son los recuerdos y los nuevos sentidos que van adquiriendo en su ir y venir por el tiempo, porque el personaje del cuento pregunta a su mujer ¿Qué país es este, Agripina?, y ella solo levanta los hombros; luego -tal como citas- es ella quien pregunta por el ruido aquel semejante al de enormes murciélagos que baten sus alas en la oscuridad de la capilla desvencijada, pero el hombre no lo puede escuchar aún y responde que es el silencio. En Luvina lo único vivo son las voces que arrastra el aire, voces de sombras. Juan Rulfo había dado así con la piedra angular de lo que habría de ser su Comala en Pedro Páramo.

Uff, creo que podríamos pasarnos las horas así, tribucita, en el intercambio de visiones y nociones sin llegar a algo concreto, ja, ja. Puro placer del diálogo, de la fraternidad y la amistad. Muchas gracias por los poemas, estos no los conocía y van a mi colección: nada me encanta más que me regalen poemas que no he leído. Van mis saludos afectuosos y mis mejores deseos de que todo lo bueno te encuentre dispuesta a recibirlo.

Donde el agua se une a otras aguas
(Raymond Carver)

Me fascinan los arroyos y la música que crean.
Y las corrientes, entre prados y cañas, antes
de tener oportunidad de convertirse en arroyos.

Me fascinan sobre todo por su sigilo.
¡Casi olvidaba decir algo de las fuentes!
¿Hay algo más hermoso que un manantial?
Pero también me encantan las grandes corrientes.
Las bocas abiertas de los ríos cuando se unen al mar.
Los lugares donde el agua se une
a otras aguas. ¡Conservo esos lugares
en mi mente como si fueran sagrados!

Me gustan como a otros les gustan los caballos
o las mujeres atractivas. Me pasa una cosa
con esa agua fría y veloz.
Solo con mirarla se me acelera la sangre
y se me eriza la piel. Podría sentarme
a mirar estos ríos durante horas.
Ninguno es igual.
Hoy tengo cuarenta y cinco años.
¿Me creería alguien si le dijera
que una vez tuve treinta y cinco?
¡Mi corazón seco y vacío a los 35 años!
Tuvieron que pasar cinco años
antes de que empezara a fluir de nuevo.
Me tomaré todo el tiempo que quiera esta tarde
antes de dejar mi sitio en la orilla del río.
Me gustan, me encantan los ríos.
Me encantan desde su fuente.
Me encanta todo lo que crecen en mí.
 

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