AlejandroCifuente
Poeta recién llegado
Regalo los péndulos de mi ladrillo mojado por un goteo nebuloso,
los pasos ausentes que dejaron nuestras huellas sobre un pedazo de cielo,
las estaciones perdidas en un incendio de mares como árboles de metal,
como patios vacios donde las flores sangran por su tallo más presente,
las profecías del silencio que se esfuman en una madrugada turbia.
Y así los primeros días de la noche despiertan en su sueño de barro y delantales,
de cadáveres con aliento dibujando el sonido plástico de las estrellas,
de porciones de tierra que pululan en el cuarto donde los niños juegan su farsa de cenizas
mientras las cárceles de espuma disparan una sombra que una vez estuvo en el territorio de los pájaros.
Manchada, como el viento luminoso que desterramos con nuestro último plato,
con el tiempo refrescante de la lluvia que nos parió la boca de tanto estar callada,
de tanta penitencia doblegando el umbral de nuestra desgastada dentadura.
Por eso los papeles flotaron en el aire de negras piedras deshechas en el costado del hombro,
en el sitio profanado de las enredaderas del caballo que descansa en mi ventana.
Ahí, donde el temperamento del agua todavía cosecha los rosales de amargura,
las sabanas impúdicas que navegan por la vereda de los ángeles.
Pero esta tinta, que mancha las hojas de una primavera lejana, señala el lugar
donde los peces se derraman sobre una nube de gorriones apagados,
en la puerta de los grillos que retienen mi sonido más perfecto,
mi mano desgarrada por las lápidas que anuncian la clausura del portal.
los pasos ausentes que dejaron nuestras huellas sobre un pedazo de cielo,
las estaciones perdidas en un incendio de mares como árboles de metal,
como patios vacios donde las flores sangran por su tallo más presente,
las profecías del silencio que se esfuman en una madrugada turbia.
Y así los primeros días de la noche despiertan en su sueño de barro y delantales,
de cadáveres con aliento dibujando el sonido plástico de las estrellas,
de porciones de tierra que pululan en el cuarto donde los niños juegan su farsa de cenizas
mientras las cárceles de espuma disparan una sombra que una vez estuvo en el territorio de los pájaros.
Manchada, como el viento luminoso que desterramos con nuestro último plato,
con el tiempo refrescante de la lluvia que nos parió la boca de tanto estar callada,
de tanta penitencia doblegando el umbral de nuestra desgastada dentadura.
Por eso los papeles flotaron en el aire de negras piedras deshechas en el costado del hombro,
en el sitio profanado de las enredaderas del caballo que descansa en mi ventana.
Ahí, donde el temperamento del agua todavía cosecha los rosales de amargura,
las sabanas impúdicas que navegan por la vereda de los ángeles.
Pero esta tinta, que mancha las hojas de una primavera lejana, señala el lugar
donde los peces se derraman sobre una nube de gorriones apagados,
en la puerta de los grillos que retienen mi sonido más perfecto,
mi mano desgarrada por las lápidas que anuncian la clausura del portal.