David Valdés Estrada
Fantasma sin número
La memoria olfativa
es una de esas cosas
que me llenan la vida de poesía,
y me lleva a la catarsis de un panda
siendo atropellado
por un comboy de payasos malditos.
Olor de los bosques
atacados por la lluvia,
en una sinfonía que sólo escuchan
topos con guaridas
en las raíces de los árboles.
Olor del café
en las calles de la vendimia,
donde una mujer ofrece su cuerpo
a cambio de saladas margaritas.
Olor de su piel bañado
con las enzimas del ámbar
y lágrimas de la desdicha.
Olor de las especias bendecidas
hirviendo en el caldero,
de un hechicero
herido de muerte.
Olor de la tierra mojada
en el campo de batalla,
donde jabalíes y gorilas
pelearon por la libertad
de sus almas enjauladas.
Olor en la respiración
del sexo de una bruja
condenada a dormir encadenada,
bajo el manto estelar
que cubre el cielo
del rojizo y árido Marte.
Olor de las naranjas
escurriendo su líquido
agridulce sobre los pechos
de una mujer abandonada;
olor que respira el hombre
que completó su abandono
en los brazos de sal, y liba
su cuello como vampiro,
sediento de vida,
acompañando su eterna muerte.
Olor en las manos a mandarina
del cazador que trepó los veinte metros,
hasta la copa del árbol deshabitado,
donde encontró y clavó la mortal espina
al mono de las tinieblas enmascarado.
Olor, la casa de perfumes y esencias,
regida por la sombra, el recuerdo, el dolor,
y todo aquello que sólo en la mente
encuentra salvación y cabida.
es una de esas cosas
que me llenan la vida de poesía,
y me lleva a la catarsis de un panda
siendo atropellado
por un comboy de payasos malditos.
Olor de los bosques
atacados por la lluvia,
en una sinfonía que sólo escuchan
topos con guaridas
en las raíces de los árboles.
Olor del café
en las calles de la vendimia,
donde una mujer ofrece su cuerpo
a cambio de saladas margaritas.
Olor de su piel bañado
con las enzimas del ámbar
y lágrimas de la desdicha.
Olor de las especias bendecidas
hirviendo en el caldero,
de un hechicero
herido de muerte.
Olor de la tierra mojada
en el campo de batalla,
donde jabalíes y gorilas
pelearon por la libertad
de sus almas enjauladas.
Olor en la respiración
del sexo de una bruja
condenada a dormir encadenada,
bajo el manto estelar
que cubre el cielo
del rojizo y árido Marte.
Olor de las naranjas
escurriendo su líquido
agridulce sobre los pechos
de una mujer abandonada;
olor que respira el hombre
que completó su abandono
en los brazos de sal, y liba
su cuello como vampiro,
sediento de vida,
acompañando su eterna muerte.
Olor en las manos a mandarina
del cazador que trepó los veinte metros,
hasta la copa del árbol deshabitado,
donde encontró y clavó la mortal espina
al mono de las tinieblas enmascarado.
Olor, la casa de perfumes y esencias,
regida por la sombra, el recuerdo, el dolor,
y todo aquello que sólo en la mente
encuentra salvación y cabida.
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