Malphast
Poeta recién llegado
El camino estaba resguardado del temporal por los grandes árboles que lo custodiaban, pero al mismo tiempo impedían que la luz penetrara entre ellos creando un ambiente oscuro y peligroso, ya que los bandidos eran dados a utilizar tales lugares para sus fechorías. Ann no les tenía miedo, sabía que no le harían daño, ya la habían capturado más de una vez y se había dando cuenta de que no podrían sacarle ni un maldito penique a su avaricioso padre.
Estaba empapada, la lluvia había arreciado pero ella no había acelerado el paso, sabía que el hombre que la seguía, aunque intentara no aparentarlo, no podría seguirla a un paso mucho más rápido. Sentía como el barro se esparcía por su falda y se sentía sucia y enferma por lo que acababa de ver sin poder hacer nada… ¿Era aquello justo? ¿Acaso ellos no eran humanos como otros cualquiera...? Quizás solo ella pensara así por experiencia propia, pero no podría quedarse parada sin hacer nada.
El pueblo se irguió ante ellos rápidamente, con las primeras chabolas de las afueras como recibimiento. Las calles desiertas parecían el habiente perfecto para ladrones y prostitutas, los había visto más de una vez al volver de sus compras y ya no le importaba.
La casa de su padre se alzaba en lo alto del pueblo, un caserón oscuro y lúgubre al que nadie se atrevía a acercarse. El viejo Conde, lisiado en la guerra, era el azote de todo aquel que se atreviera a adentrarse en sus dominios sin autorización.
Ann saludó a los guardias con una sonrisa mientras seguía su camino pasando por las altas rejas. Miró a su acompañante y lo instó a ponerse a su altura, si iba a enfrentar a su padre de nuevo por ese tema quería que esta vez se enfrentara con el problema de frente, sangrante, con mugre y magullado. Le gustaba que aquel hombre fuera el que la acompañaba, su mirada era fuerte y segura, justo lo que necesitaba para enfrentarse a su padre, fortaleza y seguridad, cosas que, al estar frente a él, siempre le faltaban.
Marco los encontró en la mitad del camino que separaba la gran casa de la verja de entrada y preguntó en voz muy baja:
-¿Está bien señora?
-Sí, no te preocupes Marco.
-Entraremos al hombre por la puerta del servicio.
-No, esta vez ese dictador se encontrará con el problema en sus narices- respondió ella sonando más segura de lo que en realidad estaba.
La puerta principal se abrió para ellos, ahora que estaba rodeada por dos hombres grandes él no podría pegarle, pero todavía podía salir magullada moralmente de aquel encontronazo.
El Conde la esperaba en uno de los escalones de la escalera de mármol, con su bastón negro apoyado firmemente y su mirada severa y cruel. Rápidamente inspeccionó a sus dos acompañantes, así como a su hija, que sintió como si esos ojos de serpiente se le metieran bajo la piel.
Una de las criadas, precisamente una de las primeras que rescató de una caravana de esclavos, se acercó a ella y le quitó la capa negra mojada mientras le daba ánimos con la mirada y se escabullía rápidamente: su padre ya le había pegado más de una vez porque no quiso acostarse con él.
-Veo que te has divertido esta noche, hija mía- dijo el Conde con voz grave.
-No seas cínico padre, ambos sabemos que si pudieras ahora mismo estarías pegándome con ese bastón- dijo ella con la mirada altiva.
-Veo que ya te has recuperado bien de la última, arpía, en cuanto tu guardián se aleje de ti volverás a probar mis azotes- respondió el anciano mientras se daba la vuelta y se marchaba escaleras arriba.
Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas y un nudo en su garganta se formó repentinamente, todo su cuerpo esperaba la frase que se avecinaba.
-Ojala no hubieras nacido.
La criada volvió a aparecer y guió a Ann a su baño, otro de los criados se llevó al nuevo esclavo rescatado y el guardián la siguió de cerca. Lo que no sabían ninguno de los presentes es que el nuevo esclavo no sería uno más y pronto lo descubrirían.
Estaba empapada, la lluvia había arreciado pero ella no había acelerado el paso, sabía que el hombre que la seguía, aunque intentara no aparentarlo, no podría seguirla a un paso mucho más rápido. Sentía como el barro se esparcía por su falda y se sentía sucia y enferma por lo que acababa de ver sin poder hacer nada… ¿Era aquello justo? ¿Acaso ellos no eran humanos como otros cualquiera...? Quizás solo ella pensara así por experiencia propia, pero no podría quedarse parada sin hacer nada.
El pueblo se irguió ante ellos rápidamente, con las primeras chabolas de las afueras como recibimiento. Las calles desiertas parecían el habiente perfecto para ladrones y prostitutas, los había visto más de una vez al volver de sus compras y ya no le importaba.
La casa de su padre se alzaba en lo alto del pueblo, un caserón oscuro y lúgubre al que nadie se atrevía a acercarse. El viejo Conde, lisiado en la guerra, era el azote de todo aquel que se atreviera a adentrarse en sus dominios sin autorización.
Ann saludó a los guardias con una sonrisa mientras seguía su camino pasando por las altas rejas. Miró a su acompañante y lo instó a ponerse a su altura, si iba a enfrentar a su padre de nuevo por ese tema quería que esta vez se enfrentara con el problema de frente, sangrante, con mugre y magullado. Le gustaba que aquel hombre fuera el que la acompañaba, su mirada era fuerte y segura, justo lo que necesitaba para enfrentarse a su padre, fortaleza y seguridad, cosas que, al estar frente a él, siempre le faltaban.
Marco los encontró en la mitad del camino que separaba la gran casa de la verja de entrada y preguntó en voz muy baja:
-¿Está bien señora?
-Sí, no te preocupes Marco.
-Entraremos al hombre por la puerta del servicio.
-No, esta vez ese dictador se encontrará con el problema en sus narices- respondió ella sonando más segura de lo que en realidad estaba.
La puerta principal se abrió para ellos, ahora que estaba rodeada por dos hombres grandes él no podría pegarle, pero todavía podía salir magullada moralmente de aquel encontronazo.
El Conde la esperaba en uno de los escalones de la escalera de mármol, con su bastón negro apoyado firmemente y su mirada severa y cruel. Rápidamente inspeccionó a sus dos acompañantes, así como a su hija, que sintió como si esos ojos de serpiente se le metieran bajo la piel.
Una de las criadas, precisamente una de las primeras que rescató de una caravana de esclavos, se acercó a ella y le quitó la capa negra mojada mientras le daba ánimos con la mirada y se escabullía rápidamente: su padre ya le había pegado más de una vez porque no quiso acostarse con él.
-Veo que te has divertido esta noche, hija mía- dijo el Conde con voz grave.
-No seas cínico padre, ambos sabemos que si pudieras ahora mismo estarías pegándome con ese bastón- dijo ella con la mirada altiva.
-Veo que ya te has recuperado bien de la última, arpía, en cuanto tu guardián se aleje de ti volverás a probar mis azotes- respondió el anciano mientras se daba la vuelta y se marchaba escaleras arriba.
Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas y un nudo en su garganta se formó repentinamente, todo su cuerpo esperaba la frase que se avecinaba.
-Ojala no hubieras nacido.
La criada volvió a aparecer y guió a Ann a su baño, otro de los criados se llevó al nuevo esclavo rescatado y el guardián la siguió de cerca. Lo que no sabían ninguno de los presentes es que el nuevo esclavo no sería uno más y pronto lo descubrirían.
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