Malphast
Poeta recién llegado
Marco se dejó caer ante la puerta de Ann, la protegería no importaba qué; solo quedaban tres meses para que la temporada social comenzara y por fin ella podría encontrar un marido que la sacara de aquel lugar, aquel pozo negro que cada día parecía absorber un poco más su luz. Poco podía hacer él frente a su padre, pero si ese animal volvía a ponerle la mano encima lo mataría.
Ann había mandado llamar al nuevo esclavo a su presencia una vez hubiera sido curado, se hubiera aseado y cambiado de ropa, así que no se alarmó cuando lo vio acercarse. Poco a poco se levantó de su posición y recibió al que parecía ser un nuevo hombre.
-Tendrás que esperar un poco, Ann todavía se está cambiado.
-¿Podría decirme usted por qué un visiblemente bien entrenado soldado del ejército está custodiando a una chiquilla adinerada?
-Buena observación… pero hace más de diez años que no trabajo para el ejercito, desde que me dejaron tirado en medio de una batalla y me apresaron los esclavistas, más concretamente.
-¿Te rescató la niña rica?, pero si apenas debía tener seis años…
Marcos entre abrió la puerta de la habitación y pudo oír como Ann empezaba a discutir con María, la criada francesa que cosía sus vestidos, por el vestido que quería que se pusiera y suspirando volvió a cerrarla.
-Tenemos tiempo, te contaré la historia.
Cuando fui apresado era como tú, no me resignaba al cautiverio y a que me vendieran como un sucio animal, mucho menos a mantenerme en sumisión ante tal maltrato físico y moral de los chicos que me acompañaban. Lentamente mis fuerzas empezaron a mermarse y como no me resignaba me quitaron el alimento, llegó un momento en que no podía ni abrir los ojos porque el esfuerzo parecía sobrehumano para mis fuerzas.
Una noche llegó un hombre encapuchado y dejó en manos de las alimañas de los esclavistas una niña pequeña y asustada, tenía la ropa hecha jirones y temblaba de frío y miedo. La metieron en la jaula conmigo y otros hombres, ella se encogió sobre sí misma en un rincón y esperó a que todo pasara.
A la mañana siguiente cuando dieron lo que ellos llamaban comida (una bazofia tan asquerosa que no podía ni olerse) la niña se acercó a mí y me ofreció la suya mientras los esclavistas no miraban, así, ella se comía la mitad cuando tenía hambre y me daba todo lo demás a mí. Con el hambre que yo tenía comía rápidamente y casi sin respirar, ella se paraba a mi lado y decía “ya sé que tienes hambre, pero si comes tan rápidamente te pondrás enfermo”.
Una mañana, después de tres meses con la niña en la caravana, y de haber matado a uno de los esclavistas por intentar violarla, una mujer apareció de la nada en el camino que transitábamos y compró a la niña. La niña suplicó y suplicó hasta que la mujer me compró a mí también…
En ese momento se abrió la puerta y salió María airadamente con cara de enfado mientras Ann aparecía en la puerta con un sencillo vestido de labores y un austero moño que dejaba escapar diferentes mechones de su largo y rizado pelo.
-Pase usted.
El nuevo esclavo pasó y se sentó ante una comida suculenta que Ann le animó a comer. El olor de la carne fresca asada a la perfección casi le volvió loco y el pan recién horneado era una delicia, no podía evitarlo, aunque sus modales se corroían y se sentía como un animal no podía parar de comer tan rápidamente como podía.
-Sé que tienes hambre, pero si comes tan rápidamente te pondrás enfermo- dijo ella acariciándole una mano suavemente.
El esclavo se atragantó con el trozo de pan que tenía en la boca y miró extrañado a Ann, era imposible que ella hubiera sido una esclava antes.
Ann había mandado llamar al nuevo esclavo a su presencia una vez hubiera sido curado, se hubiera aseado y cambiado de ropa, así que no se alarmó cuando lo vio acercarse. Poco a poco se levantó de su posición y recibió al que parecía ser un nuevo hombre.
-Tendrás que esperar un poco, Ann todavía se está cambiado.
-¿Podría decirme usted por qué un visiblemente bien entrenado soldado del ejército está custodiando a una chiquilla adinerada?
-Buena observación… pero hace más de diez años que no trabajo para el ejercito, desde que me dejaron tirado en medio de una batalla y me apresaron los esclavistas, más concretamente.
-¿Te rescató la niña rica?, pero si apenas debía tener seis años…
Marcos entre abrió la puerta de la habitación y pudo oír como Ann empezaba a discutir con María, la criada francesa que cosía sus vestidos, por el vestido que quería que se pusiera y suspirando volvió a cerrarla.
-Tenemos tiempo, te contaré la historia.
Cuando fui apresado era como tú, no me resignaba al cautiverio y a que me vendieran como un sucio animal, mucho menos a mantenerme en sumisión ante tal maltrato físico y moral de los chicos que me acompañaban. Lentamente mis fuerzas empezaron a mermarse y como no me resignaba me quitaron el alimento, llegó un momento en que no podía ni abrir los ojos porque el esfuerzo parecía sobrehumano para mis fuerzas.
Una noche llegó un hombre encapuchado y dejó en manos de las alimañas de los esclavistas una niña pequeña y asustada, tenía la ropa hecha jirones y temblaba de frío y miedo. La metieron en la jaula conmigo y otros hombres, ella se encogió sobre sí misma en un rincón y esperó a que todo pasara.
A la mañana siguiente cuando dieron lo que ellos llamaban comida (una bazofia tan asquerosa que no podía ni olerse) la niña se acercó a mí y me ofreció la suya mientras los esclavistas no miraban, así, ella se comía la mitad cuando tenía hambre y me daba todo lo demás a mí. Con el hambre que yo tenía comía rápidamente y casi sin respirar, ella se paraba a mi lado y decía “ya sé que tienes hambre, pero si comes tan rápidamente te pondrás enfermo”.
Una mañana, después de tres meses con la niña en la caravana, y de haber matado a uno de los esclavistas por intentar violarla, una mujer apareció de la nada en el camino que transitábamos y compró a la niña. La niña suplicó y suplicó hasta que la mujer me compró a mí también…
En ese momento se abrió la puerta y salió María airadamente con cara de enfado mientras Ann aparecía en la puerta con un sencillo vestido de labores y un austero moño que dejaba escapar diferentes mechones de su largo y rizado pelo.
-Pase usted.
El nuevo esclavo pasó y se sentó ante una comida suculenta que Ann le animó a comer. El olor de la carne fresca asada a la perfección casi le volvió loco y el pan recién horneado era una delicia, no podía evitarlo, aunque sus modales se corroían y se sentía como un animal no podía parar de comer tan rápidamente como podía.
-Sé que tienes hambre, pero si comes tan rápidamente te pondrás enfermo- dijo ella acariciándole una mano suavemente.
El esclavo se atragantó con el trozo de pan que tenía en la boca y miró extrañado a Ann, era imposible que ella hubiera sido una esclava antes.
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